Cuentos de Hadas (2) Una breve historia.

Los cuentos de hadas tienen un punto aparte en el desarrollo de los cuentos; existen muchos tipos, pero siempre se asocia al cuento con aquellos seres etéreos, vestigios de antiguas diosas, reducidas por las nuevas religiones a pálidos fantasmas de otras eras, citamos en este punto de X. B. Saintine:

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Mientras que Roma se esforzaba por establecerse en Germanía, unas naciones germanas: los francos y los burgundios invadían las Galias y comenzaban a instalarse en las provincias romanas por derecho de conquista. […] Los procónsules romanos consideraron que lo prudente y sabio sería cerrar momentáneamente los ojos a la cuestión religiosa; […] se convirtió en una tregua de cultos, con cierto recelo por ambas partes. Odín tuvo sus altares, distintos a los de Júpiter; se elevó un templo al dios Thor a imitación del de Marte. Si Baco, Diana y Apolo tuvieron sus días festivos, lo mismo sucedió con Bragi, con Friga y con Freya.

Una guerra santa no podía tardar mucho en estallar; en algunos aspectos ya había comenzado, cuando los pescadores del Rin, ocupados en retirar sus redes, oyeron unas voces que corrían por la superficie del río y murmuraban los nombres de María y Jesús. […] Al oír esto, los cultos rivales olvidaron sus desacuerdos, pues estaban todos amenazados por igual y se reunieron para resistir este terrible invasor. Se hizo una llamada general, desde el campo de Odín al de Júpiter, a todos los dioses del norte, a los dioses de Finlandia, a los dioses de Rusia, a los dioses eslavos; el peligro era el mismo para todos, y todos, respondiendo la llamada, se dirigieron al Rin. […]

Cuando los recién llegados se organizaron, el águila de Júpiter se elevó por encima de las nubes, pegó tres gritos clamorosos mientras se dirigía hacia tres puntos del horizonte, el poniente, el levante y el sur; los dioses dispersos de Italia y Grecia, después de abandonar sus retiros misteriosos, acudieron; Neptuno con sus tritones, sus Proteos, sus Arpías y sus monstruos marinos; Plutón con sus Parcas, sus Euménides, sus Furias, y toda su cohorte infernal.

Odín golpeó su escudo y, desde el fondo del Norte, no sólo los dioses y las Valkirias, no sólo los héroes del Valhalla, sino incluso los adversarios de los Asios: Hel, el lobo Fenrir, los Gigantes de la Helada, con Loki a su cabeza, vinieron a ponerse en fila bajo sus ordenes para asistir a las grandes fiestas de la matanza.

Nunca los ejércitos de Darío, de Alejandro, de Atila, de Carlomagno habían ofrecido, o han ofrecido después, un aspecto más imponente y más terrible. Una vez consultadas las sibilas, las normas, los augurios, los magos, se pusieron en marcha. […] Este era el lado por el que las sibilas y las profetisas habían ordenado que se dirigieran [a la colina sagrada de los cristianos], sin dudar que el dios de los cristianos, encabezando sus legiones, no se presentará a defenderse. […]

Con tantos ruidos redoblados, bajo tantas sacudidas estruendosas, el cielo y la tierra casi parecen confundirse, el horizonte vacila y se balancea, las montañas se sobresaltan sobre sí mismas. Sólo la colina sagrada permanece inmóvil. La luz que la rodeaba por su base ha subido hasta la cima y hace resplandecer a la pequeña capilla con su brillo asombroso.

Sorprendidos a no ver aparecer el enemigo, el ejército de dioses paganos se detiene. De repente, ¡oh maravilla! retirada como por un golpe de aire venido de arriba la capilla desaparece y descubre a las miradas un simple altar de piedra, que corona una cruz. Frente al altar, desprovisto de todo ornamento al igual que su defensor, se encuentra una joven, una virgen con un niño en brazos. Ella desciende la colina, con la sonrisa en los labios; la luz resplandeciente sólo brilla alrededor de su frente y la de su niño; ella camina al encuentro de los dioses agrupados que comienzan a mirarse entre ellos con estupor, ella sigue avanzando y de repente sobrecogidos por un pánico irresistible […] todos dieron media vuelta hacia el río, que atravesaron en desorden, derribándose los unos a los otros y chocando con su huida desesperada con sus propios templos y estatuas, que se derrumbaban tras ellos. […]

