Hijos de la Noche (3) Eros, el deseo sexual

Eros era un Protogenos (Deidad primordial) de procreación que se formó a si mismo al principio de los tiempos. Él era la fuerza detrás de la generación de nueva vida en el cosmos temprano. No hay que confundirlo con el dios travieso armado con arco y flechas, que era un hijo de la diosa Afrodita y conocido entre los romanos como Cupido.

Los padres de este Eros primordial incluyen, a ninguno (auto-creado), nacido de Caos (aire inferior), y finalmente se le hace el primer hijo de Érebo y Nix.

En el sentido en que normalmente se concibe, Eros es una criatura de los poetas griegos más tardíos; y para entenderlo debemos distinguir a tres Eros: el Eros de las cosmogonias antiguas, el Eros de los filósofos y misterios que tiene gran parecido al primero y el Eros que asociamos con el famoso Cupido romano.

Homero no menciona a Eros, y en su Iliada (siglo VIII a.C) cuando dice que el origen de todas las cosas se encuentra en el Océano:

[Zeus al ver a Hera le pregunta] —¡Hera! ¿A dónde vas, que tan presurosa vienes del Olimpo, sin los caballos y el carro que podrían conducirte?.

Respondió dolosamente la venerable Hera: — Voy a los confines de la fértil tierra, a ver a Océano, padre de los dioses, y a la madre Tetis, que me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en su palacio. Iré a visitarlos para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera anidó en sus corazones. Tengo al pie del Ida los corceles que me llevarán por tierra y por mar, y vengo del Olimpo a participártelo; no fuera que te enfadaras si me encaminase, sin decírtelo, al palacio del Océano, de profunda corriente.

En este primer mito, el más antiguo, no aparece Eros, y se pone como padre de todas las cosas a la pareja Oceano y Tetis, padres de todos los ríos y fuentes. Hay que recordar que al único Titan que Zeus no molestó tras su triunfo fue el Océano. Es lógico suponer el gran poder de este ser, que envuelve toda la tierra, por lo cual Zeus no se atrevió a molestarlo.

Un poco posterior, Hesiodo es el autor más antiguo que menciona a Eros, lo describe como el Eros cosmogónico; señala el autor en su Teogonía (siglo VIII a.C.):

En primer lugar existió el Caos. Después Gea [tierra] la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. En el fondo de Gea de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro [infierno]. Por último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos. Del Caos surgieron Érebo [tinieblas] y la negra Nix [noche]. De Nix a su vez nacieron el Éter [luz] y Hemera [día], a los que alumbró preñada del contacto amoroso con Érebo. Gea alumbró primero al estrellado Urano [cielo] con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses. También dio a luz a los grandes Ourea [montañas], deliciosa morada de diosas, las ninfas que habitan en los boscosos montes. Asimismo dio a luz al mar imposible de secar, de impetuosa corriente, a Ponto, sin deseado matrimonio. Pero luego unida en amor a Urano parió a Océano de profundos remolinos, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis y a Mnemósine, a Febe de áurea corona y a la encantadora Tetis, y tras ellos de último nació Cronos de tortuosa intención, el más terrible de sus hijos y en él floreció el odio contra su padre. Dio a luz además a los Cíclopes de soberbio espíritu, a Brontes, a Estéropes y al violento Arges, que regalaron a Zeus el trueno y le fabricaron el rayo. Éstos en lo demás eran semejantes a los dioses, pero en medio de su frente había un solo ojo. Cíclopes era su nombre por sinónimo, ya que efectivamente, un solo ojo completamente redondo se hallaba en su frente. El vigor, la fuerza y los recursos presidían sus actos. También de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe pronunciarse: Coto, Briareo y Giges, monstruosos engendros. Cien brazos informes salían agitadamente de sus hombros y a cada uno le nacían cincuenta cabezas de los hombros, sobre robustos miembros. Una fuerza terriblemente poderosa se albergaba en su enorme cuerpo.

Según lo anterior, Eros era una de las causas fundamentales en la formación del mundo, ya que su poder unió a los protógenos y trajo orden y armonía entre los elementos contradictorios que coexistieron en el caos.

Otras cosmogonias intervienen y cambian el orden de las cosas; en las cosmogonias Orficas (atribuidas a Orfeo), primero fue la Nix noche y Érebo; cuales aves negras ponen un huevo cósmico sobre el Tartaro (hoyo infernal que hace las veces de nido), huevo del cual surgirán el resto de las cosas al ser “fecundado” o roto por Eros (el primer nacido); la parte superior del huevo formará la bóveda celeste (cielo: Urano), la inferior la tierra (Gea) y el mar (Ponto / Oceano), entre ambos el vacío (Caos), visto así, la versión de Hesiodo se inicia en este punto, cuando está el vacío que quedó al romperse el huevo. En esta tradición se explica por qué Zeus no puede pelear contra Nix, cuando Hipnos (sueño) se oculta con su madre (la noche), el poderoso Zeus no tiene el poder para atreverse a enfrentar a la poderosa noche (generadora de todas las cosas : huevo cósmico). En esta tradición Aristófanes en su comedia Pájaros (siglos V a. C a IV a.C) narra que las aves son hijas de este Eros protogenos y del Caos:

En el principio sólo existían el Caos y la Noche [Nix], el negro Érebo y el profundo Tártaro; la tierra [Gea], el Aire [Eter] y el Cielo [Urano] no habían nacido todavía; al fin, la Noche de negras alas puso en el seno infinito del Erebo un huevo sin germen, del cual, tras el proceso de largos siglos, nació el apetecido Amor [Eros] con alas de oro resplandeciente, y rápido como el torbellino. El Amor uniéndose, en los abismos del Tártaro tenebroso, al Caos alado, engendró nuestra raza, la primera que nació a la luz. La de los inmortales no existía antes de que el Eros mezclase los gérmenes de todas las cosas; pero, al confundirlos, brotaron de tan sublime unión el Cielo, Tierra, Océano y la raza eterna de las deidades bienaventuradas.

He aquí cómo nosotros somos muchísimo más antiguos que los dioses. Nosotros somos hijos del amor; mil pruebas lo confirman; volamos como él y favorecemos a los amantes. ¡Cuántos lindos muchachos habiendo jurado ser insensibles, se rindieron a sus amantes al declinar su edad florida, vencidos por el regalo de una codorniz, de un porfirión, de un ánade o de un gallo¡ Nos deben los mortales sus mayores bienes. En primer lugar, anunciamos las estaciones; la primavera, el invierno y el otoño; la grulla, al emigrar a Libia, advierte al labrador que siembre; al piloto, que cuelgue el timón y se entregue al descanso; a Orestes, que se mande tejer un manto para que el frío no le incite a robárselo a los transeúntes. El milano anuncia, al aparecer, otra estación y el momento oportuno de trasquilar los primaverales vellones; y la golondrina dice que ya es preciso abandonar el manto y vestirse una túnica ligera.

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