Hijos de la Noche (14) Hipnos, Somnus, Sopor

Hipnos era el dios o espíritu (daimon) del sueño [entendido como el acto de dormir y no el de soñar]. Él residía en Érebo, la tierra de oscuridad eterna, más allá de las verjas del sol creciente. Él sube al cielo cada noche acompañado a su madre Nyx (Noche).

Hipnos está a menudo acompañado con su hermano gemelo Tánatos (la Muerte Pacífica), y con el resto de los Oneiros (sueños) que eran sus hermanos o hijos. Hipnos es descrito como un joven con las alas en sus hombros o en la cabeza. Sus atributos incluyeron un cuerno de opio adormecedor, un tallo de amapola, una rama que gotea el agua del río Leteo (Olvido), o una antorcha invertida. Su equivalente romano era Somnus o Sopor.

De las peleas de los gemelos de la Noche nos cuenta Víctor Morata Cortado en “Dormir, soñar y morir“:

Cuán diferentes eran entre sí los hijos de la Noche. Quizá si Nix hubiese sabido el carácter de sus engendros habría meditado y aletargado el instante de su creación. Como dos polos opuestos, Hipnos y Tánatos, no tenían más remedio que cogerse de la mano con cierta frecuencia, pues bien es sabido que la muerte y el sueño no son tan dispares al fin y al cabo, por mucho que les delate su intención para con los mortales. No era raro el día en el cual su madre, la Noche, tenía que desenzarzarlos de sus acaloradas discusiones filosóficas acerca de la vida, la muerte y el grado de ignorancia acerca de estos asuntos en el cual debían mantener a los humanos. Bajo un foliado árbol ambos hermanos pasaban el tiempo sumidos en la desidia, uno durmiendo y el otro acariciando animalitos que caían rendidos en otro sueño mucho más letal. No hubo de pasar mucho tiempo para que sus lazos de sangre fuesen cortados por el filo de la eterna disputa que entre ambos permanecía en estado latente.

Hipnos decidió construir un palacio en lo más profundo de una cueva en el lejano oeste donde el Sol jamás llegaba e inundaba los parajes con su luz. El ornato de su hogar era simple, pues su única ocupación consistía en dormir y disfrutar por siempre de la paz, la tranquilidad y el silencio que aquel lugar le regalaba. Solamente el río Leteo verberaba con un tintineo suave, relajante y apaciguador de sus más oscuras preocupaciones, siempre concernientes a su hermano Tánatos. Evocaba entonces, empeñado en la tarea de conciliar el sueño, el murmullo de las lánguidas aguas del río del olvido mientras el aroma de las amapolas y las plantas narcóticas que brotaban en su orilla le colmaban de un estado placentero. Esta era la vida que Hipnos había elegido, lejos de la muerte… amargamente lejos de la noche… y a un tiempo tan cerca.

Tánatos, por su parte, no era muy amigo del descanso y solamente se le veía recostado cuando tenía que coger la mano del moribundo y llevarlo al otro lado. Disfrutaba tremendamente ese momento en el cual arrebataba con un solo gesto la vida de aquellos afanados mortales. Muchas veces constituía un gran prodigio agarrar la esencia de aquel que no moría de anciano, se consideraba un gran amante de su don y un experto consabido de sus artes. Así, aunque el placer de visitar el lecho de muerte y arrastrar al señalado era inigualable, no disfrutaba menos cuando se lanzaba al vacío para acometer al suicida justo en el momento de su impacto contra el suelo. Una vida loca, si se podía llamar así, era la que ostentaba el dios de la Muerte. Muchas fueron las veces que Tánatos se vio tentado de visitar a su hermano y prolongar su sueño hacia un no despertar eterno y letal, pero la venenosa idea de infiltrarse en los aposentos de su palacio y, más concretamente, en aquel lecho de ébano y plumas le repugnaba. Solamente las cortinas negras, pensaba Tánatos, le otorgaban un cierto toque de distinción, de tenebrosidad y languidez. Más propio de su talante que del de Hipnos.

Pronto esta tentación enraizó y empezó a crecer con fuerza, como si de un fuerte roble se tratase, al descubrir que una nueva generación había brotado de su somnoliento hermano, creando una curiosa descendencia. Tres fueron los hijos que Hipnos trajo al mundo en calidad de dioses, Iquelo, Fantaso y Morfeo. A todos ellos quiso reclutar Tánatos con gran afán, pues siendo parte de la familia le resultaba interesante tener un sobrino como discípulo. Un gran abanico de posibilidades se abría ante él, quizá pensando más en Fantaso o en Morfeo, pues ambos tenían ese toque necesario para dar un punto más artístico y creativo a su mortal dedicación. En vano intentó acercarse a ellos y pactar un acuerdo que beneficiase a ambas partes, pero los hermanos no dudaron en rechazar cualquier propuesta que de Tánatos proviniera.

