Hijos de la Noche (13) Tánatos, Thanatus, Mors

Tánatos era el dios (daimon) de muerte no violenta. Su toque era manso, asemejado en eso a su hermano gemelo Hipnos (el sueño), hijo de Nix (diosa de la noche) y Érebo (dios de las tinieblas). La muerte violenta era el dominio de las hermanas de Tánatos, las Keres, espíritus de matanza y enfermedad. En el arte, Tánatos era representado como un hombre joven con barba llevando una mariposa, una corona o una antorcha invertida en sus manos. A veces tiene dos alas y una espada sujeta a su cinturón. Tánatos juega un papel prominente en dos mitos.

Tras ser condenado a servir un año a un mortal como castigo por matar a los Cíclopes, Apolo escogió la casa de Admeto y se convirtió en su pastor. Apolo quedó tan impresionado por el trato que le dispensó Admeto que lo ayudó a lograr la mano de la princesa Alcestis, la hija de Pelias, rey de Yolco. Alcestis tenía tantos pretendientes que Pelias, para librarse de los numerosos pretendientes, declaró que le daría su hija a él sólo si iba a su corte en un carro tirado por leones y jabalíes. Admeto logró hacer esto con la ayuda de Apolo, logrando así casarse con Alcestis. Pero la mayor ayuda que Apolo prestó a Admeto fue convencer a las Moiras de que aplazasen la muerte de Admeto de su día predestinado. Apolo emborrachó a las Moiras, y éstas accedieron a indultar a Admeto si lograba encontrar a alguien que muriese en su lugar. Admeto creyó inicialmente que uno de sus ancianos padres moriría con gusto en lugar de su hijo, pero cuando éstos terminaron negándose, fue Alcestis quien murió en su lugar por amor hacia él.

Tánatos actua cumpliendo el destino que las Moiras dictaban para cada mortal. Esta situación fue remediada por Heracles, quien de camino a su trabajo con las yeguas de Diomedes. Al conocer lo que ocurría, entró en la tumba de Alcestis y luchó con Tánatos, intentando persuadirle de que esperase a que a la joven le llegase su hora de forma natural. Tánatos repudiaba estas triquiñuelas de los dioses (especialmente a Apolo) que interferían sus funciones, y tras esta pequeña derrota, reclamó el respeto debido y fue incluso capaz de llevarse al mismo Heracles cuando le llegó su turno.

Otra vez fue capturado por el Sísifo que lo entrampó en un saco para evitar la muerte. Sísifo fue fundador y rey de Éfira (nombre antiguo de Corinto). Era hijo de Eolo y de acuerdo con algunas fuentes (posteriores), fue el padre de Odiseo con Anticlea, antes de que ésta se casase con su último marido, Laertes. Fue promotor de la navegación y el comercio, pero también avaro y mentiroso. Recurrió a medios ilícitos, entre los que se contaba el asesinato de viajeros y caminantes, para incrementar su riqueza. Sísifo tuvo fama de ser el más astuto de los hombres. Cuando Tánatos fue a buscarle, Sísifo le puso grilletes, por lo que nadie murió hasta que Ares vino, liberó a Tánatos, y puso a Sísifo bajo su custodia. Pero Sísifo aún no había agotado todos sus recursos; antes de morir le dijo a su esposa que cuando él se marchase no ofreciera el sacrificio habitual a los muertos, así que en el infierno se quejó de que su esposa no estaba cumpliendo con sus deberes, y convenció a Hades para que le permitiese volver al mundo superior y así disuadirla. Pero cuando estuvo de nuevo en Corinto, rehusó volver al inframundo, hasta que fue devuelto a la fuerza por Hermes. En el infierno Sísifo fue obligado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio. El motivo de este castigo no es mencionado y resulta oscuro. Según algunos, había revelado los designios de los dioses a los mortales. De acuerdo con otros, se debió a su hábito de atacar y asesinar viajeros.

Aristófanes (siglo V a IV a.C.) Señala:

Tánatos es el único entre los dioses que no ama los regalos [traducido: los sacrificios al dios no logran nada].

Esopo (siglo VI a.C.) Cuenta entre sus fábulas:

Un hombre pobre estaba llevando una carga de madera en sus hombros. Después de un rato él estaba sintiéndose muy cansado y débil, así que él se sentó al lado del camino. Apartando su carga, él convocó amargamente a Tánatos, convocando Tánatos con por sus palabras inmediatamente se presentó y dijo al hombre, —¿Por qué usted me ha llamado?— El hombre dijo: —¡Oh, sólo para pedirle que me ayude a levantar esta carga de la tierra! [traducción: desear la muerte es una cosa, verla llegar es desear otra cosa].

Una leyenda inglesa nos cuenta la misma idea de vencer a la muerte:

Estando la madre de Jack debatiéndose entre la vida y la muerte, su hijo bajó a la playa cercana a aliviar su tristeza. De repente, una silueta alta y delgada, se acercó a él, vestida con una capa negra y el rostro tapado, y le preguntó por la Granja Beanstalk, que era donde él vivía. ¿Quién quiere saberlo?, preguntó Jack. La muerte, respondió. Jack le pidió que lo demostrara metiéndose en una pequeña botella. La muerte se encogió hasta meterse allí dentro. Jack había atrapado a la muerte y volvió a casa feliz, donde encontró a su madre totalmente recuperada y con mucha hambre. Cuando Jack empezó a buscar comida se encontró con que los animales no se morían y las verduras no podían salir del huerto. Los días pasaban y nada moría, todos tenían cada vez más hambre. Y, además, cada vez había más de todo, más moscas, más pulgas. Todo esto es muy raro, dijo la madre, ¿Qué has hecho?, Jack le contó lo sucedido. Vas a tener que sacar la muerte de la botella, siguió la madre. Cuando así lo hizo. La muerte le dijo: Quizás ahora entiendas que no soy enemiga de la vida, pues sin mí, no existiría. Somos dos caras de la misma moneda, no podemos existir la una sin la otra Y se despidió. Jack volvió a la playa a mirar las olas ir y venir, al regresar a casa, encontró a su madre sentada en su mecedora favorita, con cara de serenidad, muerta.