Cabe resaltar que, en esta lucha de dioses contra el cristianismo naciente, no hay ninguna tradición que mencione al teut y al Esus de los celtas, al Alfader de los escandinavos, al Jumala de los finlandeses, al Bogh de los eslavones, no más que al dios desconocido de los Romanos. Eso es porque cada una de estas divinidades, ellas solas imperecederas, como Indra del cielo hindú, resumía a todas las demás y representaba al pensamiento único de la imagen de un Dios único y eterno. Esta gran y vana tentativa de los dioses paganos ha sido fijada tradicionalmente cerca del año 510 de la era cristiana. En el transcurso de este mismo año, el rey Clovis decidió erigir para Cristo un templo digno de él, y fundó los primeros cimientos de la catedral de Estrasburgo, quizás con la intensión de reemplazar a aquella vieja capilla, desaparecida de una manera tan misteriosa.

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De todos aquellos dioses ya mencionados, de los que se podría creer que están olvidados para siempre, barridos por el viento, que se pretendía suplir o que se han vuelto caer en el polvo con el que parecían competir, eran por cierto aquellos pequeños dioses microscópicos. […] Esos dioses átomos se habían desarrollado considerablemente; incluso llegaron a tener forma y cuerpo, un cuerpo visible, una forma que no estaba provista de gracia. Se habían convertido en Alps o Alfs conocidos más tarde por su nombre oriental de silfos [o de sílfides, como son conocidas sus compañeras]. […] Eran los silfos, pueblo pequeño del aire, que volaban en enjambre, haciendo nido en una flor, o unas briznas de musgo, al pie de una remata, y que sólo salían de noche para visitarse mutuamente y cumplir con sus obligaciones sociales y de buena vecindad. […]

Si nieblas espesas envolviesen de repente a los convidados [en una reunión social de estos seres] […] otros duendes, los trastos [y los fuegos fatuos] con sus alas de fuego, vendrían a sentarse en la mesa hospitalaria, pagando un tributo con la claridad que desprendían a su alrededor. La principal ocupación de estos consistía en guiar al viajero perdido, con el fin de hacerlo volver a su camino. Tales eran, pues, los espíritus inofensivos del aire y el fuego.

En este aspecto las cosas han cambiando mucho; desde que unos malvados han hecho correr la voz de que esto no es más que el producto de la combustión del gas hidrógeno o la presencia del fósforo en disolución que se encuentra en terrenos húmedos, los fuegos fatuos empiezan a sentir odio hacia los hombres y ya no se muestran a los viajeros sino para arrastrarles hacia los barrancos y las marismas.

En cuanto a los Silfos […], se han convertido en elfos, […] Hoy en día, se dividen en dos clases y ambas son temibles. Ninfos errantes por los prados [… que] acechan a los inocentes sin experiencia y los asocian a sus danzas interminables tras lo cual suelen caer sin aliento para no volverse a levantar [ y ] los elfos negros personifican la pesadilla y el sonambulismo […] este estado es el elfo negro quien dirige los movimientos del durmiente […] que le hace trepar sobre los muebles e incluso hasta los techos. [ …y ] se les puede ocurrir la gracia de hacerte arrojar al vacío.

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[Dentro de los espíritus del agua tenemos a las ninfas] se suelen admitir dos especies distintas: las ninfas propiamente dichas, antiguas divinidades paganas, de las cuales nunca se desconfía bastante, y las ondinas inofensivas y en algunas ocasiones compasivas. [… Las ninfas] se revisten de buen grado con toda clase de disfraces para llegar a sus fines. Se las ve vagabundear cerca del río, en lugares aislados […]. Traman intrigas amorosas fatales para los galanes. Otras se dejan ver en las fiestas de los pueblos, mezclándose con tanto ardor al baile que los hombres embriagados [y son arrastrados hasta los ríos] sólo vuelven a recobrar la lucidez [… instantes antes de] desaparecer bajo las aguas. Las ondinas [… son en su mayoría] almas vagabundas de pobres chicas que por una desesperada pena de amor se tiraron al río.

REFERENCIA:

X. B. Saintine (1998) “MITOLOGíA DEL RIN”
Edicomunicación. S.A. Barcelona – España p.138 a 174

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