Éste entonces montó en cólera y enfurecido bramó que aquella ofensa solamente quedaría saldada derramando la sangre de Hipnos. Asustados por lo poco salubre de aquella amenaza, Morfeo decidió entonces cuidar del letargo de su padre, procurándole la vigía que él mismo era imposible de confiarse. Fue desde entonces que, a pesar de que Hipnos, como dios del Sueño, era capaz de dominar tanto a dioses como a mortales, Morfeo se ocupó de las ensoñaciones que la actividad de dormir favorecían, gobernando las historias que pasan por cada una de las mentes de todo el mundo en los momentos del sueño.

Rara vez despista Morfeo su cuidado, si bien es cierto que, en ocasiones, nubla el recuerdo del durmiente que al despertar profiere una profunda sensación de desconcierto, ignorante de saber si acaso ha soñado. Otras veces, juguetón, fusiona con tanta fuerza ambos mundos, el onírico y el real, que hace dudar de aquello que conforma la propia existencia del soñador. Otras, intenta prevenir de ciertos acontecimientos a los más eruditos y les ofrece geniales ideas que por sí solas nunca podrían ver la luz. Pero sin duda, la mayoría de las veces, aún de forma leve, procura alertar de la presencia de su tío a los mortales y, adivinando sus pasos, les procura un poco más de tiempo antes de que Tánatos venga a llevarles consigo para siempre.

Homero en su Iliada (Siglo VIII a.C.): nos cuenta como Hera ofreció la joven Pasifea a Hipnos  a cambio de su ayuda :

Hera, la de áureo trono, miró con sus ojos desde la cima del Olimpo, conoció a su hermano y cuñado, que se movía en la batalla donde se hacen ilustres los hombres, y se regocijó en el alma; pero vio a Zeus sentado en la más alta cumbre del Ida, abundante en manantiales, y se le hizo odioso en su corazón. Entonces Hera venerada, la de ojos de novilla, pensaba cómo podría engañar a Zeus, que lleva la égida. Al fin le pareció que la mejor resolución sería ataviarse bien y encaminarse al Ida, por si Zeus, abrasándose en amor, quería dormir a su lado y ella lograba derramar dulce y placentero sueño sobre los párpados y el prudente espíritu del dios. Sin perder un instante, fue a la habitación labrada por su hijo Hefesto, la cual tenía una sólida puerta con cerradura oculta que ninguna otra deidad sabía abrir, entró y habiendo entornado la puerta, se lavó con ambrosía el cuerpo encantador y lo untó con un aceite craso, divino, suave y tan oloroso que, al moverlo en el palacio de Zeus, erigido sobre bronce, su fragancia se difundió por el cielo y la tierra. Ungido el hermoso cutis, se compuso el cabello y con sus propias manos formó los rizos lustrosos, bellos, divinos, que colgaban de la cabeza inmortal. Se echó en seguida el manto divino, adornado con muchas bordaduras, que Atenea le había labrado, y lo sujetó al pecho con broche de oro. Se puso luego un ceñidor que tenía cien borlones, y colgó de las perforadas orejas unos pendientes de tres piedras preciosas grandes como ojos, espléndidas, de gracioso brillo.

Después, la divina entre las diosas se cubrió con un velo hermoso, nuevo, tan blanco como el sol, y calzó sus nítidos pies con bellas sandalias. Y cuando hubo ataviado su cuerpo con todos los adornos, salió de la estancia, y, llamando a Afrodita aparte de los dioses, y le habló en estos términos: —¿Querrás complacerme, hija querida, en lo que yo te diga, o te negarás, irritada en tu ánimo, porque yo protejo a los dánaos y tú a los troyanos?

Respondió Afrodita, hija de Zeus: —¡Hera, venerable diosa, hija del gran Cronos! Di qué quieres; mi corazón me impulsa a efectuarlo, si puedo hacerlo y ello es factible.

Le contestó dolosamente la venerable Hera: —Dame el amor y el deseo con los cuales rindes a todos los inmortales y a los mortales hombres. Voy a los confines de la fértil tierra para ver a Océano, padre de los dioses, y a la madre Tetis, los cuales me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en su palacio, cuando el gran vidente Zeus puso a Cronos debajo de la tierra y del mar estéril. Iré a visitarlos para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera anidó en sus corazones. Si apaciguara con mis palabras su ánimo y lograra que reanudasen el amoroso consorcio, me llamarían siempre querida y venerable.