Euripides en Alcestis (la tragedia griega del siglo V a.C.) nos narra:

APOLO
¡Moradas de Admeto, en las que yo, aunque dios, estuve en la mesa de los siervos! Zeus tuvo la culpa, que mató a mi hijo Asclepio hundiéndole en el pecho el rayo, por lo cual, yo irritado voy y mato a los Cíclopes, forjadores del fuego de Zeus. Y mi padre a servir me obligó en castigo, en casa de un hombre mortal. Vine a este país y fui boyero de mi huésped; hasta ahora he guardado esta casa. Yo, que soy santo, con un santo hombre topé, el hijo de Feres, a quien he salvado de morir engañando a las Moiras. Las diosas me han permitido que Admeto escape por ahora el infierno, con tal de que ofrezca otro muerto a los de abajo. A todos los suyos los ha recorrido y probado, a su padre y a la vieja madre que lo dio a luz, ni, fuera de su mujer, encontró quien quisiera morir por él y dejar de ver la luz. A ella la lleva por la casa en sus brazos, derrámasela el alma: pues en este día tiene que morir y dejar la vida. Yo, para que no se alcance impureza en la casa, dejo este techo, mi más caro cobijo en este mundo. Ya veo aquí cerca a Muerte, que sacrifica a los moribundos, y que a las moradas de Hades se la va a llevar: ha Llegado en su momento guardando el día en que ella tiene que morir.

TÁNATOS
¡Ah, ah! ¿Qué haces tú en esta casa?, ¿qué haces aquí dando vueltas, Febo? Pecas cuando los honores de los de abajo recortas y suprimes. ¿No te ha bastado impedir el destino de Admeto, a las Moiras con taimadas artes engañando? Y ahora, otra vez, custodias, tu brazo armado del arco, a la que ha prometido, para salvar a su marido, morir ella, la hija de Pelias.

APOLO
Tranquilízate. Guardo justicia y buena razón.

TÁNATOS
¿Y a qué viene el arco, si guardas justicia?

APOLO
Siempre es mi costumbre llevarlo.

TÁNATOS
Y ayudar a esta casa fuera de justicia.

APOLO
De un hombre amigo me duelen las desgracias.

TÁNATOS
¿Y me vas a alejar de este segundo cadáver?

APOLO
Por la fuerza el primero no te he quitado.

TÁNATOS
Pues ¿cómo sobre el suelo está y no debajo de tierra?

APOLO
Ha dado en cambio su mujer, a por la que tú vienes.

TÁNATOS
Y me la llevaré allá abajo, bajo la tierra.

APOLO
Tómala y vete. No sé si podría convencerte…

TÁNATOS
¿De matar al que es preciso? Ésta es mi obligación.

APOLO
No, sino de dar muerte a los que se resisten a morir.

TÁNATOS
Me has dado razón y confianza tú mismo..

APOLO
¿Habría modo de que Alcestis llegara a la vejez?

TÁNATOS
No. Piensa que yo también disfruto con mis honores.

APOLO
Al fin y al cabo no te llevas más que un alma.

TÁNATOS
Cuando mueren jóvenes, gano mayor honor.

APOLO
Pero si muere una vieja la enterrarán con más pompa.

TÁNATOS
Febo, ¿dispones la ley mirando a los ricos?

APOLO
¿Qué dices?, ¿es que habías disimulado su ingenio hasta ahora?

TÁNATOS
Los ricos tendrían la ventaja de morirse de viejos.

APOLO
¿No me quieres hacer ese favor?

TÁNATOS
No. Ya sabes mis costumbres.

APOLO
Enemigos de los hombres y odios para los dioses.

TÁNATOS
No puedes tener todo lo que no debes tener.

APOLO
Pues tú me obedecerás aunque tan duro eres. A la casa de Feres vendrá un hombre tal, enviado de Euristeo por un carro de caballos de los lugares de duro invierno de Tracia, que hospedado en esta casa de Admeto por la violencia te quitará esta mujer y no tendrás mi agradecimiento aunque lo hagas, y me serás odioso.

TÁNATOS
Por mucho que digas, no sacarás más. Esta mujer bajará a la casa de Hades. Voy hacia ella a sacrificarla con la espada. Sacro a los dioses de bajo tierra es aquel de cuya cabeza esta espada el cabello santifique.

***

ADMETO
Amigos, el destino de mi mujer, más feliz que el mío lo creo, pues al cabo no piensa. Ya nunca la alcanzará a ella ningún dolor, y con gloria ha terminado muchos dolores. Yo, el que no debía vivir, pasado mi destino llevaré una vida lamentable: ahora lo comprendo. ¿Cómo voy a soportar entrar en esta casa? ¿A quién saludaré, quién me hablará para que mi entrada sea dulce? ¿Dónde me dirigiré? La soledad que hay dentro me expulsa cuando veo vacía de mi mujer la cama, y las sillas en que se sentaba, y por la casa descuidado el suelo, y los niños que a mis rodillas se abrazan y lloran a su madre, y los que por su señora gimen, se les ha ido de la casa. Esto en mi casa, fuera me repugnan las bodas tesalias y las reuniones de mujeres, porque no puedo soportar la visita de las que son de la edad de mi esposa. Dirá el que siendo mi enemigo contemple esto: ¡Mira el que vive miserable por no haber soportado la muerte, que cedió por cobardía a su mujer y evitó el Hades! ¿Después de esto se cree un hombre? Odia a sus genitores él, que no quiso morir. Ésta es la fama que entre los malignos tendré. ¿Para qué, amigos, me glorío de vivir, con
mala fama y mala fortuna?.

Hijos de la Noche (14) Hipnos, Somnus, Sopor

Hipnos era el dios o espíritu (daimon) del sueño [entendido como el acto de dormir y no el de soñar]. Él residía en Érebo, la tierra de oscuridad eterna, más allá de las verjas del sol creciente. Él sube al cielo cada noche acompañado a su madre Nyx (Noche).

