Los hombres pulpo (5) Tentáculos de amor y muerte

 

La imagen del pulpo en el arte es muy antigua; jarras y vasijas cretences y griegas muestran bellas imágenes estilizadas de pulpos y otras criaturas marinas. Otro pueblo marino, pero al otro lado del mundo y unos dos mil quinientos años después, en Japón, también incluirán en su arte imágenes de pulpos; pero aquí con una diferencia. Al primer artista que es mencionado regularmente como el “padre” de la tendencia japonesa por los pulpos y otras criaturas viscosas es a Katsushika Hokusai; un pintor y grabador japones, cuya obra más famosa es “la gran ola de kanagawa“, que formaba parte de un conjunto de grabados titulados “36 vistas del monte Fuji“.

Pero por muy bellos que sean sus grabados del volcán icono de Japón, interesa aquí citar una obra menos conocida y cuyas implicaciones en el arte erótico japonés y mundial hoy están más presentes que nunca. La obra se titula «El sueño de la mujer del Pescador» es una obra explícita y contundente, para algunos muy sensual y para otros terrorífica, lo que sin duda explica su impacto en el imaginario de los espectadores y de todos los grabados eróticos japoneses de la época Edo, es uno de los más fascinantes es aquel que muestra a un pulpo gigante practicándole sexo oral a una chica, mientras otro pulpo más pequeño, la besa en la boca.

La imagen se inspira en un relatos más antiguos; la leyenda de Princesa Tamatori; o la Leyenda de Kamatari y la Buceadora (Taishokan/Ama) y que se remonta a la época de Asuka y Nara y al entorno de Nakatomi no Kamatari (614-669), fundador del poderoso clan Fujiwara. Según la leyenda, Kamatari tenía dos hijas. La mayor, al casarse con el emperador Shomu, se convirtió en la emperatriz Komyo. La hija menor, Kohaku, era elegante y gentil, y tan bella que su fama cruzó los mares y el emperador chino Taizong quedó tan prendado de ella que envió a dos emisarios con el encargo de pedir su mano. Convertida en emperatriz de la gran China de los Tang, ella mandó a construir el templo Kofukuji en Nara, y pidió que se donara un tesoro al templo, que incluía una perla de valor incalculable.

Para el traslado del tesoro se dispuso una comitiva de tres mil soldados; pero la noticia se difundió incluso antes de que partiera, y llegó hasta el fondo del mar. Cuando el rey Dragón del Mar tuvo noticia ordenó un ataque a la comitiva china a fin de hacerse con la joya y llevarla a su palacio. Y eso fue lo que sucedió.

Cuando la noticia llegó a la capital japonesa y se pudo informar a Kamatari de lo que había sucedido, éste decidió partir para intentar recuperar el tesoro, ahora en manos del rey Dragón. En el sitio le presentaron a una joven y diestra buceadora. Con la intención de recuperar la piedra preciosa, Kamatari urdió una novedosa estrategia; se disfrazó de plebeyo y se casó con la joven submarinista con la que tuvo un hijo. Al cabo de tres años, Kamakari le confesó a su esposa su verdadera identidad para llevar a cabo el plan que había tramado. Kamakari había previsto que su esposa, al saber que su hijo se convertiría en el heredero y, por tanto, en miembro de la corte del clan Fujiwara, accedería a recuperar la joya.

Para obligar al rey Dragón a abandonar su palacio y así poder entrar en él, la flota de Kamatari organizó un concierto con los mejores músicos y bailarines de la capital. El rey Dragón y todo su séquito, atraídos por la música, abandonaron el palacio y subieron a la superficie, donde quedaron fascinados con el espectáculo. Mientras tanto, la esposa de Kamatari, con una cuerda atada a la cintura, se sumergió en las aguas y nadó y buceó hasta llegar al fondo del mar. Ya dentro del palacio submarino, se dirigió a la sala del tesoro, y una vez hubo recuperado la joya, haló de la cuerda para que la ayudaran a regresar a la superficie. Nadó con todas sus fuerzas, pero cuando ya estaba a punto de alcanzar el barco que estaba esperándola, uno de los guardias descubrió el robo y salió en su búsqueda. Para poder escapar, la buceadora tenía que poder utilizar las dos manos; en un acto de heroísmo, en vez de defenderse con su daga, la mujer se abrió el pecho y en él metió la joya, mientras agarraba la cuerda que la subía a la superficie. Antes de llegar, a pocos metros de la barca de Kamatari, fue muerta por uno de los dragones marinos. Cuando recuperaron su cadáver descubrieron la joya escondida en su pecho: la mujer había sacrificado su vida por el bien de su hijo. Desde entonces, la gema relució en el pabellón dorado de Kofukuji, entre ceja y ceja de la estatua de Buda. El hijo, al cabo de unos años, se convirtió en ministro de Fusazaki y cabeza del clan Fujiwara.