Respondió de nuevo la risueña Afrodita: —No es posible ni sería conveniente negarte lo que pides, pues duermes en los brazos del poderoso Zeus—. Dijo; y desató del pecho el cinto bordado, de variada labor, que encerraba todos los encantos; hallase allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a los más prudentes. Lo puso en las manos de Hera, y pronunció estas palabras: —Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que tu corazón desea—. Así dijo.

Se sonrió Hera venerada, la de ojos de novilla; y sonriente aún, escondió el ceñidor en el seno. Afrodita, hija de Zeus, volvió a su morada y Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y, pasando por la Pieria y la deleitosa Ematia, salvó las altas y nevadas cumbres de las montañas donde viven los jinetes tracios, sin que sus pies tocaran la tierra descendió por el Atos al fluctuoso Ponto y llegó a Lemnos, ciudad del divino Tonante.

Allí se encontró con el Hipnos, hermano de Tánatos, y, asiéndole de la diestra, le dijo estas palabras: —¡Hipnos, rey de todos los dioses y de todos los hombres! Si en otra ocasión escuchaste mi voz, obedéceme también ahora, y mi gratitud será perenne. Adormece los brillantes ojos de Zeus debajo de sus párpados, tan pronto como, vencido por el amor, se acueste conmigo. Te daré como premio un trono hermoso, incorruptible, de oro; y mi hijo Hefesto, el cojo de ambos pies, te hará un escabel que te sirva para apoyar las nítidas plantas, cuando asistas a los festines.

Respondió el dulce Hipnos: —¡Hera, venerable diosa, hija del gran Cronos! Fácilmente adormecería a cualquier otro de los sempiternos dioses y aun a las corrientes del río Océano, del cual son oriundos todos, pero no me acercaré ni adormeceré a Zeus Cronión, si él no lo manda. Me hizo cuerdo tu mandato el día en que el muy animoso hijo de Zeus se embarcó en Ilio, después de destruir la ciudad troyana. Entonces sumí en grato sopor la mente de Zeus, que lleva la égida, difundiéndome suave en torno suyo; y tú, que intentabas causar daño a Heracles, conseguiste que los vientos impetuosos soplaran sobre el Ponto y lo llevaran a la populosa Cos, lejos de sus amigos. Zeus despertó y encendió en ira; maltrataba a los dioses en el palacio, me buscaba a mí, y me hubiera hecho desaparecer, arrojándome del Éter al Ponto, si la Nix, que rinde a los dioses y a los hombres, no me hubiese salvado; llegué a ella huyendo, y aquél se contuvo, aunque irritado, porque temió hacer algo que a la rápida Nix desagradara. Y ahora me mandas realizar otra cosa peligrosísima.

Le respondió Hera venerada, la de ojos de novilla: —Oh Hipnos, ¿por qué en la mente revuelves tales cosas? ¿Crees que el gran vidente Zeus favorecerá tanto a los troyanos, como en la época en que se irritó protegía a su hijo Heracles? Vamos, ve y prometo darte, para que te cases con ella y lleve el nombre de esposa tuya a la más joven de las Gracias, Pasitea, de la cual estás deseoso todos los días. Así habló.

Se alegró Hipnos, y respondió diciendo: —Bien, jura por el agua inviolable de la Estigia, tocando con una mano la fértil tierra y con la otra el brillante mar, para que sean testigos los dioses de debajo de la tierra que están con Cronos, que me darás la más joven de las Gracias, Pasifea, de la cual estoy deseoso todos los días.

Así dijo. No desobedeció Hera, la diosa de los níveos brazos, y juró, como se le pedía, nombrando a todos los dioses subterraneos, llamados Titanes. Prestado el juramento, partieron ocultos en una nube, dejaron atrás a Lemnos y la ciudad de Imbros, y siguiendo con rapidez el camino llegaron a Lecto, en el Ida, abundante en manantiales y criador de fieras; allí pasaron del mar a tierra firme, y anduvieron haciendo estremecer debajo de sus pies la cima de los árboles de la selva. Se detuvo Hipnos antes que los ojos de Zeus pudieran verlo, y, encaramándose en un abeto altísimo que había nacido en el Ida y por el aire llegaba al éter, se ocultó entre las ramas como la montaraz ave canora llamada por los dioses calcis y por los hombres cymindis. Hera subió ligera al Gárgaro, la cumbre más alta del Ida.