Hipnos está a menudo acompañado con su hermano gemelo Tánatos (la Muerte Pacífica), y con el resto de los Oneiros (sueños) que eran sus hermanos o hijos. Hipnos es descrito como un joven con las alas en sus hombros o en la cabeza. Sus atributos incluyeron un cuerno de opio adormecedor, un tallo de amapola, una rama que gotea el agua del río Leteo (Olvido), o una antorcha invertida. Su equivalente romano era Somnus o Sopor.

De las peleas de los gemelos de la Noche nos cuenta Víctor Morata Cortado en “Dormir, soñar y morir“:

Cuán diferentes eran entre sí los hijos de la Noche. Quizá si Nix hubiese sabido el carácter de sus engendros habría meditado y aletargado el instante de su creación. Como dos polos opuestos, Hipnos y Tánatos, no tenían más remedio que cogerse de la mano con cierta frecuencia, pues bien es sabido que la muerte y el sueño no son tan dispares al fin y al cabo, por mucho que les delate su intención para con los mortales. No era raro el día en el cual su madre, la Noche, tenía que desenzarzarlos de sus acaloradas discusiones filosóficas acerca de la vida, la muerte y el grado de ignorancia acerca de estos asuntos en el cual debían mantener a los humanos. Bajo un foliado árbol ambos hermanos pasaban el tiempo sumidos en la desidia, uno durmiendo y el otro acariciando animalitos que caían rendidos en otro sueño mucho más letal. No hubo de pasar mucho tiempo para que sus lazos de sangre fuesen cortados por el filo de la eterna disputa que entre ambos permanecía en estado latente.

Hipnos decidió construir un palacio en lo más profundo de una cueva en el lejano oeste donde el Sol jamás llegaba e inundaba los parajes con su luz. El ornato de su hogar era simple, pues su única ocupación consistía en dormir y disfrutar por siempre de la paz, la tranquilidad y el silencio que aquel lugar le regalaba. Solamente el río Leteo verberaba con un tintineo suave, relajante y apaciguador de sus más oscuras preocupaciones, siempre concernientes a su hermano Tánatos. Evocaba entonces, empeñado en la tarea de conciliar el sueño, el murmullo de las lánguidas aguas del río del olvido mientras el aroma de las amapolas y las plantas narcóticas que brotaban en su orilla le colmaban de un estado placentero. Esta era la vida que Hipnos había elegido, lejos de la muerte… amargamente lejos de la noche… y a un tiempo tan cerca.

Tánatos, por su parte, no era muy amigo del descanso y solamente se le veía recostado cuando tenía que coger la mano del moribundo y llevarlo al otro lado. Disfrutaba tremendamente ese momento en el cual arrebataba con un solo gesto la vida de aquellos afanados mortales. Muchas veces constituía un gran prodigio agarrar la esencia de aquel que no moría de anciano, se consideraba un gran amante de su don y un experto consabido de sus artes. Así, aunque el placer de visitar el lecho de muerte y arrastrar al señalado era inigualable, no disfrutaba menos cuando se lanzaba al vacío para acometer al suicida justo en el momento de su impacto contra el suelo. Una vida loca, si se podía llamar así, era la que ostentaba el dios de la Muerte. Muchas fueron las veces que Tánatos se vio tentado de visitar a su hermano y prolongar su sueño hacia un no despertar eterno y letal, pero la venenosa idea de infiltrarse en los aposentos de su palacio y, más concretamente, en aquel lecho de ébano y plumas le repugnaba. Solamente las cortinas negras, pensaba Tánatos, le otorgaban un cierto toque de distinción, de tenebrosidad y languidez. Más propio de su talante que del de Hipnos.

Pronto esta tentación enraizó y empezó a crecer con fuerza, como si de un fuerte roble se tratase, al descubrir que una nueva generación había brotado de su somnoliento hermano, creando una curiosa descendencia. Tres fueron los hijos que Hipnos trajo al mundo en calidad de dioses, Iquelo, Fantaso y Morfeo. A todos ellos quiso reclutar Tánatos con gran afán, pues siendo parte de la familia le resultaba interesante tener un sobrino como discípulo. Un gran abanico de posibilidades se abría ante él, quizá pensando más en Fantaso o en Morfeo, pues ambos tenían ese toque necesario para dar un punto más artístico y creativo a su mortal dedicación. En vano intentó acercarse a ellos y pactar un acuerdo que beneficiase a ambas partes, pero los hermanos no dudaron en rechazar cualquier propuesta que de Tánatos proviniera.

Éste entonces montó en cólera y enfurecido bramó que aquella ofensa solamente quedaría saldada derramando la sangre de Hipnos. Asustados por lo poco salubre de aquella amenaza, Morfeo decidió entonces cuidar del letargo de su padre, procurándole la vigía que él mismo era imposible de confiarse. Fue desde entonces que, a pesar de que Hipnos, como dios del Sueño, era capaz de dominar tanto a dioses como a mortales, Morfeo se ocupó de las ensoñaciones que la actividad de dormir favorecían, gobernando las historias que pasan por cada una de las mentes de todo el mundo en los momentos del sueño.

Rara vez despista Morfeo su cuidado, si bien es cierto que, en ocasiones, nubla el recuerdo del durmiente que al despertar profiere una profunda sensación de desconcierto, ignorante de saber si acaso ha soñado. Otras veces, juguetón, fusiona con tanta fuerza ambos mundos, el onírico y el real, que hace dudar de aquello que conforma la propia existencia del soñador. Otras, intenta prevenir de ciertos acontecimientos a los más eruditos y les ofrece geniales ideas que por sí solas nunca podrían ver la luz. Pero sin duda, la mayoría de las veces, aún de forma leve, procura alertar de la presencia de su tío a los mortales y, adivinando sus pasos, les procura un poco más de tiempo antes de que Tánatos venga a llevarles consigo para siempre.

