Hombres lobo (3) Locura o metamorfosis

Son muy abundantes las historias de personas que afirman ser hombres-lobo, y que se comportan de modo salvaje y bestial, conservando sin embargo su aspecto humano. Este tipo de locura se da todavía hoy en día. ¿O se trata de una raza diferente?

La mayoría de personas se imaginan que un hombre-lobo es un hombre-bestia extremadamente peludo y feroz que camina sobre dos patas, gruñe, echa espuma por la boca y está provisto de dos largos y sucios colmillos.

Naturalmente ésta es la imagen familiar que nos ofrecen las clásicas películas de terror; sin embargo, esta imagen resulta imprecisa en todos sus aspectos. La historia y la mitología son muy claras cuando nos describen la transformación de un hombre en un hombre-lobo, muy parecido a un lobo natural, excepto por ser un poco más grande que las especies salvajes.

Los que no están muy familiarizados con la cuestión, tienden también a comparar los hombres-lobo con los licántropos, y hablan de ellos como si se tratase de una misma cosa. Sin embargo no lo son. Un licántropo es un enfermo mental que cree haber asumido el aspecto, voz y comportamiento de un lobo, a pesar de que realmente no haya sufrido ninguna transformación física.

En los siglos XV y XVI se creía que el pelo del lobo crecía debajo de la piel, por lo que muchos licántropos dieron esta explicación cuando se les preguntaba por qué, si efectivamente eran lobos, tenían todavía el mismo aspecto de una persona. Un hombre-lobo, en cambio, es tradicionalmente un hombre que, por efectos de magia o por propensión natural, posee la habilidad de transformar su aspecto en el de un lobo.

Todas las características típicas de aquel animal —la ferocidad, la fuerza, la astucia y la rapidez— son en ellos claramente manifiestas, para horror de todos aquellos que se cruzan en su camino. Puede permanecer con su aspecto animal únicamente por espacio de unas cuantas horas, o bien permanentemente.

Cuando Peter Stump, un famoso «hombre-lobo» alemán que sufrió una terrible muerte cerca de Colonia en 1589, confesó que poseía poderes mágicos de autotransformación, podríamos inclinarnos a considerarle tan fanático como crédulos a sus jueces. Sin embargo, puesto que mató, mutiló y devoró a centenares de víctimas humanas y animales (a pesar de que él admitió haber asesinado únicamente a 16 personas) mientras estaba absolutamente convencido de ser un lobo, no podemos dudar de que sufría la enfermedad denominada licantropía. «Licantropía» y «licántropo» derivan directamente de las palabras griegas lykos, que significa «lobo», y anthropos, que significa «hombre». A pesar de que la licantropía se refiriese originalmente al antiguo fenómeno de un hombre capaz de sufrir una metamorfosis animal (un fenómeno en el que creían fervorosamente médicos griegos tales como Cribasios y Aetios), gradualmente llegó a ser un término que se aplicaba exclusivamente a los hombres que imaginaban haberse transformado en bestias.

Por este motivo, los psiquiatras consideran la licantropía fundamentalmente como un engaño, una ilusión. En cuanto al hombre-lobo propiamente dicho, se decía que había dos cualidades humanas que permanecían cuando un hombre se transformaba en lobo: su voz y sus ojos. Sin embargo, en todo lo demás la metamorfosis en hombre-lobo venía totalmente determinada por rasgos animales: tenían la piel peluda y las garras de un lobo salvaje. Sin embargo, en su forma humana, varias características físicas distinguían un hombre-lobo de un hombre normal. Se decía que sus cejas se encontraban en el punto medio del puente de la nariz, y que sus largas uñas en forma de almendra eran de un repugnante color rojo sangre; el tercer dedo, en particular, era siempre muy largo. Otros rasgos distintivos eran las orejas, situadas bastante bajas y hacia atrás de la cabeza, y la abundancia de pelo en las manos y en los pies.