Zeus, que amontona las nubes, la vio venir; y apenas la distinguió, enseñoreándose de su prudente espíritu el mismo deseo que, cuando gozaron las primicias del amor, acostándose a escondidas de sus padres. Y así que la tuvo delante, le habló diciendo: —¡Hera! ¿Adónde vas, que tan presurosa vienes del Olimpo, sin los caballos y el carro que podrían conducirte?

Respondiéndole dolosamente la venerable Hera: —Voy a los confines de la fértil tierra, a ver a Océano, origen de los dioses, y a la madre Tetis, que me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en su palacio. Iré a visitarlos para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera invadió sus corazones. Tengo al pie del Ida, abundante en manantiales, los corceles que me llevarán por tierra y por mar, y vengo del Olimpo a participártelo; no fuera que lo irritaras si me encaminase, sin decírtelo, al palacio del Océano, de profunda corriente.

Contestó Zeus, que amontona las nubes: —¡Hera! Allá se puede ir más tarde. Ea, acostémonos y gocemos del amor. Jamás la pasión por una diosa o por una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló como ahora: nunca he amado así, ni a la esposa de Ixión, que parió a Pintoo consejero igual a los dioses; ni a Dánae Acrisiona, la de bellos talones, que dio a luz a Perseo, el más ilustre de los hombres; ni a la celebrada hija de Fénix, que fue madre de Minos y de Radamantis igual a un dios; ni a Sémele, ni a Alcmena en Teba, de la que tuve a Heracles, de ánimo valeroso, y de Sémele a Dioniso, alegría de los mortales; ni a Deméter, la soberana de hermosas trenzas; ni a la gloriosa Leto; ni a ti misma: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de mí se apodera.

Replicó dolosamente la venerable Hera: —¡Terrible Cronida! ¡Qué palabras proferiste! ¡Quieres acostarte y gozar del amor en las cumbres del Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurriría si alguno de los sempiternos dioses nos viese dormidos y lo manifestara a todas las deidades? Yo no volvería a tu palacio al levantarme del lecho; vergonzoso fuera. Mas, si lo deseas y a tu corazón le es grato, tienes la cámara que tu hijo Hefesto labró, cerrando la puerta con sólidas tablas que encajan en el marco. Vamos a acostarnos allí, ya que el lecho apeteces.

Respondió Zeus, que amontona las nubes: —¡Hera! No temas que nos vea ningún dios ni hombre: te cubriré con una nube dorada que ni el Sol, con su luz, que es la más penetrante de todas, podría atravesar para mirarnos—. Dijo, y el hijo de Cronos estrechó en sus brazos a la esposa. La divina tierra produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos del suelo.

Se acostaron allí y cubrieron con una hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas de rocío. Tan tranquilamente dormía el padre sobre el alto Gárgaro, vencido por el sueño y el amor y abrazado con su esposa.

El dulce Hipnos corrió hacia las naves aqueas para llevar la noticia al que ciñe y bate la tierra; y, deteniéndose cerca de él, pronunció estas aladas palabras: —¡Poseidón! Socorre pronto a los dánaos y dales gloria, aunque sea breve, mientras duerme Zeus, a quien he sumido en dulce letargo, después que Hera, engañándole, logró que se acostara para gozar del amor.

Quintus Smyrnaeus (siglo IV d.C.) Nos cuenta lo que ocurrió luego:

Del Océanos entonces subió Eos (el Alba), dorada guía, mientras un fluctuante y suave viento llevó a Hipnos al cielo, y allí encontró a Hera … Ella lo abrazó y lo besó, quién había sido su deudora desde que en su encuentro en el monte de Ida; él había calmado al Cronión [Zeus] al dormirlo … Sin tardar Hera pasó a la mansión de Zeus, e Hipnos rápidamente voló a la cama de Pasifea. Del letargo todas las naciones de la tierra se despertaron.

Nonnu (siglo V a VI a.C.) nos da la opinión de Afrodita al saber el arreglo:

[Afrodita dando ordenes a su sierva Pasifea dice]: —Estimada muchacha, ¿qué problema ha cambiado su mirada? … ¡Ah, yo sé por qué sus mejillas están pálidas!, el oscuro Hipnos, el vagabundo la corteja como un novio corteja a una sirvienta! ¡Yo no la forzare si usted es contra su voluntad; yo no uniré al negro Hipnos a la blanca Pasifea!

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