Homero en su Iliada (Siglo VIII a.C.): nos cuenta como Hera ofreció la joven Pasifea a Hipnos  a cambio de su ayuda :

Hera, la de áureo trono, miró con sus ojos desde la cima del Olimpo, conoció a su hermano y cuñado, que se movía en la batalla donde se hacen ilustres los hombres, y se regocijó en el alma; pero vio a Zeus sentado en la más alta cumbre del Ida, abundante en manantiales, y se le hizo odioso en su corazón. Entonces Hera venerada, la de ojos de novilla, pensaba cómo podría engañar a Zeus, que lleva la égida. Al fin le pareció que la mejor resolución sería ataviarse bien y encaminarse al Ida, por si Zeus, abrasándose en amor, quería dormir a su lado y ella lograba derramar dulce y placentero sueño sobre los párpados y el prudente espíritu del dios. Sin perder un instante, fue a la habitación labrada por su hijo Hefesto, la cual tenía una sólida puerta con cerradura oculta que ninguna otra deidad sabía abrir, entró y habiendo entornado la puerta, se lavó con ambrosía el cuerpo encantador y lo untó con un aceite craso, divino, suave y tan oloroso que, al moverlo en el palacio de Zeus, erigido sobre bronce, su fragancia se difundió por el cielo y la tierra. Ungido el hermoso cutis, se compuso el cabello y con sus propias manos formó los rizos lustrosos, bellos, divinos, que colgaban de la cabeza inmortal. Se echó en seguida el manto divino, adornado con muchas bordaduras, que Atenea le había labrado, y lo sujetó al pecho con broche de oro. Se puso luego un ceñidor que tenía cien borlones, y colgó de las perforadas orejas unos pendientes de tres piedras preciosas grandes como ojos, espléndidas, de gracioso brillo.

Después, la divina entre las diosas se cubrió con un velo hermoso, nuevo, tan blanco como el sol, y calzó sus nítidos pies con bellas sandalias. Y cuando hubo ataviado su cuerpo con todos los adornos, salió de la estancia, y, llamando a Afrodita aparte de los dioses, y le habló en estos términos: —¿Querrás complacerme, hija querida, en lo que yo te diga, o te negarás, irritada en tu ánimo, porque yo protejo a los dánaos y tú a los troyanos?

Respondió Afrodita, hija de Zeus: —¡Hera, venerable diosa, hija del gran Cronos! Di qué quieres; mi corazón me impulsa a efectuarlo, si puedo hacerlo y ello es factible.

Le contestó dolosamente la venerable Hera: —Dame el amor y el deseo con los cuales rindes a todos los inmortales y a los mortales hombres. Voy a los confines de la fértil tierra para ver a Océano, padre de los dioses, y a la madre Tetis, los cuales me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en su palacio, cuando el gran vidente Zeus puso a Cronos debajo de la tierra y del mar estéril. Iré a visitarlos para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera anidó en sus corazones. Si apaciguara con mis palabras su ánimo y lograra que reanudasen el amoroso consorcio, me llamarían siempre querida y venerable.

Respondió de nuevo la risueña Afrodita: —No es posible ni sería conveniente negarte lo que pides, pues duermes en los brazos del poderoso Zeus—. Dijo; y desató del pecho el cinto bordado, de variada labor, que encerraba todos los encantos; hallase allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a los más prudentes. Lo puso en las manos de Hera, y pronunció estas palabras: —Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que tu corazón desea—. Así dijo.

Se sonrió Hera venerada, la de ojos de novilla; y sonriente aún, escondió el ceñidor en el seno. Afrodita, hija de Zeus, volvió a su morada y Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y, pasando por la Pieria y la deleitosa Ematia, salvó las altas y nevadas cumbres de las montañas donde viven los jinetes tracios, sin que sus pies tocaran la tierra descendió por el Atos al fluctuoso Ponto y llegó a Lemnos, ciudad del divino Tonante.

Allí se encontró con el Hipnos, hermano de Tánatos, y, asiéndole de la diestra, le dijo estas palabras: —¡Hipnos, rey de todos los dioses y de todos los hombres! Si en otra ocasión escuchaste mi voz, obedéceme también ahora, y mi gratitud será perenne. Adormece los brillantes ojos de Zeus debajo de sus párpados, tan pronto como, vencido por el amor, se acueste conmigo. Te daré como premio un trono hermoso, incorruptible, de oro; y mi hijo Hefesto, el cojo de ambos pies, te hará un escabel que te sirva para apoyar las nítidas plantas, cuando asistas a los festines.

Respondió el dulce Hipnos: —¡Hera, venerable diosa, hija del gran Cronos! Fácilmente adormecería a cualquier otro de los sempiternos dioses y aun a las corrientes del río Océano, del cual son oriundos todos, pero no me acercaré ni adormeceré a Zeus Cronión, si él no lo manda. Me hizo cuerdo tu mandato el día en que el muy animoso hijo de Zeus se embarcó en Ilio, después de destruir la ciudad troyana. Entonces sumí en grato sopor la mente de Zeus, que lleva la égida, difundiéndome suave en torno suyo; y tú, que intentabas causar daño a Heracles, conseguiste que los vientos impetuosos soplaran sobre el Ponto y lo llevaran a la populosa Cos, lejos de sus amigos. Zeus despertó y encendió en ira; maltrataba a los dioses en el palacio, me buscaba a mí, y me hubiera hecho desaparecer, arrojándome del Éter al Ponto, si la Nix, que rinde a los dioses y a los hombres, no me hubiese salvado; llegué a ella huyendo, y aquél se contuvo, aunque irritado, porque temió hacer algo que a la rápida Nix desagradara. Y ahora me mandas realizar otra cosa peligrosísima.

Le respondió Hera venerada, la de ojos de novilla: —Oh Hipnos, ¿por qué en la mente revuelves tales cosas? ¿Crees que el gran vidente Zeus favorecerá tanto a los troyanos, como en la época en que se irritó protegía a su hijo Heracles? Vamos, ve y prometo darte, para que te cases con ella y lleve el nombre de esposa tuya a la más joven de las Gracias, Pasitea, de la cual estás deseoso todos los días. Así habló.