Tradicionalmente se distingue entre tres tipos principales de hombres-lobo. El primero es el «hombre-lobo hereditario». Su enfermedad involuntaria era transmitida de generación en generación, como consecuencia de alguna terrible maldición familiar. El segundo es el «hombre-lobo voluntario». Su depravación mental le lleva voluntariamente al reino de los rituales de magia negra, y a utilizar todo tipo de terribles encantamientos, pociones, ungüentos, cinturones, pieles de animal y conjuras satánicas para conseguir la metamorfosis deseada. El tercer tipo es el «hombre-lobo bueno». Este descendiente amable y gentil de la familia del hombre-lobo es prácticamente una contradicción interna. No siente otra cosa que vergüenza por su aspecto brutal, y desea que a ningún hombre o animal le ocurra ningún daño.

Dos de los «hombres-lobo buenos» más conocidos están descritos en un bonito par de romances del siglo XII, Guillermo y el hombre-lobo, de Guillaume de Palerne, y el Lay du bisclavaret (bisclavaret es el nombre bretón del varulf, hombre-lobo normando), de Marie de France, que trata de uno de los caballeros más galantes de Bretaña.

La teoría medieval era que, mientras el hombre-lobo mantenía su forma humana, el pelo le crecía hacia dentro; cuando deseaba convertirse en un lobo, simplemente se daba la vuelta a sí mismo de dentro hacia afuera. Una investigación realizada sobre varios documentos judiciales literales demuestra que los presos —indudablemente licántropos— fueron interrogados concienzudamente y que se les invitó a revelar los «secretos» de la metamorfosis animal.

Cuando estos interrogatorios fracasaban y la paciencia de los jueces se terminaba, invariablemente a algunas de estas infelices víctimas se les cortaban los brazos y piernas o se las desollaba parcialmente, en un intento de encontrar la presunta pelambre interior. Otra teoría decía que la persona poseída conseguía asumir instantáneamente la forma y el carácter de un lobo simplemente poniéndose una piel de lobo encima.

Se percibe aquí una vaga similitud con el supuesto hecho de que el berserker, el hombre-oso escandinavo: deambulaba de noche por umbrosos bosques vestido con un pellejo de lobo u oso para adquirir, a través de la transformación, una fuerza sobrehumana. El hombre-lobo niño, Jean Grenier, poseía una piel de lobo de este tipo. En cambio, Jacques Rollet decía usar un bálsamo o ungüento mágico, tal como manifestó ante los tribunales el 8 de agosto de 1598.

«¿De qué se le acusa?», preguntó el juez.

«De haber ofendido a Dios —contestó el hombre-lobo acusado, que contaba unos 35 años—. Mis padres me dieron un ungüento; no sé de qué está compuesto.»

Entonces el juez preguntó: «¿Al frotarte con este ungüento te conviertes en lobo?»

«No —replicó Rollet— pero debido a todo esto maté y devoré al niño Cornier: yo era un lobo.»

«¿Ibas vestido de lobo?»

«Iba vestido como voy ahora. Tenía las manos y la cara ensangrentadas, porque había estado comiendo la carne de aquel niño.»

«¿Tus manos y pies se convierten en garras de un lobo?»

«Sí; sí se convierten.»

«¿Tu cabeza se vuelve parecida a la de un lobo? ¿Se vuelve más ancha?»

«No sé qué forma tenía mi cabeza en aquel momento; utilicé mis dientes, la cabeza la tenía como la tengo ahora. He herido y devorado a muchos otros niños pequeños.»

Otro método para convertirse en hombre-lobo consistía en obtener un cinturón, generalmente de origen animal, pero que podía también estar hecho de la piel de un ahorcado. Este cinturón se ataba con una hebilla de siete clavillos. Cuando se desabrochaba la hebilla, o se practicaba un corte en el cinturón, se rompía el hechizo.

Hombre lobo y el LSD medieval

Por qué tantas historias de hombres-lobo se remontan a la Edad Media? Una teoría sugiere que este hecho no se debe únicamente a la naturaleza supersticiosa de las mentes medievales: puede que para muchas personas las alucinaciones de origen bioquímico fueran entonces experiencias prácticamente cotidianas.

