Lunas de Urano (3) Ariel y Umbriel y ‘El rizo robado’

Las siguientes dos grandes lunas de Urano reciben el nombre de Ariel y Umbriel, dos criaturas feéricas de la obra ‘El rizo robado’ de Alexander Pope (considerado uno de los tres grandes escritores ingleses, después de William Shakespeare y Lord Alfred Tennyson), su poema satiriza un incidente menor comparándolo con la obras épicas como la Iliada, la Odisea y la Eneida.

Para ubicar la obra hay que remitirse al momento histórico en que ocurrió el incidente, que hoy ha sido llevado a novela histórica de la mano de la escritora australiana Sophie Gee con el nombre de ‘El escándalo de la temporada’ (2009). Es el año 1711, han pasado dos siglos desde que Enrique VIII disolvió los monasterios y despojó a la Iglesia católica de sus bienes. Inglaterra dejó de ser un país católico para convertirse en protestante. La lucha de poder entre ambos grupos religiosos se mantenía aún, no tan seria y fuerte como fueron en la época Isabelina, pero la reina Ana —protestante, aunque descendiente de los Estuardo— no tiene herederos visibles y los católicos (jacobinos) tratan de restablecer en el trono a rey Jaime III, que en ese entonces vivía exiliado en Francia. En esa precaria paz, donde no dejan de tejerse conspiraciones para derrocar a la reina protestante Ana y colocar en su lugar al candidato católico; Londres bulle de actividad; con bailes de máscaras, tertulias en los cafés, representaciones de ópera, y a ella llega proveniente del campo Alexander Pope, un joven con graves taras físicas dispuesto a convertirse en un poeta de éxito. Allí, además de codearse con artistas como el escritor Jonathan Swift (autor de ‘Los viajes de Gulliver’) o el pintor Charles Jervas, será testigo de excepción de la seducción de que fue objeto la bella Arabella Fermor por parte de Lord Robert Petre, y que le serviría para escribir una de sus obras más famosas a sugerencia de su buen amigo John Caryll.

Señala la autora de la novela, que realizó su tesis doctoral sobre la lujuria, sociedad y sátira en la literatura del siglo XVIII; que Alexander Pope se convirtió en efecto en el poeta más famoso de Inglaterra. La versión de ‘El rizo robado’ publicada en 1714 vendió 3000 ejemplares en la primera semana de su publicación y hasta hoy es un texto obligado en el programa universitario actual de filología inglesa. Fue el primer autor de la historia de Inglaterra que se enriqueció sobradamente con la venta de sus libros. En 1719 se construyó una gran casa a las afueras de Londres, para la que diseñó uno de los jardines más elegantes de Inglaterra.

Por su parte Arabella Fermor vio eclipsada su fama como belleza de la ciudad por la fama aún mayor de Belinda, el personaje creado a partir de ella. Tenía veinticinco años cuando se casó con Francis Perkins, y según los estándares del siglo XVIII, era ya una vieja solterona. Lord Robert Petre por su parte se casó con Catherine Walmesley en 1712 pero murió de viruela casi dos años después, justo antes de la publicación de la segunda versión de ‘El rizo robado’ (donde se incluían los dos últimos cantos). Diez semanas después de la muerte del barón, Catherine Walmesley dio a luz al heredero de Petre. Catherine volvió a casarse años más tarde y se convirtió en una célebre filántropa educativa.

John Caryll por fin logró liberarse de la responsabilidad sobre los miembros de su numerosa progenie al verlos ingresar en solventes conventos y monasterios franceses. Su hijo mayor, el único que llegó a contraer matrimonio, se convirtió en un hombre de gran prosperidad. Caryll logró alejar de él cualquier sospecha de asociación con los jacobitas y terminó sus días feliz y en paz en Berkshire, en compañía de su amada esposa.

El rizo robado, la obra

Basado en un incidente real entre Arabella Fermor y Lord Petre, quienes eran miembros de la aristocracia y además católicos, en un periodo de Inglaterra en el que el catolicismo estaba prohibido (Pope era de origen católico). Petre, loco de amor por Arabella, le cortó un mechón sin permiso, creando un conflicto entre las dos familias. Sobre este hecho cierto, Pope escribió el poema, donde el personaje de Belinda representaba a Arabella y su furia por haber sido despojada de un rizo de su cabellera era equivalente a la de Aquiles en la Iliada. El rizo robado equivale al rapto de Helena por París, el viaje de Belinda por el Támesis es equiparable al viaje de Eneas por el Tiber; la descripción de las enaguas de Belinda se comparan con las descripciones de las armas de Aquiles o los muros de Troya, y así siguen las comparaciones. Aunque el poema es tremendamente divertido en ocasiones, Pope siempre mantiene la idea de que la belleza es frágil y la pérdida de un mechón afecta profundamente a Belinda; hay que recordar que las mujeres en aquel periodo tenían un papel esencialmente decorativo y la pérdida de la belleza era un asunto muy serio. Los dioses son transformados en sílfides y silfos, y actúan como guardianes de la virginidad; aquí Ariel es el jefe de este grupo de seres, se equipara a Zeus o Júpiter de las obras clásicas, como rey de los dioses del cielo; por su parte Umbriel buscando ayuda para Belinda en la gruta de la diosa Bazo (Melancolía, Desgana) hace de genio maligno y se puede equiparar al descenso de Odiseo a los infiernos; aquí Umbriel sería comparable al señor del inframundo (Hades o Plutón).