Se alegró Hipnos, y respondió diciendo: —Bien, jura por el agua inviolable de la Estigia, tocando con una mano la fértil tierra y con la otra el brillante mar, para que sean testigos los dioses de debajo de la tierra que están con Cronos, que me darás la más joven de las Gracias, Pasifea, de la cual estoy deseoso todos los días.

Así dijo. No desobedeció Hera, la diosa de los níveos brazos, y juró, como se le pedía, nombrando a todos los dioses subterraneos, llamados Titanes. Prestado el juramento, partieron ocultos en una nube, dejaron atrás a Lemnos y la ciudad de Imbros, y siguiendo con rapidez el camino llegaron a Lecto, en el Ida, abundante en manantiales y criador de fieras; allí pasaron del mar a tierra firme, y anduvieron haciendo estremecer debajo de sus pies la cima de los árboles de la selva. Se detuvo Hipnos antes que los ojos de Zeus pudieran verlo, y, encaramándose en un abeto altísimo que había nacido en el Ida y por el aire llegaba al éter, se ocultó entre las ramas como la montaraz ave canora llamada por los dioses calcis y por los hombres cymindis. Hera subió ligera al Gárgaro, la cumbre más alta del Ida.

Zeus, que amontona las nubes, la vio venir; y apenas la distinguió, enseñoreándose de su prudente espíritu el mismo deseo que, cuando gozaron las primicias del amor, acostándose a escondidas de sus padres. Y así que la tuvo delante, le habló diciendo: —¡Hera! ¿Adónde vas, que tan presurosa vienes del Olimpo, sin los caballos y el carro que podrían conducirte?

Respondiéndole dolosamente la venerable Hera: —Voy a los confines de la fértil tierra, a ver a Océano, origen de los dioses, y a la madre Tetis, que me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en su palacio. Iré a visitarlos para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera invadió sus corazones. Tengo al pie del Ida, abundante en manantiales, los corceles que me llevarán por tierra y por mar, y vengo del Olimpo a participártelo; no fuera que lo irritaras si me encaminase, sin decírtelo, al palacio del Océano, de profunda corriente.

Contestó Zeus, que amontona las nubes: —¡Hera! Allá se puede ir más tarde. Ea, acostémonos y gocemos del amor. Jamás la pasión por una diosa o por una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló como ahora: nunca he amado así, ni a la esposa de Ixión, que parió a Pintoo consejero igual a los dioses; ni a Dánae Acrisiona, la de bellos talones, que dio a luz a Perseo, el más ilustre de los hombres; ni a la celebrada hija de Fénix, que fue madre de Minos y de Radamantis igual a un dios; ni a Sémele, ni a Alcmena en Teba, de la que tuve a Heracles, de ánimo valeroso, y de Sémele a Dioniso, alegría de los mortales; ni a Deméter, la soberana de hermosas trenzas; ni a la gloriosa Leto; ni a ti misma: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de mí se apodera.

Replicó dolosamente la venerable Hera: —¡Terrible Cronida! ¡Qué palabras proferiste! ¡Quieres acostarte y gozar del amor en las cumbres del Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurriría si alguno de los sempiternos dioses nos viese dormidos y lo manifestara a todas las deidades? Yo no volvería a tu palacio al levantarme del lecho; vergonzoso fuera. Mas, si lo deseas y a tu corazón le es grato, tienes la cámara que tu hijo Hefesto labró, cerrando la puerta con sólidas tablas que encajan en el marco. Vamos a acostarnos allí, ya que el lecho apeteces.

Respondió Zeus, que amontona las nubes: —¡Hera! No temas que nos vea ningún dios ni hombre: te cubriré con una nube dorada que ni el Sol, con su luz, que es la más penetrante de todas, podría atravesar para mirarnos—. Dijo, y el hijo de Cronos estrechó en sus brazos a la esposa. La divina tierra produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos del suelo.

Se acostaron allí y cubrieron con una hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas de rocío. Tan tranquilamente dormía el padre sobre el alto Gárgaro, vencido por el sueño y el amor y abrazado con su esposa.

El dulce Hipnos corrió hacia las naves aqueas para llevar la noticia al que ciñe y bate la tierra; y, deteniéndose cerca de él, pronunció estas aladas palabras: —¡Poseidón! Socorre pronto a los dánaos y dales gloria, aunque sea breve, mientras duerme Zeus, a quien he sumido en dulce letargo, después que Hera, engañándole, logró que se acostara para gozar del amor.

Quintus Smyrnaeus (siglo IV d.C.) Nos cuenta lo que ocurrió luego:

Del Océanos entonces subió Eos (el Alba), dorada guía, mientras un fluctuante y suave viento llevó a Hipnos al cielo, y allí encontró a Hera … Ella lo abrazó y lo besó, quién había sido su deudora desde que en su encuentro en el monte de Ida; él había calmado al Cronión [Zeus] al dormirlo … Sin tardar Hera pasó a la mansión de Zeus, e Hipnos rápidamente voló a la cama de Pasifea. Del letargo todas las naciones de la tierra se despertaron.

Nonnu (siglo V a VI a.C.) nos da la opinión de Afrodita al saber el arreglo:

[Afrodita dando ordenes a su sierva Pasifea dice]: —Estimada muchacha, ¿qué problema ha cambiado su mirada? … ¡Ah, yo sé por qué sus mejillas están pálidas!, el oscuro Hipnos, el vagabundo la corteja como un novio corteja a una sirvienta! ¡Yo no la forzare si usted es contra su voluntad; yo no uniré al negro Hipnos a la blanca Pasifea!

Hijos de la Noche (15) Morfeo y sus hermanos.