Los que practicaban el arte secreto de hacer creer a una persona que estaba volando, o que le estaban creciendo las uñas y se estaba convirtiendo en un animal, solían emplear extractos de piel de sapo, o plantas tales como la mandragora, el beleño y la belladona.

Pero estas alucinaciones no sólo las sufrían las personas que tomaban estas drogas. En los graneros medievales, el grano se clasificaba en dos montones: el grano limpio para la aristocracia y el clero, y el grano parasitado para los campesinos.

El grano afectado por el cornezuelo transporta un hongo que produce alcaloides parecidos al LSD (dietilamida del ácido lisérgico) y que también provoca sensaciones como la de sentirse transformado en animal.

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Fuente: Texto original (todo) de Criaturas del Más Allá. El mundo de lo insólito.  Orbis Publishing Limietd. (1984). Versión castellana Editorial Debate S.A. Madrid. España (1986).  Pag. 73-75

Hombres Lobo (2) Caza de Brujas y de hombres lobo

Tan profunda era la creencia en los hombres-lobo, que en los siglos XV y XVI se los consideraba en toda Europa como equivalentes a los hechiceros y las brujas, y cualquiera que fuese sospechoso de ser un hombre-lobo era quemado o colgado con la mayor crueldad, especialmente en Francia y Alemania.

Como explica Elton B. McNeil en The psychoses (Las psicosis, 1970) al comentar aquella época de flagelaciones, tarantismo (manía de la danza), histerias masivas, fantasías hipocondríacas, proyecciones, alucinaciones, hechizos y hombres-lobo. Esas actitudes reflejaban una psicología influida por la creencia de que «los dioses enloquecen a quienes quieren destruir.» La locura, como expresión de la voluntad de Dios, se convirtió en una epidemia. Su cura consistía en un ritual religioso cuyo propósito era usar a los psicóticos como blanco de la persecución religiosa y reafirmar el valor de los benditos, inocentes y puros. Eran benditos quienes denunciaban a las personas que habían vendido su alma al diablo. La clásica «caza de brujas» fue un subproducto de la búsqueda de la salvación.

La caza de hombres-lobo fue una manifestación del mismo tipo de sentimiento religioso; los juicios de brujas y los juicios de hombres-lobo están interrelacionados. Es en Francia, país de brujas, donde son más frecuentes los hombres-lobo. En un período de algo más de 100 años, entre 1520 y 1630, en Francia se registraron nada menos que 30000 casos de hombres-lobo, hecho documentado en las actas de juicios de hombres-lobo que se conservan en los archivos públicos.

En 1573, en Dole, cerca de Dijon, en el centro de Francia, un hombre-lobo llamado Gilíes Garnier fue acusado de devastar la campiña y devorar niños pequeños; tras confesar sus crímenes, ardió en la hoguera.

Unos años después, en 1598, en una zona desolada y desierta cerca de Caude, unos campesinos franceses tropezaron con el cadáver mutilado y manchado de sangre de un chico de 15 años. Un par de lobos que habían estado devorando el cadáver huyeron hacia unos matorrales cuando los hombres se acercaron. Los persiguieron… y casi inmediatamente encontraron un hombre medio desnudo acurrucado en los matorrales, con cabellos largos, barba descuidada y uñas largas que parecían garras y estaban manchadas de sangre fresca y restos de carne humana.

El hombre, Jacques Rollet, era un ser patético, un débil mental que padecía apetitos caníbales. Estaba desgarrando el cuerpo del muchacho cuando fue sorprendido por los campesinos. Es imposible determinar si aparecieron o no lobos en ese caso, o si aquella imagen fue fruto de la imaginación de los campesinos. Pero lo cierto es que Rollet creía ser un lobo, y mató y devoró a varias personas bajo la influencia de esa alucinación. Fue sentenciado a muerte, pero los tribunales de París anularon la sentencia y le encerraron, caritativamente, en un manicomio, una institución donde hubieran debido terminar sus días la mayor parte de los hombres-lobo, en vez de ser ajusticiados.