La obra consta de cinco cantos, en el primero el orador pregunta a su musa que explique primero ¿por qué un señor de buena crianza asalto a una dama?, y en segundo lugar, ¿por qué una mujer rechazaría un señor?, así el autor transforma el acto simple elevándolo al genero épico, similar a la cólera de Aquiles en la Iliada; pero en esta versión se trata de un acto que representa una sátira donde reprende a la sociedad por sus valores fuera de lugar y el énfasis en asuntos triviales. Tras eso sigue la obra contando como los primeros rayos de sol tocan a Belinda dormida, que sueña y su silfo guardián, un protector de las vírgenes bellas, llamado Ariel, le avisa de un gran peligro que corre su honra. Tras despertar Belinda comienza su complicada toilette.

El autor la describe como una ‘diosa’, mirando a su ‘imagen celestial’ en el espejo; ayudada en su rutina por los silfos, que peinan su cabello y alisa sus vestidos; ya lista Belinda sale de su cámara. En este canto se pone que el papel de las prioridades femeninas se limitan a los placeres personales (vestidos, apariencia y juegos de cartas) y aspiraciones sociales. Pope representa a una sociedad que pone énfasis más en las apariencias que principios morales. Pero Belinda no es representada como una simple coqueta, sino como una figura poderosa, similar a los héroes (masculinos) de la poesía épica; su rutina de vestirse es equiparable a la preparación ritual de un héroe antes de la batalla; pero el poema épico ridiculiza el armamento del héroe; donde los peines, pasadores, polvos, etc., se convierten en las armas y armaduras de este héroe de belleza terrible.

El segundo canto inicia con la comparación entre la belleza del sol y Belinda, que se pone en camino al Palacio de la Corte en Hampton. En su viaje por el río Támesis, un grupo de damas y caballeros de moda la acompañan, todos con los ojos fijos en ella sola. La descripción de sus ropas recuerda la de muralla inexpugnables de Troya. Uno de sus devotos, el barón, admira sus rizos y se ha resuelto a robar para sí mismo, ‘por la fuerza o por el fraude’. Mientras el silfo Ariel está ansioso, y convoca un ejército de sílfides para protegerla, lo mismo que un general dirigiendo a sus tropas. Así sus rizos cumplen capturando la atención de los hombres, mientras que su enagua funciona como un impedimento a la pérdida de su castidad. El papel de los silfos militaristas no es protección contra la caída de Belinda, sino protegerla de éxito excesivo de atraer admiradores.

El tercer canto comienza con una descripción del Palacio de la Corte en Hampton y las diversiones de la vida en la corte. Torres del palacio se levantan desde los prados con vistas al río Támesis. Pope indica que es en este lugar que ‘los estadistas británicos’ se ocupan de asuntos en el país y en el extranjero y donde la reina Ana tiene su corte. Belinda y sus compañeros llegan y desembarcan para tomar parte en las actividades del día. En primer lugar participar en chismes, hablando de bolas, de moda, y los asuntos políticos. Después de una agradable conversación de la tarde, Belinda se sienta a jugar a las cartas con el Barón y otro hombre. Pope describe el juego como una batalla, que gana Belinda, entre gritos, como si se tratara de una batalla épica propia de la lucha entre Aquiles y Héctor, es una burla a las trivialidades de una corte donde los juegos de cartas han reemplazado las verdaderas batallas en el campo. Después del partido, el café se sirve a las señoras y señores. Los vapores del café inspiran en el barón nuevas estrategias para robar el rizo de Belinda. Con la ayuda de Clarisa, quien le presta sus tijeras, aquí Pope muestra las rivalidades en la corte entre las damas. El Barón se esfuerza para cortar el pelo de Belinda. Él falla tres veces, los silfos frustrar todos sus intentos. Intervienen soplando el pelo fuera de peligro y tirando de sus pendientes para hacer su vuelta alrededor. En un último esfuerzo para protegerla, Ariel accede mente de Belinda con la intención de advertirle. Pero Belinda siente una atracción por el barón; Ariel retira derrotado y las hojas de las tijeras finalmente cortan el rizo. El barón celebra su victoria mientras Belinda pega gritos de horror que rasgan los cielos.