Morfeo es el líder de los Oneiros, espíritus (el daimones) de los sueños. Él se manifestaba en los sueños de reyes y gobernantes en forma de imágenes humanas como mensajero de los dioses. Su nombre significa el diseñador o el moldeador, porque él forma o moldea los sueños que se aparecían al durmiente. Modernamente se le conoce en el mundo anglosajón como Sandman, el arenero,  personaje popular del folclore ingles que ayuda a los niños a dormir y tener dulces sueños esparciendo arena mágica en sus ojos. Entre su millar de hermanos  la literatura da el nombre de dos más: Iquelos, en cuyos sueños mostraba imágenes de plantas y animales, (es también conocido como Fobetor) y Fantasos, que las imágenes eran de objetos inanimados (agua, piedras, etc.)

Estos tres Oneiros son hijos del dios del Sueño, Hipno, y Pasífea (espíritu del descanso y la relajación) que es considerada una Cárites. Las Cárites o Gracias, eran diosas de la gracia, la belleza, el adorno, la alegría, la fiesta, la danza y el canto. Las Cárites más jóvenes presiden los placeres de la vida, incluido el juego, la diversión, banquetes, decoración floral, la felicidad, el descanso y la relajación. Ellas eran asistentes de las diosas Afrodita y Hera.

El padre de las Cárites fue el poderoso Zeus, aunque el nombre la madre incluye a diosas como: Eurínome, Eunomia, e incluso la gran Hera. Suelen ser siempre representadas en grupo de tres chicas que baillan desnudas en un circulo, a veces coronadas con ramas de mirto y flores. Las tres más conocidas son: Aglaya/Aglaia/Kalleis/Charis/Caris (belleza, esplendor y gloria), Eufrosina (buen humor, alegría y gozo) y Talía (celebraciones festivas y los ricos y lujosos banquetes); pero también se citan nombres como: Anteia (espíritu de las flores y coronas de flores de los festivales y fiestas), Eudaimonia (felicidad, prosperidad y opulencia); Eutimia (el buen ánimo y satisfacción), Cleta y Faena (Gloria y fama; las dos Gracias adoradas por los espartanos); Paidia (juego y diversión), Pandaisia (espíritu de ricos banquetes), Panniquis (espíritu de las fiestas nocturnas), Pasifea (espíritu de la relajación y las drogas alucinantes), Peidos (espíritu de la seducción y la persuasión), las Carites de Atenas estaban vinculadas a la floración y el crecimiento de las plantas (y relacionadas con otro grupo de ninfas, las Horas), ellas eran: Hegemona (espíritu del florecimiento y los frutos), Auxo (Desarrolladora, crecimiento de primavera) y Damia (Espíritu de las fuerzas de la Naturaleza). Aglaia/Caris, que fue esposa de Hefesto, simbolizaba también la inteligencia, el poder creativo y la intuición del intelecto. Fue madre con Hefesto de Eucleia (espíritu de la honorabilidad y buena reputación), Eufeme (espíritu del correcto discurso y la aclamación), Eutenia (espíritu de la prosperidad y la plenitud) y Filofrósine (espíritu de la amabilidad y la bienvenida), siendo estas las más jóvenes de las Cárites.

La leyenda que más involucra a Morfeo es referida por Ovidio (siglo I a.C. y I d.C) cuando la diosa Hera ordena a Iris para convocar un Sueño:

Iris, mensajera más fiel de mi voz, ve rápidamente al vestíbulo de Somnus [Hipnos], y pide que envíe un Sueño de que Ceyx se ahogó, para así dar la noticias a Alcione [su esposa].

Entonces Iris, envuelta en su túnica de mil colores remontó a través del cielo su inclinado arco y alcanzó la nube que esconde el palacio del rey del sueño [Hipnos]. . . Alrededor de él por todas partes varios sueños vacíos [Oneiros], innumerables como los granos de maíz en tiempo de cosecha, o los granos de arenas lanzadas en la orilla, o las hojas que en otoño cubren el suelo del bosque. Allí Iris entró, mientras alcanzaba y cepillaba a Somnus (Hipnos) de lado, y el fulgor súbito luminoso de su túnica encendió el lugar; despacio el dios abrió sus párpados pesados, y su volvió atrás un tiempo, su cabeza que cae lánguida en su pecho, por fin él se agitó fuera de su somnolencia, y apoyándose la reconoció y le preguntaron por qué ella vino, y ella contestó:

Somnus, el más tranquilo de los dioses, Somnus, paz de todo el mundo, el bálsamo del alma quien cuida de lejos, quién da descanso a los miembros cansados después del trabajo duro del día y la fuerza renovadora para encontrarse con las tareas del día siguiente, ofrezca ahora un sueño cuyo imagen de similitud perfecta coincida con la verdad, en semejanza a la forma de Ceyx se aparezca en Trachis a Alcione y muestre el naufragio y que su estimado amor se ahogó—.

Así la ordenes de Juno [Hera] cumplió. Entonces, su tarea realizó, Iris partió, porque ella no podía más soportar el poder de Somnus, cuando el adormecimiento le llegaba, ella cruzó a través del portal , y huyó lejos sobre el arco iris por el que ella vino. El padre Somnus escogió de entre sus hijos, de su atestando reino de mil, uno con la habilidad aventajada para imitar la forma humana; Morfeo su nombre, quien más que ninguno puede presentar los rasgos, andares y discursos de los hombres más hábilmente, su ropa habitual y sus gestos. Él refleja sólo a los hombres; otro la forma de las bestias, los pájaros y las serpientes corredizas y largas. Los dioses lo han nombrado Iquelos; pero aquí abajo la tribu de los mortales lo llama Fobetor. Un tercero, aventajando en arte diverso es Fantasos; él hace la forma de la tierra, las piedras, el agua, los árboles, las cosas inanimadas. A los reyes y jefes éstos por la noche el despliegan su fantasmal imagen; otros sueños vagan entre las personas, frecuentando a la gente común. De todos estos sueños el dios escogió a Morfeo para emprender las ordenes de la hija de Taumante [Iris]; entonces con dulce adormecimiento en su cama alta él hundió su cabeza para dormir. Pronto a través de la oscuridad cubierta de rocío en las alas silenciosas volado Morfeo y con viaje breve llegó al pueblo de Trachis y, poniendo sus alas al lado, tomó la imagen de Ceyx, su forma y cara; y cadavérico, pálido y desnudo, estaba de pie al lado de la cama de su pobre esposa. ¡Su barba estaba mojada y de su pelo mojado de agua de goteaba de él; apoyándose sobre ella entonces, llorando, él dijo:

