Huyá (Huya), el planeta de las vidas pasadas

Huyá (38628 Huya / 2000 EB173) fue descubierto por Ignacio Ferrin el 10 de marzo de 2000 con un telescopio del Observatorio de Venezuela, y recibió su nombre de un dios de la lluvia, de la etnia Venezolana Wayúu —Pueblo indígena de la Guajira— en agosto de 2003. Fue considerado el mayor y más brillante objeto transneptuniano conocido hasta esa fecha, con un diámetro estimado de 500 km, un cuarto del tamaño de Plutón. Su perihelio de 28,5 UA apunta a Escorpio, tiene un afelio de 50 UA y un periodo de traslación de 246 años, que lo ubica como un plutino. Huyá parece tener un color rojo oscuro, a semejanza de otros cuerpos del cinturón de Kuiper. Las órbitas de Plutón y Huyá son prácticamente iguales, salvo por el hecho que giran en planos distintos, el nodo ascendente de Huyá se ubica a 19° virgo, mientras que el Plutón a 20° Cáncer; y en la actualidad ambos cuerpos se encuentran separados unos 120° aproximadamente.

Breve cosmogonía Wayúu

Los Wayúu son gente de arena, sol y viento y han resistido durante siglos en la árida península de la Guajira (entre Colombia y Venezuela).

Según los mitos una primera generación estaba constituida por los “dioses”, todos fenómenos portentosos y auto suficientes, eran ellos: Maleiwa, el primero y creador de las cosas, habitaba en el cielo azul, era el firmamento —aquí equivale a Urano—; sus hermanos fueron Kaí, el dios Sol, que para muchos es la hoguera de Maleiwa que calienta al mundo y que ha existido siempre y Kashi, un dios de la Luna, que era la lampara de Maleiwa. Inicialmente trabajaron juntos pero finalmente Kaí trabajó de día y descanso en la noche, cuando trabajaban Maleiwa y Kashi. Kaí tenía una hija llamada Warattui (Claridad = Aurora) y Kashi otra hija llamada Pluushi (oscuridad = crepusculo); hijas de esta última son las estrellas.

Debajo de Maleiwa se encontraban: Mma, la Tierra y Palaa/Palachi, la mar, Mannuuya, dios de la niebla y el rocío; Weinshi, dios del tiempo, es sinónimo de eterno y uno de los tantos amante de Pulowi; finalmente Maitos o Jimatuui, diosa de la calma (sin viento); y debajo de ellos finalmente un inframundo, un mundo de cavernas y aguas estancadas poblado por seres conocidos como Akalakui, que tienen la estatura de niños pequeños, van en grupos numerosos y atacan a los hombres de muchas maneras (demonios/duendes).

Palaa/Palachi y Maleiwa serían los padres de Huyá (se lee y escribe también como Juyá) y sus hermanos, y estos llenarían el espacio entre el cielo —Maleiwa— y la tierra —Mma—; estos nuevos dioses reinaban sobre la lluvia y los vientos. El dios principal de las tormentas es Huyá, la lluvia poderosa, también llamado Wawai, el huracan; lo acompañan sus hermanos: Simirriuu, la fuerte tormenta; Iruwalaa, la lluvia copiosa; Iiwa, la lluvia incipiente, Jonoi/Joutai, la lluvia devastadora; Ommala, la lluvia fuerte y Atchaperraa, la lluvia terminante; para muchos solo son manifestaciones/nombres del mismo dios. Otros dioses del viento son: Japichikua, dios de las brisas, que desposo Iiwa, diosa de la primavera y hermana de Huyá; y Pulowi, diosa de la sequía y el viento seco, esposa de Huyá. Pulowi y Japichikua serán hijos de Mma y Maleiwa; vinculados, la primera a la tierra desértica y a la costa caribeña; y el segundo a las montañas; vientos que van hacia el mar sin humedad y que arrastran arena y polvo.

Según el mito un día Huyá empezó a caminar y conoció a Mma y se enamoró de ella; de su unión brotaban del vientre de Mma todas las plantas, que forman la segunda generación. Huyá es sinónimo por excelencia de masculinidad; se muestra ante los Wayúu de diversos modos, pero su presencia se asocia generalmente a la lluvia y a los relámpagos. Huyá representa la movilidad, recorre el mundo en forma de lluvia, representa la vida, es maestro de los cazadores, y se le asocia al frío. Cuando llegan las primeras lluvias, la tierra es fertilizada, renace toda planta muerta y se desarrolla todo lo que ya vive; un poco la imagen de Urano que fertiliza a Gaya/Gea en el mito griego. Las plantas que surgieron de la unión de Huyá y Mma tenían muchas formas y tamaños, pero todas eran quietas y no se movían. Mma se puso muy triste porque ella quería hijos que caminaran y se movieran, y fueran de un lugar a otro.

Maleiwa viendo la tristeza de Mma, creó a los animales, la tercera generación, pero estas criaturas se depredaban entre sí. Entonces, el demiurgo Maleiwa, en un momento de ira, decide perfeccionar su creación y en una cuarta generación crea a los hombres; seres conscientes y con el don de la palabra; y les da las leyes que los rigen; entre ellas asigna cada animal a una familia o clan —tótem—. Pero a media de que los hombres se dispersaron por la tierra, Maleiwa se dio cuenta que no dejó un lugar para que reinara su hija Pulowi, entonces hizo brotar del mar a la Península de La Guajira; y en ella se asentaron luego los Wayúu.