El cuarto canto empieza con Belinda ansiosa por la pérdida de su cabello muestras signos de ira, resentimiento y desesperación propios de reyes capturados, vírgenes despreciadas, amantes trágicos. Los silfos se retiran llorando por su fracaso en proteger a Belinda, y un gnomo llamado Umbriel desciende al centro de la Tierra a la Cueva de Bazo (La diosa de la melancolía y el desgano; durante el siglo XVIII, el órgano del bazo se asoció con las pasiones, melancólico y descontento en particular, el lugar de la bilis negra). En su descenso pasa ante grotescas figuras de demonios y espectros, recordando la entradas de Odiseo/Ulises y Eneas al inframundo. Tras llegar con la diosa, Umbriel enumera sus actos van desde causar espinillas en hermosas damas a convencer a los hombres a cometer adulterio y le pide a la diosa tocar a Belinda con el disgusto. Aunque desdeñosa, la diosa concede su deseo. Ella le da el gnomo una bolsa con: suspiros, sollozos y pasiones, temores, tristezas, penas y lagrimas. Umbriel lleva regalos de la diosa y asciende al palacio de la corte. Umbriel no tiene ninguna intención de ayudar a Belinda en la recuperación del rizo, sino que viaja a la Cueva de Bazo para exacerbar el dolor de Belinda. Umbriel encuentra a Belinda despeinada y abatida mientras recibe consuelo de su amiga Talestris. (En la mitología griega, Talestris era una amazona, Popeusa el nombre de una mujer fuerte y combativa.) Umbriel vacía parte del contenido de la bolsa de la diosa sobre las dos mujeres, lo que alimentó la ira de Belinda. Ahora indignadas, Talestris intento de convencer a Belinda para vengar los agravios cometidos por el barón. Pero no es posible separar a Belinda de los sollozos y Talestris en rabia llama a su novio, Lord Plume para que exija la devolución de los cabellos. Lord Plume aborda al Barón y este se burla de su manera de hablar y se niega a cumplir la petición. Ante la negativa del Barón, Umbriel libera el contenido total de la diosa. Que causa que Belinda llore lastimosamente, mientras maldice los eventos del día y se lamenta de su suerte. Talestris es para Pope la imagen de estimula la acción ante la afrenta, ella pide ayuda su novio, y el fracaso de sus acciones muestran que se ha perdido el caballerismo. La perdida del rizo muestra la perdida de la pureza, el Barón exhibirá su trofeo implicando una perdida de valores, pero sobre todo que la sociedad le otorga gran importancia a las apariencias externas.

El quinto canto continua con las lagrimas de Belinda y los reproches de Talestris, a los que el Barón permanece inmóvil. Es Clarisa la que llama la atención de los presentes, señala que la sociedad valora mucho en la belleza y que los hombres suelen llamar a ángeles a las mujeres sin evaluar su carácter moral. Ella observa que la belleza es efímera y que las mujeres deben tener otras cualidades, el buen sentido, en particular, para guiaras después se desvanece belleza. En consecuencia Clarisa intenta convencer a Belinda que con rabietas, gritos y regaños no puede restaurar su apariencia. Pero las palabras moralizantes de Clarisa no ayudan a consolar a Belinda, y Talestris la llama mojigata. El discurso de Clarisa no calma los ánimos; Belinda y Talestris preparan a las otras mujeres para lanzar un ataque a los hombres para recuperar el rizo. Umbriel se sienta en una lámpara de pared, presidiendo la épica lucha con alegría maliciosa. Las mujeres rápidamente dominan a muchos de los hombres; entre eso Belinda vuela contra el Barón, donde gana la ventaja, lanzando tabaco en la nariz y agarrando una horquilla ornamental que la mantiene en la garganta del barón. Después de haber derrotado al barón, Belinda nuevo exige la devolución de su pelo, pero en la lucha el rizo se ha perdido y no se puede encontrar. El poema termina que aunque el rizo no se pudo encontrar, la Musa lo vio elevarse hacia el cielo donde se vuelve una estrella, y donde seguirá siendo un testimonio de su belleza.

Algunos críticos han interpretado de Clarisa moralizante como la voz de Pope. Aunque habla de Clarisa y su propósito básico era reconciliar a las familias de Arabella y Lord Petre, la sátira logra una crítica más amplia y más compleja de la sociedad. Se muestra el ocio de las clases altas y el doble estándar para las mujeres. Clarisa señala el carácter efímero de la belleza; pero fue ella fue quien proporcionó el arma que cortó el pelo de Belinda. Ha socavado por tanto el honor de Belinda y es en gran parte responsable de la disputa actual. Así Clarisa no puede reclamar autoridad moral en su intento de hacer en este discurso.

Fracaso de Clarisa para pacificar Belinda crea una oportunidad para la segunda batalla épica del poema. A diferencia del juego de cartas en el tercer canto, la lucha tiene implicaciones eróticas, donde Pope invoca a los dioses griegos. En la inversión de los roles de género también contribuye a la parodia a la epopeya. En esta batalla, las mujeres son los agresores que superan fácilmente a muchos de los hombres, y mientras Talestris es el más temida de las mujeres combatientes, Belinda sigue siendo la figura heroica, volando sobre su enemigo.

El poema concluye con un elogio final a Arabella Fermor, la inspiración histórica para Belinda. Al describir el rizo perdido como una estrella en el firmamento, se niega a castigar el comportamiento de Belinda y en su lugar celebra la señorita Fermor. El poema es, pues, un ejemplo de la sátira de Horacio, en lugar de exponer los males de la aristocracia, el poema ofrece una crítica suave que generalmente simpatiza con los personajes a pesar de sus locuras.