—Alcyone Pobre, pobre! ¿Usted me reconoce, soy Ceyx? ¿Me cambio la muerte? ¡Mire! ¡Ahora usted ve, usted me reconoce, ah! No soy su marido sino el fantasma de su esposo. Sus oraciones ya no son útiles. Estoy muerto. No alimente su corazón con la esperanza y la falsa y vana espera. Un viento salvaje en el mar de Egeo golpeó mi nave, con su gran soplo la destruyó… mis labios llamando su nombre, llaman en vano, las aguas ya me llevaron. Éstas noticias ningún mensajero dudoso trae, ningún vago sueño: yo, aquí, naufragué, mi propio destino dese le revela. ¡Venga, suba y llore! ¡Póngase su luto! ¡Llore! Por que ni sus lamentos y sufrir impedirán unirme a los espíritus oscuros del Tartaro—.

Así Morfeo habló, también habló con tal voz cuando que ella debe pensar que es su marido, y sus lágrimas que ella tomó por verdaderas, y usó los gestos de Ceyx. Dormida, ella gimió y lloró y estiró sus brazos para sostenerlo, pero abrazó el aire vacío.

—¿Oh espera por mí!— que ella lloró, —¿Por qué tienes prisa por partir? Yo también iré—. Despertada por el sonido de la voz y por el fantasma de su esposo, ella miró pero no lo encontró en ninguna parte. Ella lloró

—Él está muerto, naufragó y se ahogó. Yo lo vi, lo se, intente sostenerlo, cuando él desapareció en mis brazos. Él era un fantasma, pero todavía distinto y claro, de verdad el fantasma de mi esposo, aunque para estar seguro su cara estaba cambiada, su gracia brillante se había ido. ¡Desnudo, cadavérico y pálido, con el pelo goteando, yo lo vi!…—

Hijos de la Noche (16) Oneiroi, Oneiros, Oniros, Somnium, Somnia (los sueños)

Los oneiros son daimones oscuros y alados (espíritus) de los sueños. Ellos surgen cada noche como una bandada de cuervos y/o murciélagos de su caverna en Erebos, la tierra de oscuridad eterna más allá del sol naciente. Los oneiros atravesaban una de dos verjas. La primera de éstas, hecho de cuerno, era la fuente de los sueños proféticos, mientras la otra, construida de marfil, era la fuente de sueños falsos y sin significados. El término para las pesadillas era melas oneiros (negros sueños). El líder de los oneiros era Morfeo, un dios que aparecía en los sueños a reyes, entregando los mensajes de los dioses. Se los hace hijos de Nyx (la noche) y de Érebo (dios de las Tinieblas); pero también de Hipnos (dios del sueño, entendido como el acto de dormir)

El Oneiroi es la personificación del sueño (singular), y en el plural de oneiros, son los sueños. Según Homero vienen de las orillas oscuras del Océano occidental, y los sueños engañosos pasan por una verja de marfil, mientras los verdadero por una verja hecha de cuerno. Hesiodo llama a los sueños los niños de la Noche, y Ovidio los llama los niños del Sueño, siendo los hijos del dios Hipno más conocidos: Morfeo (el sueño con seres queridos), Iquelo o Fobetor (soñar con animales), y Phantasus (soñar con objetos innanimados), estos tres iban donde los reyes, el millar restante a los simples mortales. Euripides los llamó hijos de Gaia, y los concibió como genios con las alas negras, mientras que el más grande fabulista clásico, Esopo, los hacía una creación del propio Zeus.

Esquilo (siglo V a.C.) Narra:

Era porque ella [Clitemnestra] se agitó por los oneiroi, terrores errantes de la noche y ella envió ofrendas [al fantasma asesinado de su marido Agamenón], mujer atea que ella es … Ella soñó que dio nacimiento a una serpiente de su propia sangre … que puso a descansar como si fuera un niño, en pañales. [Clitemnestra soñó que su hijo Orestes, vengaría el asesinato de su padre sobre ella.]

Esopo, (siglo VI a.C.):

Apolo, que es el líder de las Musas, una vez pidió a Zeus permiso para tener el poder de adivinación, para que él pudiera ser el mejor oráculo. Zeus estuvo de acuerdo, pero cuando Apolo pudo entonces maravillar a toda la humanidad, él empezó a pensar que él era mejor que todos los otros dioses y él los trató con una arrogancia aun mayor que antes. Esto encolerizó a Zeus (y él era el superior de Apolo, después de todo). Como Zeus no quiso que Apolo tuviera tanto poder encima de las personas, él inventó los Oneiros verdaderos (Sueños proféticos) eso revelaría a las personas en su sueño lo que iba a pasar. Cuando Apolo comprendió que nadie necesitaba más sus profecías, él le pidió a Zeus perdón y ayuda. Suplicó a Zeus para no trastocar su propio poder profético. Zeus perdonó a Apolo y procedió inventar más Oneiros (los Sueños falsos) para la humanidad, ahora que los Oneiros falsos entraban en los sueño, además de los Oneiros verdaderos. Una vez las personas comprendieron que sus sueños eran inestables, ellos tuvieron que volver una vez más a Apolo, la fuente original de adivinación profética.