A lo largo de los años, la popularidad de la leyenda de Taishokan fue en aumento, gracias a adaptaciones, versiones de relatos orales, a las danzas y al teatro el episodio de la recuperación de la joya y la huida de la buceadora llegó a ser tan popular, que la leyenda fue transformándose con el tiempo. Se pasó de un dragón marino a uno acompañado por muchas criaturas del mar, entre ellas pulpos gigantes, hasta que finalmente la lucha es contra un gran pulpo.

La leyenda de Taishokan, que originalmente era un relato religioso con una gran carga moralizadora, orientada a la virtud y el sacrificio, permitía una confrontación entre el mundo sacro y sagrado y el mundo vulgar y profano, evolucionaba a una nueva visión en la que la persecución del rey Dragón era reemplazada por la de un pulpo libidinoso, para explicar esto hay que aclarar que palabras tako («pulpo» en japonés) y awabi (las exquisitas y preciadas «ostras» que recogían las buceadoras) eran utilizadas, desde épocas más remotas, como sinónimos de la vagina y interpretadas como símbolos sexuales. Era simplemente unir las pistas para dar el mensaje.

Mientras Japón se burla de sus leyendas, en Europa los animales del fondo marino fueron siempre seres terribles; el más famoso es el pulpo gigante que ataca el submarino del Capitán Nemo; y es la imagen del pulpo, un animal sin garras, ni huesos; sin masa muscular, ni grito amenazador, ni coraza, ni cuerno, ni dardo, ni tenazas, ni espinas, ni espada, ni descarga eléctrica, ni veneno, ni garras, ni dientes; y sin embargo el pulpo es el más formidablemente armado de todos los animales; tiene ventosas.

Y es esta imagen diabolica la que se traslada a Europa; así la obra “El pulpo”, del artista belga Félicien Rops puede ser considerada una reinterpretación diabólica del grabado de Hokusai. Rops opera con las imágenes aterradoras del pulpo una síntesis de voluptuosidad, lujuria y satanismo.

Otro artista belga, Fernand Khnopff realizó en 1888 un dibujo tituladpo “Istar”; en ella un monstruo desplegaba las tentaciones y angustias de una mujer con los ojos cerrados por el placer que es poseída sexualmente por un ser híbrido de aspecto diabólico, una medusa anciana con tentáculos de pulpo en lugar de cabellos, de una sensualidad agresiva y cadavérica.

En la Francia de aquellos últimos años del siglo XIX, el pulpo paso a representar a un ser tan erótico como maléfico, y se presentaba, así, mediante una existencia simbólica dual que entroncaba fácilmente con los movimientos estéticos literarios y artísticos.

En consonancia con la vocación decorativa del Art Nouveau aparecieron nuevas imágenes también en el campo de la escultura y las artes decorativas, el pulpo se convirtió en un ser básicamente erótico, un símbolo de la femme fatale, la mujer que abre sus brazos para abrazar, atrapar e inmovilizar al hombre hasta asfixiarlo.

En Japón la imagen de chicas y chicos violados por tamaño monstruo, así como otros seres viscosos, insectos gigantes, medusas y amebas amorfas pasaron a formar parte de la imagen del hentai y yaoi (arte manga/comic japones erótico) y occidente no se quedo atrás con obras fantásticas como las de Dorian Cleavenger, sólo por citar alguno.

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