(para leer la obra pulse la imagen)

Ariel y Umbriel

Ariel ya existía en una obra previa ‘La tempestad’ de W. Shakespeare, y es descrito en esa obra como un espíritu del aire, que al ser salvado por el mago Prospero queda comprometido a ayudar al mago hasta que este lo libere totalmente. Ariel actúa similar a Puck ante las ordenes de Oberón, provocando más enredos que soluciones. El origen del personaje shakesperiano es dudoso, y algunos consideran que se vincula con un personaje llamado Shrimp (Camarones) de una obra anónima ‘John un Kent y John un Cumber’ que guarda mucho parecido con ‘Sueño de una noche de verano’ y de similares poderes al Ariel de ‘La Tempestad’, que no sólo controla el viento, sino las aguas y el fuego. La más antigua referencia del nombre viene de la Biblia, mencionado por el profeta Isaias, Ariel traduce ‘León de Dios’, y actúa como sinónimo de la ciudad santa de Jerusalén. Otros señalan que simplemente nombra al elemento sobre el que reina, el aire (air en ingles). Para la obra ‘La Tempestad’, Ariel es el motor de los eventos, genera los cambios, ofrece opciones, pero permite a los humanos que escojan su propio camino, tratando de que escojan las rutas más benignas; así representa el pensamiento ideal y las utopías.

La obra de Pope modifica significativamente al personaje, lo pone como jefe de las sílfides y silfos, seres eterios y atmosféricos, casi similares a los cupidos niños de las pinturas clásicas; su misión es quizás demasiado trivial a los ojos de hoy, pero la idea de la obra es justamente burlarse de la sociedad y sus banalidades. Ariel protege sobre todo eso, como ángel de la guardia de Belinda, en sueños le advierte de un peligro que se acerca, y vigila con sus siervos que se arregle apropiadamente, ya que la belleza es su don. Su función es cuidarla para que la belleza no se vea perturbada. Para Pope en su historia describe cuatro tipo de seres feéricos, producto de almas femeninas atrapadas en la tierra bajo esas formas intermedias, lejos del alma alcanzar la gloria divina, quedan en la Tierra flotando como seres etéreos. El primero son los silfos (más comúnmente su femenino sílfides es propio del ballet y de damas de delgada silueta), la tradición asocia estos seres con el elemento aire, son descritos como seres parecidos a los ángeles, de gran tamaño que cuyo batir de alas hace mover las nubes, las agrupan y provocan cuando se juntan las tormentas. Su color es el dorado al rosa, ya que las nubes adquieren esa tonalidad en las tardes. Para Pope los silfos se parecen más a los cupidos de los cuadros del barroco, seres parecidos a niños con alas que revolotean; su elemento aire se vincula a una naturaleza más propia de las personas superficiales, la trivialidad, lo superficial, la frivolidad, las naderías, etc.; características todas a personas que son más aire que sustancia; más humo que consistencia.

El segundo en este grupo de seres son las ondinas o ninfas, seres habitantes de las aguas serenas de lagos y riachuelos; bajo esta forman terminan las mujeres tranquilas, que poco se perturban y molestan, que dejan pasar la vida o mejor dicho que la vida pasa por ellas sin provocar mayores mellas. El tercer grupo son las salamandras, seres de fuego y brillo, así terminan las ariscas y las violentas, las reacias de carácter y de fuerte empeño, las que viven airadas y dispuestas a batallar contra todo y todos los que se les interponga.

Y termina este grupo de seres con el gnomo, lejos del nombre que significa sabios, Pope los ubica apropiadamente dentro del elemento tierra, pero los describe como hadas con alas negras; una versión negativa en figura de los silfos; estos seres derivan según el poema de las mujeres que tienen actitud negativa a la vida, egoístas, celosas, rencorosas, mal habladas, de mal genio, siempre peleadas con la vida y con todos; esas terminan según el poema de esta forma, esperando bajo tierra el momento para salir y trasformar la belleza en fealdad, las risas en llantos, las alegrías en penas. Así mientras Ariel es un silfo, su contrapartida es Umbriel, un gnomo. Elementos opuestos aire y tierra; Ariel y Umbriel son en el poema opuestos, Ariel es luz y brillo, Umbriel es oscuridad y sombras; bien fueron los nombres puestos a las lunas de Urano, ambas en igual tamaño, pero una brillante y la otra oscura.

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Ángeles y arcángeles (1) Los cuatro arcangeles

Hablar sobre ángeles implica muchas veces ponerse a caminar sobre suelo inestable, siempre se puede herir sentimientos y particularidades; aun así la idea de esta entrada no es discutir nociones filosóficas sobre su existencia y naturaleza, sino exponer distintas ideas y cada quien es libre de creer en ellas o no.

El concepto básico es que la noción de ángeles se vincula a seres de naturaleza intermedia entre dioses y hombres; eran los ‘encargados’ de servir a los dioses y de trasmitir a los hombres los deseos de los mismos. Toda cultura ha tenido estos seres intermedios mensajeros, en la antigua Grecia se les conocía como daimones (de donde proviene la palabra demonio, y que fue luego usada para nombrar a los ángeles caídos) y que los romanos asociaron a genios del hogar y espíritus de los ancestros.

