Hijos de la Noche (20) Moros (Morus/Fatum) La sentencia/el destino.

Moros es el espíritu (daimon) del destino. Él era la fuerza que manejaba al hombre hacia su destino. En cierto sentido él también era el espíritu de la depresión. Esquilo describe cómo Prometeo ahorró a la humanidad de la miseria de ver la sentencia de los dioses con el regalo de esperanza. Los hermanos de Moros (Tanatos y Keres) representan los aspectos físicos de la muerte y parten a buscar a los anotados en el libro de los muertos. Relacionado con las Moiras (las Parcas romanas) es el dios que decide el destino, nada pude con el escriba de los infiernos que anota en su libro de hierro el destino de los nacidos (hombres y dioses) y el momento de su final.

Etimológicamente, la palabra latina “Fatum”, significa oráculo, vaticinio, predicción y su plural fata (los destinos) evoluciono a un termino femenino que en español es hada; así, como en los cuentos, las hadas no siempre entregan dones, sino también marcan el destino de los héroes y heroínas, de esta palabra deriva el término español de fatalidad.

Las grandes tragedias griegas se inspiran en los designios de este dios, Zeus mata a su primera mujer Temis (la sabiduría), quien profetizó a Zeus que daría a luz una hija y después un hijo que estaría destinado a gobernar el mundo. Por esto Zeus la devoró cuando estaba embarazada de Atenea, y más tarde él mismo dio a luz a la hija de ambos, Atenea.

La nereida Tetis (no confundir con una titanide de igual nombre esposa del Oceano) fue deseada por múltiples dioses, pero el destino dijo que el hijo de esta diosa será más grande que el padre, ante ellos los dioses desisten de ser amantes de la ninfa de las aguas y la casan con un mortal (Peleo), de quien nacerá uno de los más grandes héroes griegos, Aquiles.


Dánae había sido encerrada por su padre, Acrisio, en una torre, para impedir que tuviera trato con un varón, ya que un oráculo había anunciado a Acrisio que moriría a manos de su nieto. Sin embargo, Zeus se metamorfoseó en lluvia de oro y consiguió acceder a la estancia de Dánae y dejarla encinta. Dánae engendró a Perseo y, al enterarse, Acrisio los arrojó al mar en un cofre. Perseo ya hombre y tras múltiples aventuras decide regresar a Argos. Acrisio se entera de que su nieto viaja para encontrarse con él y pone tierra de por medio. Cuando Perseo llega, no lo encuentra. Está en un reino vecino, Larisa, presenciando unos juegos. Perseo lo sigue. Una vez allí, los organizadores le proponen participar en los juegos. Perseo accede a participar en lanzamiento de disco. Cuando lo tira, lo hace con tan mala fortuna que golpea a Acrisio en el centro del pecho y lo mata, cumpliéndose así la profecía.

Quizás la más famosa tragedia de estos hados del destino es la historia de Edipo. Siendo aún niña, Yocasta casó con Layo (rey de Tebas) del cual tuvo un hijo. Un oráculo anunció a Layo que su propio hijo lo mataría, por eso éste mandó matar a su hijo y echarlo a las fieras, pero Yocasta no llevó a cabo la orden de su marido. El Rey de Corinto acogió al hijo de Layo y lo crió como si fuera su propio hijo. Le llamó Edipo. Más tarde, Edipo abandonó Corinto para dirigirse a Tebas (tras conocer de los oráculos que su destino era matar a su padre,  Edipo creía que el rey de Corinto era su padre) y en un incidente en el camino, mató a su verdadero padre, Layo, los pobladores de Tebas, liberados del dictador, conceden a Edipo el reino y este se casa con su madre. Cuando se descubre la verdad, que es el asesino de su verdadero padre y el esposo de su madre, Yocasta se suicida y Edipo se ciega a sí mismo, pidiendo su destierro a Creonte, hermano de Yocasta.

Friedrich Nietzsche (1862) nos cuenta como la voluntad de los hombres lucha contra Moros (fatum) así de Libertad de la voluntad y del fatum nos dice:

La libertad de la voluntad, que en sí misma no es otra cosa que libertad del pensamiento, está limitada de la misma manera que la libertad de pensar. El pensamiento no puede ir más allá del horizonte hasta el que se extienden las ideas; sin embargo, éste se basa en las percepciones que se van adquiriendo y puede ampliarse conforme lo hace. Asimismo, la libertad de la voluntad puede expandirse también hasta ese mismo punto, si bien, dentro de tales confines, es ilimitada. Otra cosa distinta es el obrar de la voluntad; la facultad de hacerlo se nos impone de manera fatalista.