Huyá era como todo gran dios, un dios de muchas mujeres; entre ellas estaba Siichi; una joven mortal a la que Huyá embarazó con solo tocarla; de esta unión nacieron dos gemelos —un mito muy común en las culturas prehispánicas—; los chicos llamados Mayui y Ulapule crecieron y entre sus muchas aventuras vencieron a un demonio femenino que habitaba entre las lagunas.

Wolunka, era una hija de Huyá con Pulowi, y era conocida como ‘la mujer de la vagina dentada’. Wolunka disfrutaba de bañarse en las lagunas; se desnudaba y coqueteaba a los hombres y los invitaba a bañarse con ella; luego se zambullía en la laguna y salía, y cada vez que los hacía, los dientes de la vagina, hacían ‘Kuruchi… Kuruchi…’.

Los mellizos al observarla se enamoraron de la sirena, pero el problema era no ser devorados por aquella boca inferior; finalmente ellos hicieron varias flechas y un día uno de ellos se colocó de frente con las flechas en la mano, mientras el otro nadaba y jugaba con la sirena en el agua, manteniéndola a raya con otro arco y flechas. Los dientes le sonaban al hacer contacto con el agua; y mientras el segundo distraía a la sirena, el primero vio su oportunidad y disparo su flecha rompiendo los dientes mortales. Tras ello se acostaron con la sirena y de esta unión nació una nueva generación de humanos, los Wayúu, que se asentaron en la Guajira.

Pulowi fue la esposa oficial de Huyá, a la cual abandona por su esterilidad. Pulowi era hija de Maleiwa y su padre le dio como reino la Guajira; así Pulowi queda atada a una tierra seca, por un lado fija y por el otro con su soplo (viento) que lleva solo polvo y calor o que hace que las olas que golpean con furia las costas Guajira con furia, así vinculada a la tierra y al mar, no es móvil, sino múltiple en aspectos.

Pulowi está asociada a la sequía; la sequía aquí emana de la tierra. En los lugares donde se encuentra Pulowi hay siempre mucho viento y este viento es responsable de la deshidratación del suelo. Como la Guajira es una tierra estéril, su vegetación es espinosa y fauna hostil. Pulowi esta vinculada también al arcoiris y al final de las lluvias. Según los mitos, el arcoiris es la lengua o aliento de un gran dragón/serpiente, o el dragón mismo; una de las muchas formas de la diosa, que aparta a su marido finalmente de su lecho.

Los Wayúu le han dado un sentido a la vida y muerte, y en este dualismo dominan el pensamiento Pulowi y HuyáHuyá es el amo de las aguas del cielo, simboliza la vida que renace, la fecundidad; vinculado a los cultivos y la cría de ganado, hace germinar las semillas y reverdecer el pasto. Es lo masculino, único, móvil como las lluvias torrenciales que todos los años inundan las tierras indígenas, como hombre polígamo que visita a sus esposas diseminadas por un ancho territorio. Es también el amo de la caza. Su arma infalible es el relámpago.

Por su parte Pulowi es soberana de las profundidades donde dominan los animales salvajes y las plantas silvestres, como una Artemisa, señora de las bestias salvajes, Pulowi se asocia a la muerte, la sequía y la oscuridad, también lleva en silencio sus propias penas. Los sitios donde Pulowi habita están en los huecos de la tierra y las cuevas; y estas son entradas al inframundo, el pasadizo entre el mundo de los vivos y el mundo de las sombras de los muertos.

Será producto de las infidelidades de su esposo, o que ella misma es en esencia infiel; Pulowi adquiere formas diversas y como mujer seductora atrae y hace desaparecer a los hombres más viriles (suerte de Artemisa y Afrodita que seduce y mata a los que entran en sus tierras silvestres), o cuando Pulowi se le aparece por la noche al que se encuentra perdido, bajo la apariencia de una serpiente se lo traga y lo desaparece. Así Pulowi arrastra a los hombres a su mundo subterráneo para poseerlos ejerciendo una irresistible atracción o seducción sobre ellos, ejerciendo un poder absoluto, excluyéndolos del mundo de los vivos; y este inframundo pasa a llamarse como su ama.

Puede ser la soledad del mar o en la silenciosa mansión de las profundidades que habita Pulowi, el desamor de su esposo o sus propias traiciones lo que hacen de la diosa tener su carácter sombrío; pero ella no está sola en estas oscuras cavernas, la acompañan poderosos emisarios portadores de males, son los Wanuluu, deidades maléficas por excelencia. Estos asumen una apariencia humana, Wayúus vestidos de negro que en la noche lanzan sus flechas invisibles, matan o hieren gravemente a los humanos, los enferman. 

Huyá y Pulowi, dotados de virtudes opuestas y aparentemente incompatibles, son sin embargo marido y mujer. Su complementariedad y sus relaciones conflictivas representan las paradojas y los movimientos del mundo natural y social, alternancia de las estaciones, tensiones conyugales, oposición entre economía y ecología, etc.

Estos aspectos cíclicos de muerte y resurrección hacen que astrológicamente que Huyá se le relacione con la transformación de patrones fijos que se repiten, son las vidas pasadas que se muestran iguales y a su vez diferentes, cambiantes, flexibles. Huyá parece indicar la conciencia de que algo falta, el ecologismo, así como la falta de atención. Huyá nos habla de cambio y de disputas familiares; de relaciones de pareja, de insconstacias y adulterios.

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Nota: se tomaron en los mitos algunas libertades literarias en virtud de las múltiples versiones, para así dar uniformidad a la historia.

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