En la mitología griega, la más rica de la tradición occidental se tiene que los dioses eran servidos por muchos seres de menor poder que ellos, pero en definitiva más fuertes que los hombres; daimones y ninfas cumplían a cabalidad con esta idea; más al norte entre los adoradores de Odín y los dioses nórdicos, las hermosas valquirias con sus alas blancas servían a hidromiel a aquellos dioses del frío ártico y bajaban a la tierra por las almas de los caídos en batalla. Entre los celtas hadas y genios servían a los dioses dentro de sus madrigueras en el subsuelo. En Babilonia y Nínive toros alados con cabezas humanas, lamassus, eran cabalgadura de los dioses de la tierra entre ríos y sus estatuas cuidaban las puertas de estas ciudades; más al sur, en Arabia, el propio profeta Mahoma fue elevado a los cielos en un ser (ángel) de similar apariencia el Al-Burak.

La apariencia y número de los ángeles y demonios varia igual de cultura a cultura, pero son las tres religiones monoteístas las que más han desarrollado la existencia de estos seres. Según estas tres principales religiones los ángeles además de actuar como mensajeros, ejecutan los juicios de Dios y sirven a los creyentes.

Según las Sagradas Escrituras hay siete arcángeles:

“Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que tiene entrada a la gloria del Señor” (Tobias 12:15)

“Reciban gracia y paz de Aquel que es, que era y que viene de parte de los Siete Espíritus que están delante de Su Trono” (Apocalisis 1:4)

Las Sagradas Escritura mencionan el nombre de sólo tres nombres: Miguel (Apocalisis 12:7-9), Gabriel (Lucas 1:11-20; 26-38) Rafael (Tobias 12:6, 15). Los nombres de los otros cuatro arcángeles no aparecen en la la Biblia y la Iglesia sólo reconoce los nombres que se encuentran en las Sagradas Escrituras. Los otros cuatro no son doctrina de la Iglesia ya que provienen de libros que no son parte del canon de la Sagrada Escritura; esos nombres difieren de libro en libro, de autor en autor; reconoceremos para efectos de este punto uno más, común en muchas de las tradiciones, el arcángel Uriel . Señala M. González W. lo siguiente:

En la Biblia sólo se mencionan los nombres de tres de los ángeles, Gabriel, Miguel y Rafael, este último sólo aparece en el Libro de Tobías, y sólo en las Biblias católicas y ortodoxas. La Iglesia Católica tiene tal respeto por estos tres ángeles que les ha adjudica el 29 de septiembre en su calendario de Santos. A pesar de ser ángeles, que es una jerarquía espiritual mucho más elevada que la de los santos, la Iglesia se refiere a ellos como San Gabriel, San Miguel y San Rafael.

La mayor parte de la información que tenemos sobre los ángeles cristianos proviene de otras fuentes, entre las que están el Talmud y los Midrash hebreos y otras escrituras rabinicas incluyendo la Cábala. El Koran y otros libros musulmanes nos hablan de los ángeles y sus grandes poderes y el Libro de Enoch nos revela los nombres de muchos ángeles, entre los cuales están también los ángeles caídos. Un gran compendio de ángeles ha llegado también hasta nosotros de otras fuentes menos conocidas, como los libros de Apócrifos, El libro del ángel Raziel, La gran clavícula de Salomón, La pequeña clavícula de Salomón, también conocida como Goetia, El arbatel de la magia, El sexto y séptimo libro de Moisés y otros muchos. Pero de todos los ángeles mencionados en todos estos libros, los más conocidos y más venerados son los cuatro grandes arcángeles Rafael, Miguel, Gabriel y Uriel. Este ultimo ángel es menos conocido que los otros tres, pero su influencia es inmensa en la tradición angelical.

Rafael, Miguel, Gabriel y Uriel están identificados con los cuatro elementos y los cuatro puntos cardinales, los cuales rigen. Los elementos y los puntos cardinales forman una rueda, un círculo de gran poder y magnetismo dentro del cual se encuentra el globo terrestre. El primer punto cardinal es el Este, que es donde sale el Sol cada mañana, y corresponde al elemento aire, regido por Rafael. Moviéndonos hacia la derecha adentro de este circulo cósmico, según las agujas del reloj y del Sol, llegamos al punto cardinal del sur, el cual corresponde al elemento fuego, regido por Miguel. Del Sur pasamos al Oeste, donde se pone el Sol por las tardes, que corresponde al elemento agua y es regido por Gabriel. Y del Oeste pasamos al Norte, que corresponde al elemento tierra y es regido por Uriel.