Esopo, en otra historia cuenta:

Un escultor estaba vendiendo una estatua jaspeada blanca de Hermes que dos hombres quisieron comprar: uno de ellos cuyo hijo simplemente se había muerto, lo quiso para la lápida, mientras el otro era un artesano que quiso consagrar la estatua a su dios. Estaba siendo tarde, y el escultor no había vendido la estatua todavía. Él estaba de acuerdo que él mostraría la estatua de nuevo a los hombres cuando ellos regresaron la próxima mañana. En un sueño, el escultor vio al propio Hermes que está de pie en la Verja de los Oneiroi. El dios le habló y dijo, —Bien, mi destino se mantiene en equilibrio: depende de usted si yo me volveré un hombre muerto o un dios!—

Homero en su Odisea (Siglo VIII a.C.) Narra:

Penélope narra —Aquí viene, es un sueño que yo deseo que escuche e interprete. Yo tengo veinte gansos … pero una gran águila los atacó y los mató. Él se puso en una viga del tejado proyectando una sombra y me dijo con una voz humana para verificar mi pesar … «Éste no es ningún sueño sino una visión, una feliz, destinada a ser cumplido para usted. Los gansos son los aspirantes, y yo quién era el águila soy ahora su marido, en casa de nuevo para traer una muerte horrorosa a todos los aspirantes» Así que él habló y el sueño que me había aliviado me despertó…

Odiseo enmascarado contesta —Reina, esa interpretación que usted soñó ciertamente no puede tirarse de lado …

Penélope continuó: —Estimado invitado, los Oneiros están más allá de nuestro entendimiento, ¿quién puede estar seguro de cuanto que ellos dicen? No para todos los hombres parecen que vienen y pasan. Dos verjas hay en el pasaje fugaz de los Oneiros; una es hecha de cuerno, uno de marfil. Los Oneiros que atraviesan la de marfil son engañosos, llevando un mensaje que no se cumplirá; y aquéllos que salen a través del cuerno pulido tienen la verdad detrás de ellos, y se vuelven realidad para que los hombres los vean. Pero yo no puedo esperar a este Oneiroi, eso me desconcierta ¿de dónde vino?.


Hijos de la Noche (17) Ker / Letum / Tenebrae (espíritus de muerte)

Ker (Letum/Tenebrae en latín) es el Espíritu que trae la muerte. Es más conocida su forma en plural: Keres; que son espíritus femeninos (daimonas) de muerte violenta o cruel, la muerte en la batalla, por accidente, asesinato o asolando por la enfermedad. El otro espíritu de la muerte es de Thanatos, era el dios de los tipos más pacíficos de muerte.

Ellas eran agentes de las Moiras (los Destinos), quienes median la longitud de la vida de un hombre cuando él entró en el mundo primero, y Moros (la Sentencia) quien llevaba al hombre hacia su destrucción inevitable. Las keres beben de sangre y festejan después de arrancar un alma del cuerpo mortalmente herido y enviarlo en su morada en Hades. Miles de keres frecuentan el campo de batalla, luchando entre ellas como buitres encima del cuerpo. Las keres no tenía el poder absoluto encima de la vida de hombres, pero en su hambre para sangre buscan llevar la muerte más allá de los límites de los destinos. Zeus y los otros dioses, sin embargo, podrían detenerlas en su curso o podrían alentarlas. Los dioses olímpicos que están de pie a menudo por sus favoritos en la batalla, alejando a los espíritus de muerte sobre sus protegidos. Durante una batalla las keres vagan con Eris (La discordia/disputa/odio) y Kydoimos (confusión) con vestidos sangrientos, peleando sobre los heridos y los muertos, y arrastrándolos lejos por los pies.

Según Hesiodo las keres son hijas de Nyx y hermanas de las Moiras, castigan a los hombres por sus crímenes. Se les menciona más tarde junto con las Erinias, las diosas que vengan los crímenes de hombres. A veces se personifican las enfermedades epidémicas en las áreas donde entraba la plaga. Las keres son pintadas clavando los dientes, las mujeres con zarpas que visten vestidos sangrientos. Las keres parecen haber sido los espíritus soltados del frasco de Pandora para plagar la humanidad. Hesiodo estos espíritus como los kakoi (los males), las nosoi (las enfermedades y las plagas) y las lugra (las perdiciones).

Las brujas podrían convocar a Ker, a través del poder del mal de ojo, para trae la muerte a sus enemigos. Apollonius Rhodius (Siglo III a.C.) Nos cuenta:

Medea siguió al galán. Ella cubrió ambas sus mejillas con un pliegue de su manto purpúreo, y Jason la llevó por la mano cuando ella pasó por los bancos. Entonces, con las encantaciones, ella invocó las Keres, galgos veloces del averno que se alimentan de las almas y frecuentan el aire sobre los hombres vivientes. Ella hundió a sus rodillas y las llamó, tres veces en la canción, tres veces con las oraciones habladas. Ella se fortaleció en su malignidad y embrujó los ojos de Talos con el mal en ella propio. Ella echó en él la fuerza llena de su malevolencia, y en un éxtasis de rabia ella lo recorrió con las imágenes de muerte. ¿Es entonces verdad, Zeus Padre que las personas sólo no son muertas por enfermedad o heridas, sino pueden caer por un enemigo distante? Pensé yo. Todavía era así que ese Talos, con todo su cuerpo de latón, se derrumbó por la fuerza de la magia de Medea. Él estaba izando a algunas piedras pesadas con que mantenernos alejados de la costa, cuando él rozó su tobillo en una piedra afilada y el icor[1] corrió fuera de su cuerpo fundido. Él estuvo un tiempo corto allí, alto en la saliente del precipicio. Pero incluso sus fuertes piernas no podían apoyarlo más; él empezó a oscilar, todo el poder salió de él, y cayó rotundamente.

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[1] En la mitología griega, el icor era el mineral presente en la enrarecida e incolora sangre de los dioses, o la propia sangre. Esta sustancia mítica, de la que se decía a veces que también estaba presente en la ambrosía o el néctar que los dioses comían en sus banquetes, era lo que los hacía inmortales. Cuando un dios era herido y sangraba, el icor hacía su sangre venenosa para los mortales, matando inmediatamente a todos los que entraban en contacto con ella.