Su mascara es negra, propia de los Carnavales, sugiriere que era un esclavo africano en su origen. Cuando la máscara tomó el color canela, representó el cutis bronceado por el sol de los trabajadores. Siempre lleva su batocchio, que es un dispositivo derivó del Bergamese (campanilla) que usaban el campesino para llamar al ganado. Por ello su gorro de bufón termina en cascabeles. A veces es conocido por usar esta campana como Bergamo. Normalmente es el humilde sirviente de Pantaleone, pero a veces del Capitán, o del Doctor. Es rápido físicamente y retardado mentalmente, en el contraste con Pulcinella y Brighella. Enamorado de Colombina, la sierva de su amo, pero su apetito sexual es tal que ataca a cualquier mujer a su lado. Es rival de Pedrolino por el amor de la chica, que famosa por su belleza, hacía que el joven se enfrentara siempre a sus patrones y otros consortes. Odiaba a Brighella (que iba siempre vestido de blanco y de verde) por ser muy corpulento y fuerte, virtudes de las que Arlequín carecía.
Él es básicamente reactivo en lugar del proactivo. Las complicaciones derivan a menudo de sus errores o su negativa para admitir sus limitaciones, (analfabetismo por ejemplo). Él posiblemente es el peor mensajero del mundo porque si algo se atraviesa en su camino que sea de más interés se olvida del entregar el mensaje. Aunque arlequín es lerdo de nacimiento, en su estupidez había llamaradas de sutil ingenio. Su carácter es una mezcla de ignorancia, candidez, ingenio, estupidez y gracia. Él es un muchacho crecido con destellos ocasionales de inteligencia, sus errores y torpeza tienen a menudo un encanto voluntarioso. Él juega el papel de un criado fiel, siempre paciente, crédulo y ávido. Eternamente enamorado y constantemente metido en dificultades solo o por cuenta de su amo. De conducta anárquica y siempre hambriento en los tiempos modernos sería el equivalente a un hippie sin dinero.
De un carácter ingenuo y simple primitivo, evoluciona a uno más inteligente, y sofisticado, que con su simplicidad se burla todos los personajes arrogantes y ávidos con quienes actúa recíprocamente, resultando que nunca es el perdedor. La evolución del personaje siguió hasta el siglo XVIII, cuando se puso demasiado sofisticado, sin más ingenio y hambre.
El arlequín ha sido un personaje inspirador de numerosas obras pictóricas de renombrados artistas que aprovecharon las tremendas posibilidades cromáticas de sus variopintos trajes para plasmarlos sobre un lienzo. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX, la figura del arlequín protagonizó composiciones de toda una legión de pintores desde los impresionistas franceses de la época hasta los postreros esbozos de los inmortales Dalí, Picasso o Miró. En cierto modo, el arlequín es una evolución escénica del omnipresente bufón de la corte, un personaje que, no obstante su servil función, llegó a detentar y manejar valiosas informaciones que lo convertían en un polifacética actor. Ya no se pintan arlequines, del mismo modo que los bufones sólo permanecen al Medioevo.












































