Si visualizamos a la Tierra dentro de esta rueda solar, podemos ver que los cuatro arcángeles están parados en los cuatro puntos cardinales del planeta en forma de cruz. Cada uno de los arcángeles tiene sus propios colores y atributos y una apariencia especial según la antigua tradición mística. Rafael se viste de amarillo con reveses violeta. Representa al amanecer y se describe como un adolescente muy bello de ojos azules y cabellos rubios ensortijados que forman una aureola dorada alrededor de su cabeza. Miguel, que sigue a Rafael en esta rueda cósmica, se viste de rojo y verde y representa el calor del mediodía. Miguel se describe como un hombre joven de unos 25 años de edad. Su piel es clara con tonos dorados, sus ojos son verdes y su cabello es rojo como una llama, espeso y ondulado y le llega hasta el cuello. Gabriel se viste de azul claro con reveses anaranjados. Representa a la tarde. Aparenta una edad de alrededor de 35 años. Su piel es tostada, sus ojos azul verde y su cabello bronceado le llega hasta los hombros. Uriel es el ángel que cierra la rueda solar, es el ángel de la tierra. Se viste de cuatro colores verde oliva, verde-limón, ladrillo, marrón oscuro o negro. Representa al anochecer. Su piel es morena, sus ojos castaños y su cabello castaño oscuro; casi negro, que le pasa de los hombros. Uriel es único de los cuatro arcángeles que tiene barba. Su barba es oscura, espesa pero no larga. Representa una edad entre 40 y 45 años.

Como es fácil ver en esta descripción los cuatro arcángeles, estos van madurando en edad según pasamos de un punto cardinal a otro y su apariencia física se va oscureciendo. Esto se debe a que la rueda solar simboliza el día, desde que amanece hasta que anochece. Es por eso que Rafael es rubio como el sol naciente y Uriel es oscuro como la noche.

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Referencias: “Angelorum, el libro de los ángeles” Migene González Wippler (1999) Llewelyn Wolrd Wide – USA.  Pag 121-122

Rusalka

En la mitología eslava, una Rusalka es un fantasma femenino, ninfa del agua, que cual sirena o demonio súcubo vive en los lagos y lagunas. Son consideradas seres malignos. Son la versión fantasmal del alma de una mujer joven que había muerto dentro o cerca de un lago, muchas de ellas cometiendo el suicido por un amor traicionero, o siendo victimas inocentes de amantes asesinos que las ahogan en las aguas para quitarse el problema de una novia molesta. No todas las Rusalkas son necesariamente maléficas, algunas tras cobrar su venganza sus almas alcanzan la paz y desaparecen.

En la mayoría de las versiones, las Rusalkas son seres inquietos, producto de una muerte violenta y antes de tiempo, como ocurre con aquellas mujeres jóvenes que se suicidan debido al abandono de sus amantes, o las chicas solteras que quedan embarazadas fuera del matrimonio y no pueden soportar la culpa de confesar su desgracia, en castigo por el suicidio, pecado mortal para muchas culturas, el alma debe completar su tiempo designado en la tierra como si fuera un espíritu. Otros piensan que son aquellas mujeres y niñas que mueren antes de ser bautizadas, o sin los ritos de la extremaunción.

 

Veela, Vila, Wila, Wili

La Veela es una ninfa eslava, equivalente a las valquirias escandinavas ya que tienen poder sobre las tormentas. Como todas las ninfas, disfrutan extraviando a los viajeros que las siguen, confundiéndoles con encantadoras y hermosas mujeres de largos cabellos que los atraen con sus cantos, cual sirena; sus víctimas son llevándolas a un trance que le hace olvidarse de todo, incluyendo comer, beber o dormir. Enamoran así a los incautos que atraviesan los bosques. No todas las veelas son seres demoníacos, como seres entre ángeles y demonios, tienen una conducta variable, según el humor que tengan, a veces ayudan a los seres humanos (con sus poderes de curación y poderes proféticos), e invitan de buen grado a los hombres jóvenes a bailar con ellas, pero cuidado de pisar el circulo de pasto donde han bailado las veelas, es de mala suerte. Y mucho cuidado de ofenderles al negarse a bailar con ellas, las veelas son ninfas guerreras que viajan sobre caballos y ciervos y cuidan los bosques, y al igual que las ninfas de Artemisa, matan con sus flechas a aquellos que se atreven a verlas desnudas en sus baños en las lagunas y fuentes.

Las veelas, tienen el poder de la transformación en otros seres, apareciendo como cisnes (al igual que las valquirias), como yeguas (como los kelpies anglosajones), lobas (como los licántropos), pero también se incluyen el halcón (como la diosa Freya) y las serpientes (otro signo del agua).

Para controlar a las Veelas se les debe arrancar algunos de sus cabellos, ello puede hacer que recobre su forma original o incluso puede matarlas, pero al igual que los selkies, al robarles su disfraz de plumas, se le impide volver a los aires como aves que vuelan libres y quedan atrapadas de los hombres que las convierten en esposas bellas y tristes, eso hasta que recuperan sus disfraces y vuelan para no volver dejando al esposo a que muera de melancolia.

El Vilia o “Vilya” es la versión celta de este espíritu del bosque. Le gusta cautivar con su belleza a los hombres, para luego abandonarlos y dejarlos sumidos en una depresión que rara vez se cura. Mientras entre los ingleses las Wilis están relacionadas con el ballet romántico Giselle, donde una joven muerta el día antes de su boda se transforma en un espectro de los bosques, y para salvar a su amado de los peligros de otros espectros del bosque lo hace bailar toda la noche en bosque hasta el amanecer, cuando desaparece.