Otro caso significativo ocurrió a principios del siglo XVIII. Jean Grenier era un chico de 13 años, retrasado mental y con una fisonomía canina muy marcada: sus mandíbulas sobresalían y se le veían los colmillos debajo del labio superior. Creía ser un hombre-lobo. Una tarde aterrorizó a unas niñas diciéndoles que, en cuanto se pusiera el sol, se convertiría en lobo y las devoraría.

Pocos días después, una niña que había ido a cuidar las ovejas por la noche fue atacada por una criatura que, en su pavor, confundió con un lobo, pero que era, como se supo después, Jean Grenier. La niña lo golpeó con su cayado y huyó.

Cuando éste prestó declaración ante el tribunal de Burdeos, confesó que dos años antes se había encontrado con el diablo en el bosque, había firmado un pacto con él y había recibido una piel de lobo. Desde entonces había vagado como un lobo después de la puesta del sol, volviendo a su forma humana durante el día.

Grenier confesó también que había matado y comido a varios niños que había encontrado solos en el campo, y en cierta ocasión había entrado en una casa y se había llevado a un bebé de su cuna.

Una cuidadosa investigación del tribunal probó que esas declaraciones eran ciertas, por lo menos en lo que se refería al canibalismo. No hubo dudas de que los niños desaparecidos habían sido comidos por Jean Grenier y tampoco de que el pobre tonto estaba firmemente convencido de que era un lobo.

En tiempos más recientes, el fenómeno de los hombres-lobo se ha situado en el reino de la realidad subjetiva, pero sin perder nada de su horror. Se decía que tres hombres-lobo frecuentaban la zona boscosa de las Ardenas, en Bélgica, justo antes de la primera guerra mundial; en la misma época, en Escocia se rumoreaba que un pastor ermitaño de Invernesshire era un hombre-lobo. En 1925 un pueblo entero, cercano a Estrasburgo, declaró que un muchacho local era un hombre lobo y, cinco años después un hombre-lobo francés aterrorizó a la localidad de Bourg-la-Reine.

En Estados Unidos, en 1946, una reserva de indios navajos padeció con frecuencia las tropelías de una bestia asesina a quien muchos consideraban un hombre-lobo (las tradiciones de los navajos incluyen muchas historias de hombres-lobo). Tres años después, en Roma, una patrulla policial fue enviada a investigar la extraña conducta de un hombre que padecía alucinaciones: perdía el control cuando la luna estaba llena y emitía aullidos fuertes y aterradores.

En Singapur en 1957, también se llamó a la policía para que investigara lo que las autoridades consideraban una larga serie de ataques de hombres-lobo a las ocupantes de una residencia de enfermeras en la isla principal. Una enfermera despertó y vio «una cara horrible y peluda, con grandes colmillos salientes», quev la miraba fijamente. El misterio nunca fue resuelto, y tampoco el caso de la colegiala de 16 años de la localidad de Rosario do Sul, en el sur del Brasil, que en 1978 sufrió «terribles visiones y demonios» y que creía que el espíritu de un lobo salvaje se apoderaba de ella y la dominaba.

En 1975, los diarios británicos estuvieron llenos de extraordinarios informes acerca de un joven de 17 años, residente en Eccleshall (Staffordshire), quien, creyendo que se estaba transformando en un hombre-lobo, puso fin a sus padecimientos mentales clavándose una navaja en el corazón. Uno de sus compañeros de trabajo dijo en la investigación que el joven le había llamado por teléfono antes de morir. «Me dijo —contó el testigo— que su cara y sus manos estaban cambiando de color y que se estaba transformando en hombre-lobo. Calló, y después empezó a gruñir.»

Puede que la tradición de los hombres-lobo se apoye en la ignorancia y las alucinaciones, pero su influencia siempre ha sido extraordinariamente poderosa.

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Fuente: Texto original (todo) de Criaturas del Más Allá. El mundo de lo insólito.  Orbis Publishing Limietd. (1984). Versión castellana Editorial Debate S.A. Madrid. España (1986).  Pag. 71-72