Hombres lobo (4) Instintos salvajes y sanguinarios

Eliphas Levi, el ocultista francés más importante del siglo XIX, que una vez sufrió un colapso aterrorizado por sus propias artes mágicas «trascendentales», describió el proceso de transformación de un hombre-lobo como «una situación de simpatía, entendimiento entre el hombre y su [forma] de representación animal». Acertadamente, subraya en su Historia de la magia (1860) que los hombres-lobo, pese a haber sido perseguidos, cazados e incluso heridos, no han sido nunca muertos sobre el terreno, y que a la gente sospechosa de estas atroces autotransformaciones, después de la persecución, siempre se les ha encontrado más o menos heridos, algunas veces agonizantes, pero siempre con su forma natural.

Levi continúa entonces analizando el fenómeno del «cuerpo sideral» del hombre —«el mediador entre el alma y el organismo material»— y lo utiliza como base de una explicación del fenómeno del hombre-lobo.

Este cuerpo muy frecuentemente permanece despierto mientras el otro duerme, y mediante el pensamiento se transporta a sí mismo a través de todo el espacio que el magnetismo universal le abre. De este modo alarga, sin romperla, la cadena simpatética, que une al corazón y al cerebro. La forma de nuestro cuerpo sideral es la-que corresponde al estado habitual de nuestros pensamientos, y a la larga modifica los rasgos del organismo material.

Levi pasa a sugerir que el hombre-lobo no es otra cosa que el cuerpo sideral de un hombre cuyos instintos salvajes y sanguinarios corresponden a las características de un lobo. Estos hombres, mientras su fantasma anda errante, sueñan que son ni más ni menos que un lobo salvaje.

Ciertamente, hoy en día los teósofos creen que durante la Edad Media, cuando las ejecuciones públicas eran corrientes, muchas personas caían moralmente tan bajo, que sus cuerpos astrales —los espíritus humanos que se dice que utilizamos después de la muerte— se unían efectivamente con un animal. Esto explicaría el porqué, si un cuerpo astral se manifestaba en forma de lobo y le herían —pongamos por ejemplo que un cazador le cortara una garra— esta herida aparecería también en el cuerpo físico de la forma humana del hombre-lobo; es decir, una de las manos aparecería gravemente herida o incluso le faltaría totalmente cuando el hombre-lobo volviera a su forma humana.

Charles Webster Leadbeater, clérigo anglicano que vivió entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y que fue una de las principales figuras de la Sociedad Teosófica, defendía con gran entusiasmo la tesis de la duplicación de la herida en su libro The astral plañe (El plano astral, 1895). Al igual que ocurre tan a menudo con la materialización corriente, cualquier herida infligida a este animal se reproduciría en su cuerpo humano-físico debido al extraordinario fenómeno de la repercusión, a pesar de que, después de la muerte de este cuerpo físico, el cuerpo astral (que probablemente continuaría apareciendo en la misma forma) sería menos vulnerable. Sería también menos peligroso, ya que, a menos que encontrara un médium adecuado, sería incapaz de materializarse plenamente.

El fenómeno de la duplicación de la herida a través de la proyección astral es indudablemente una teoría que está ganando considerable terreno entre los actuales pensadores espirituales. Rose Gladden, una de las exorcistas con más experiencia de Gran Bretaña (y famosa por sus curas mediante la clarividencia) está persuadida de que la aplicación diabólica de la proyección astral desempeñó un papel clave en la vida de muchos hombres acusados de ser hombres-lobo. Rose Gladden explica: Supongamos que yo fuera una persona cruel que disfrutara con las cosas horribles de la vida; bien, cuando yo proyectara mi cuerpo astral fuera de mi cuerpo físico, toda la maldad circundante podría agarrarme, cogerme. Y sería la maldad que se apoderara de mi proyección astral, o de mi «doble», lo que me transformaría en un animal, en un lobo. La atmósfera está siempre llena de fuerzas malignas, y a estas fuerzas malignas les es mucho más fácil existir dentro de un ser humano —digamos dentro de una persona mala— que en un vacío nebuloso. Los hombres-lobo eran —son aún— la manifestación más perversa de la humanidad. Entiendo perfectamente por qué hay tantas narraciones de casos de «duplicación de la herida».

Entre los incontables relatos acerca de «duplicaciones de heridas» figura uno referente a un granjero alemán y su mujer, que participaban en la siega cerca de Caasburg, en el verano de 1721. Al cabo de un rato la mujer dijo que sentía un tremendo desasosiego; que no podía permanecer allí un minuto más, que tenía que alejarse. Después de hacerle prometer a su marido que si se acercaba algún animal salvaje le tiraría su sombrero y echaría a correr, desapareció rápidamente. Pero aún no hacía unos segundos que se había marchado, cuando apareció un lobo que, tras cruzar un río cercano, avanzó hacia los segadores. El granjero le tiró un sombrero a la bestia, y ésta lo despedazó; antes de que el granjero pudiera huir, un hombre le clavó al lobo una horca, asestándole un golpe mortal. La forma del animal cambió instantáneamente… y todo el mundo quedó horrorizado al ver que el hombre acababa de matar a la mujer del granjero.

Tanto si esta historia ocurrió realmente como si no, el matar a un hombre-lobo de esta manera ha sido siempre, por tradición, el mejor modo de obligarle a reasumir al instante su forma natural, o de llegar a detectarle rápidamente. Sin embargo, estos extraños fenómenos de duplicación de la herida que aparecen tan a menudo en los casos de hombres-lobo son también corrientes en experiencias exteriores al cuerpo.

¿No podría ser que este sorprendente hecho apuntara hacia una posible explicación del fenómeno del hombre-lobo en función de una proyección astral? ¿Es el hombre-lobo algo más que una manifestación del «cuerpo sideral» del que habla Levi, una proyección fantasmagórica del hombre?

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Fuente: Texto original (todo) de Criaturas del Más Allá. El mundo de lo insólito.  Orbis Publishing Limietd. (1984). Versión castellana Editorial Debate S.A. Madrid. España (1986).  Pag. 75-76

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