El origen de las Wilis inglesas parecen ser una adaptación de un poema de Heinrich Heine, que afirmaba estar utilizando una leyenda eslava. Las Wiles o Wilis son en esta versión mujeres vampiros, espíritus de niñas que mueren la noche antes de su boda. Según Heine, las wilis no pueden descansar en sus tumbas, ya que no pueden satisfacer su pasión por el baile, cosa que hacen especialmente en plazas vacías. También se reúnen en los cruces de las carretera a la medianoche para atraer a los hombres jóvenes y hacerlos bailar hasta su muerte. En Serbia las Vilas son doncellas maldecidas por Dios, y en Bulgaria se les conoce como Samovily, y son niñas que murieron antes de que fueran bautizadas, y que en Polonia son conocidas como Wilas y son hermosas niñas que flotan en el aire para expiar su frívola vida pasada.

La serie de Harry Potter de J. K. Rowling revive la creencia en las Veelas, estas son increíblemente bellas y por arte de magia cautivaban a los hombres poniéndolos en trance cuando cantan o bailan (a este efecto son inmunes las mujeres). Pero en caso de ser enfadadas pueden convertirse en horribles criaturas similares a aves (como las arpías). Las veelas son nombradas en la serie a partir del 4° libro, siendo Fleur Isabelle Delacour y su hermana Gabrielle, representantes del colegio de magia de Beauxbatons mestizas, nietas de una verdadera veela. Señala la autora que las veelas se pueden reproducir con los varones humanos y solo tendrán hijas de gran belleza, ojos claros y rubios cabellos.

Cuentos de Hadas (2) Una breve historia.

Los cuentos de hadas tienen un punto aparte en el desarrollo de los cuentos; existen muchos tipos, pero siempre se asocia al cuento con aquellos seres etéreos, vestigios de antiguas diosas, reducidas por las nuevas religiones a pálidos fantasmas de otras eras, citamos en este punto de X. B. Saintine:

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Mientras que Roma se esforzaba por establecerse en Germanía, unas naciones germanas: los francos y los burgundios invadían las Galias y comenzaban a instalarse en las provincias romanas por derecho de conquista. […] Los procónsules romanos consideraron que lo prudente y sabio sería cerrar momentáneamente los ojos a la cuestión religiosa; […] se convirtió en una tregua de cultos, con cierto recelo por ambas partes. Odín tuvo sus altares, distintos a los de Júpiter; se elevó un templo al dios Thor a imitación del de Marte. Si Baco, Diana y Apolo tuvieron sus días festivos, lo mismo sucedió con Bragi, con Friga y con Freya.

Una guerra santa no podía tardar mucho en estallar; en algunos aspectos ya había comenzado, cuando los pescadores del Rin, ocupados en retirar sus redes, oyeron unas voces que corrían por la superficie del río y murmuraban los nombres de María y Jesús. […] Al oír esto, los cultos rivales olvidaron sus desacuerdos, pues estaban todos amenazados por igual y se reunieron para resistir este terrible invasor. Se hizo una llamada general, desde el campo de Odín al de Júpiter, a todos los dioses del norte, a los dioses de Finlandia, a los dioses de Rusia, a los dioses eslavos; el peligro era el mismo para todos, y todos, respondiendo la llamada, se dirigieron al Rin. […]

Cuando los recién llegados se organizaron, el águila de Júpiter se elevó por encima de las nubes, pegó tres gritos clamorosos mientras se dirigía hacia tres puntos del horizonte, el poniente, el levante y el sur; los dioses dispersos de Italia y Grecia, después de abandonar sus retiros misteriosos, acudieron; Neptuno con sus tritones, sus Proteos, sus Arpías y sus monstruos marinos; Plutón con sus Parcas, sus Euménides, sus Furias, y toda su cohorte infernal.

Odín golpeó su escudo y, desde el fondo del Norte, no sólo los dioses y las Valkirias, no sólo los héroes del Valhalla, sino incluso los adversarios de los Asios: Hel, el lobo Fenrir, los Gigantes de la Helada, con Loki a su cabeza, vinieron a ponerse en fila bajo sus ordenes para asistir a las grandes fiestas de la matanza.

Nunca los ejércitos de Darío, de Alejandro, de Atila, de Carlomagno habían ofrecido, o han ofrecido después, un aspecto más imponente y más terrible. Una vez consultadas las sibilas, las normas, los augurios, los magos, se pusieron en marcha. […] Este era el lado por el que las sibilas y las profetisas habían ordenado que se dirigieran [a la colina sagrada de los cristianos], sin dudar que el dios de los cristianos, encabezando sus legiones, no se presentará a defenderse. […]

Con tantos ruidos redoblados, bajo tantas sacudidas estruendosas, el cielo y la tierra casi parecen confundirse, el horizonte vacila y se balancea, las montañas se sobresaltan sobre sí mismas. Sólo la colina sagrada permanece inmóvil. La luz que la rodeaba por su base ha subido hasta la cima y hace resplandecer a la pequeña capilla con su brillo asombroso.