En la medida en que el fatum se le aparece al hombre en el espejo de su propia personalidad, la libre voluntad y el fatum individual son dos contrincantes de idéntico valor. Nos encontramos con que los pueblos que creen en un fatum destacan por su fortaleza y el poder de su voluntad, y que, en cambio, hombres y mujeres que dejan fluir las cosas tal y como van, ya que «lo que Dios ha hecho bien hecho está», se dejan llevar por las circunstancias de manera ignominiosa. En general, «la entrega a la voluntad de Dios» y la «humildad» no son más que las coberturas del temor de asumir con decisión el propio destino y enfrentarse a él.

Ahora bien, por más que se nos aparezca el fatum en su condición de delimitador último como más potente que la libre voluntad, no debemos olvidar dos cosas: la primera, que fatum es tan sólo un concepto abstracto, una fuerza sin materia, que para el individuo sólo hay un fatum individual, que el fatum no es otra cosa que una concatenación de acontecimientos, que el hombre determina su propio fatum en cuanto que actúa, creando con ello sus propios acontecimientos, y que éstos, tal y como conciernen al hombre, son provocados de manera consciente o inconsciente por él mismo, y a él deben adaptarse. Pero la actividad del hombre no comienza con el nacimiento, sino ya en el embrión y quizá también -quien sabe-, mucho antes en sus padres y sus antepasados. Todos vosotros, que creéis en la inmortalidad del alma, tendréis que creer primero en su preexistencia, si es que no deseáis hacer que algo inmortal surja de lo mortal; también habréis de creer en esa especie de existencia del alma si es que no queréis hacerla flotar por los espacios hasta que encuentre un cuerpo a su medida. Los hindúes dicen que el fatum no es otra cosa que los hechos que hemos llevado a cabo en una condición anterior de nuestro ser.

¿Cómo podrá refutarse el argumento de que no se haya obrado ya con conciencia desde la eternidad? ¿Desde la conciencia aún sin desarrollar del niño? Aún más, ¿no podremos afirmar que nuestra conciencia está siempre en relación con nuestras acciones? También Emerson dice:

«El pensamiento siempre se halla unido
a la cosa que aparece como su expresión»

¿Puede afectarnos una nota musical sin que exista en nosotros algo que le corresponda? O, dicho de otro modo: ¿podremos captar una impresión en nuestro cerebro si éste no posee ya la capacidad de recibirla?

La voluntad libre tampoco es, a su vez, mucho más que una abstracción, y significa la capacidad de actuar conscientemente, mientras que, bajo el concepto de fatum, entendemos el principio que nos dirige al actuar inconscientemente. El actuar en sí y para sí conlleva siempre una actividad del alma, una dirección de la voluntad que nosotros mismos no tenemos por qué tener ante nuestros ojos como un objeto. En el actuar consciente podemos dejarnos llevar tanto más por impresiones que en el actuar inconsciente, pero también tanto menos. Ante una acción favorable suele decirse: «me ha salido por casualidad». Lo cual no necesita en absoluto ser verdadero. La actividad psíquica prosigue su marcha siempre con la misma intensa actividad, aun cuando nosotros no la contemplamos con nuestros ojos espirituales.

Es como si, cerrando los ojos a la luz del sol, opinásemos que el astro ya no sigue brillando. Sin embargo, no cesan ni su luz vivificante ni su calor, que continúan ejerciendo sus efectos sobre nosotros, aunque no los percibamos con el sentido de la vista.

Así pues, si no asumimos el concepto de acción inconsciente como un mero dejarse llevar por impresiones anteriores, desaparece para nosotros la contraposición estricta entre fatum y libre voluntad y ambos conceptos se funden y desaparecen en la idea de individualidad.

Cuanto más se alejan las cosas de lo inorgánico y más se amplía la formación y la cultura, tanto más sobresaliente se hace la individualidad y tanto más ricas y diversas son sus características. ¿Qué son la fuerza interior y la autodeterminación para el actuar y las manifestaciones exteriores -su palanca evolutiva-, sino voluntad libre y fatum?

En la voluntad libre se cifra para el individuo el principio de la singularización, de la separación respecto del todo, de lo ilimitado; el fatum, sin embargo, pone otra vez al hombre en estrecha relación orgánica con la evolución general y le obliga, en cuanto que ésta busca dominarle, a poner en marcha fuerzas reactivas; una voluntad absoluta y libre, carente de fatum, haría del hombre un dios; el principio fatalista, en cambio, un autómata.


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Referencia de Friedrich Nietzsche aquí

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