Sorprendidos a no ver aparecer el enemigo, el ejército de dioses paganos se detiene. De repente, ¡oh maravilla! retirada como por un golpe de aire venido de arriba la capilla desaparece y descubre a las miradas un simple altar de piedra, que corona una cruz. Frente al altar, desprovisto de todo ornamento al igual que su defensor, se encuentra una joven, una virgen con un niño en brazos. Ella desciende la colina, con la sonrisa en los labios; la luz resplandeciente sólo brilla alrededor de su frente y la de su niño; ella camina al encuentro de los dioses agrupados que comienzan a mirarse entre ellos con estupor, ella sigue avanzando y de repente sobrecogidos por un pánico irresistible […] todos dieron media vuelta hacia el río, que atravesaron en desorden, derribándose los unos a los otros y chocando con su huida desesperada con sus propios templos y estatuas, que se derrumbaban tras ellos. […]

Cabe resaltar que, en esta lucha de dioses contra el cristianismo naciente, no hay ninguna tradición que mencione al teut y al Esus de los celtas, al Alfader de los escandinavos, al Jumala de los finlandeses, al Bogh de los eslavones, no más que al dios desconocido de los Romanos. Eso es porque cada una de estas divinidades, ellas solas imperecederas, como Indra del cielo hindú, resumía a todas las demás y representaba al pensamiento único de la imagen de un Dios único y eterno. Esta gran y vana tentativa de los dioses paganos ha sido fijada tradicionalmente cerca del año 510 de la era cristiana. En el transcurso de este mismo año, el rey Clovis decidió erigir para Cristo un templo digno de él, y fundó los primeros cimientos de la catedral de Estrasburgo, quizás con la intensión de reemplazar a aquella vieja capilla, desaparecida de una manera tan misteriosa.

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De todos aquellos dioses ya mencionados, de los que se podría creer que están olvidados para siempre, barridos por el viento, que se pretendía suplir o que se han vuelto caer en el polvo con el que parecían competir, eran por cierto aquellos pequeños dioses microscópicos. […] Esos dioses átomos se habían desarrollado considerablemente; incluso llegaron a tener forma y cuerpo, un cuerpo visible, una forma que no estaba provista de gracia. Se habían convertido en Alps o Alfs conocidos más tarde por su nombre oriental de silfos [o de sílfides, como son conocidas sus compañeras]. […] Eran los silfos, pueblo pequeño del aire, que volaban en enjambre, haciendo nido en una flor, o unas briznas de musgo, al pie de una remata, y que sólo salían de noche para visitarse mutuamente y cumplir con sus obligaciones sociales y de buena vecindad. […]

Si nieblas espesas envolviesen de repente a los convidados [en una reunión social de estos seres] […] otros duendes, los trastos [y los fuegos fatuos] con sus alas de fuego, vendrían a sentarse en la mesa hospitalaria, pagando un tributo con la claridad que desprendían a su alrededor. La principal ocupación de estos consistía en guiar al viajero perdido, con el fin de hacerlo volver a su camino. Tales eran, pues, los espíritus inofensivos del aire y el fuego.

En este aspecto las cosas han cambiando mucho; desde que unos malvados han hecho correr la voz de que esto no es más que el producto de la combustión del gas hidrógeno o la presencia del fósforo en disolución que se encuentra en terrenos húmedos, los fuegos fatuos empiezan a sentir odio hacia los hombres y ya no se muestran a los viajeros sino para arrastrarles hacia los barrancos y las marismas.

En cuanto a los Silfos […], se han convertido en elfos, […] Hoy en día, se dividen en dos clases y ambas son temibles. Ninfos errantes por los prados [… que] acechan a los inocentes sin experiencia y los asocian a sus danzas interminables tras lo cual suelen caer sin aliento para no volverse a levantar [ y ] los elfos negros personifican la pesadilla y el sonambulismo […] este estado es el elfo negro quien dirige los movimientos del durmiente […] que le hace trepar sobre los muebles e incluso hasta los techos. [ …y ] se les puede ocurrir la gracia de hacerte arrojar al vacío.

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[Dentro de los espíritus del agua tenemos a las ninfas] se suelen admitir dos especies distintas: las ninfas propiamente dichas, antiguas divinidades paganas, de las cuales nunca se desconfía bastante, y las ondinas inofensivas y en algunas ocasiones compasivas. [… Las ninfas] se revisten de buen grado con toda clase de disfraces para llegar a sus fines. Se las ve vagabundear cerca del río, en lugares aislados […]. Traman intrigas amorosas fatales para los galanes. Otras se dejan ver en las fiestas de los pueblos, mezclándose con tanto ardor al baile que los hombres embriagados [y son arrastrados hasta los ríos] sólo vuelven a recobrar la lucidez [… instantes antes de] desaparecer bajo las aguas. Las ondinas [… son en su mayoría] almas vagabundas de pobres chicas que por una desesperada pena de amor se tiraron al río.

REFERENCIA:

X. B. Saintine (1998) “MITOLOGíA DEL RIN”
Edicomunicación. S.A. Barcelona – España p.138 a 174