Iván el tonto – Alekandr Nikoalevich Afanasiev [Cuento folclórico ruso]

Hace mucho tiempo, en cierto reino de cierto imperio había una ciudad donde reinaban el Zar Gorokh, que quiere decir guisante y la Zarina Morkovya, que quiere decir zanahoria. Tenían sabios boyardos, ricos príncipes y robustos y poderosos campeones, y en cuanto a guerreros no bajaban de cien mil. En la ciudad vivía toda clase de gente, comerciantes de barbas respetables, hábiles artesanos, alemanes mecánicos, bellezas suecas, borrachos rusos; y en los suburbios vivían campesinos que labraban la tierra, cosechaban trigo, lo llevaban al molino, lo vendían en el mercado y se bebían las ganancias.
En uno de los suburbios había una casita habitada por un anciano con tres hijos que se llamaban Pacomio, Tomás e Iván. El anciano no sólo era listo sino astuto y cuando se encontraba al diablo entablaba conversación con él, lo convidaba a beber y le arrancaba muchos secretos que luego aprovechaba obrando tales prodigios, que sus vecinos lo tenían por hechicero y mago, mientras otros lo respetaban como a un hombre ladino enterado de alguna que otra cosa. El viejo hacía realmente cosas prodigiosas. Si alguien se sentía consumido por la llama de un amor desesperado, no tenía más que ir a visitar al hechicero y éste le recetaba unas raíces que ablandaban enseguida el corazón de la ingrata. Si algo se perdía, él se las arreglaba para encontrarlo por más escondido que lo tuviese el ladrón, con agua encantada y una red.
A pesar de su sabiduría no pudo lograr que sus hijos siguieron su ejemplo. Los dos mayores eran unos holgazanes que nunca sabían cuándo echar adelante o cuándo retroceder. Se casaron y tuvieron hijos. Su hijo menor no se casó, pero el anciano no se preocupaba por él, porque su tercer hijo era tonto e incapaz de contar más de tres; no servía mas que para comer, beber y tumbarse a la bartola junto al fuego. ¿Por qué preocuparse de un hijo como aquel? Ya sabría componérselas por sí mismo mucho mejor que un hombre de juicio. Y además Iván era tan blando y suave, que ni la manteca se fundiría en su boca. Si le pedíais su cinto os daba también su caftán; si le quitabais los guantes os pedía que aceptaseis su gorro por añadidura. Por eso todos querían a Iván y lo llamaban queridito Iván o queridito tonto; en fin, era tonto de nacimiento, pero un muchacho muy amable.
El anciano vivió con sus hijos hasta que le llegó la hora de morirse. Entonces llamó a sus tres hijos y les dijo:
—Queridos hijos, la hora de mi muerte ha sonado y habéis de cumplir mi deseo. Cada uno de vosotros ha de venir a mi tumba a pasar una noche en mi compañía. Primero tú, Tomás; después tú, Pacomio, y el tercero tú, Iván el tonto.
Los dos mayores, como personas juiciosas, prometieron obedecer; pero el tonto, sin prometer nada, se limitó a bajar la cabeza.
Murió el anciano y lo enterraron. Comieron tortas y pastelillos y empinaron el codo de lo lindo, todo en honor del difunto, y al tercer día tocó al mayor de los hijos, Tomás, ir a su tumba. Se ignora si fue por pereza o por miedo, el caso es que dijo a Iván el tonto:
—Mañana he de levantarme temprano para moler trigo; ve tú en lugar de mí a la tumba de nuestro padre.
—¡Está bien! —contestó Iván el tonto, que con un pedazo de pan bajo el brazo, fue a la tumba, se acostó y empezó a roncar.
Dieron las doce de la noche, la tumba empezó a moverse, sopló un viento recio, cantó la lechuza, cayó la losa de la tumba, y el difunto salió y dijo: —¿Quién hay aquí?
—Yo —Contestó Iván el tonto.
—Bien, querido hijo; yo premiaré tu obediencia.
Apenas dijo estas palabras cantaron los gallos y el difunto volvió a hundirse en la tumba. Iván se volvió a casa y se acostó junto al fuego, y sus hermanos le preguntaron:
—Y bien, ¿qué ha pasado?
—¡Nada! —contestó él.— He dormido toda la noche, pero tengo hambre y comería algo.
La siguiente noche tocaba por turno a Pacomio, el segundo hijo, ir a la tumba de su padre. Después de mucho pensar, se dirigió a Iván el tonto y le dijo:
—He de levantarme muy temprano para ir al mercado. ¿No podrías ir en mi lugar o la tumba de nuestro padre?
—¡Está bien! —contestó Iván el tonto, que después de comerse una tortilla y una sopa de coles, se dirigió a la tumba y se echó a dormir a pierna suelta. A media noche, la tumba empezó a moverse, sopló la tempestad, una bandada de cuervos volaron haciendo giros, cayó la losa de la tumba y el difunto asomó la cabeza y preguntó:
—¿Quién hay aquí?
—Yo —contestó Iván el tonto.
—¡Bien, hijo mío! —dijo el anciano,— no te olvidaré, porque no me has desobedecido.
Apenas pronunciadas estas palabras, contaron los gallos y el difunto volvió a desaparecer en la fosa.
Iván el tonto se despertó, fue a acurrucarse junto al fuego y sus hermanos le preguntaron.
—Y bien, ¿qué ha pasado?
—¡Nada! —contestó Iván.
Y al tercer día los hermanos dijeron a Iván el tonto.
—Ahora te toca a ti ir a la tumba de nuestro padre. El deseo de un padre se ha de cumplir.
—¡No faltaba más! —contestó Iván el tonto, que después de comer una fritada, se puso la blusa, y se dirigió a la tumba.
A media noche la losa de la tumba se levantó y el difunto salió y preguntó:
—¿Quién hay aquí?
—Yo —contestó Iván el tonto.
—¡Bien, hijo obediente! —dijo el anciano.— No en vano has cumplido mi deseo. ¡Verás premiada tu fidelidad!
Y se puso a gritar con una voz monstruosa y a cantar en voz de ruiseñor:
—¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! (tordillo, castaño, negro, inteligente corcel). ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!
Y le pareció a Iván el tonto como si se acercase corriendo un caballo que hacía temblar la tierra y echaba fuego por los ojos y nubes de humo por las orejas. Se detuvo ante el difunto como si las patas se le hubieran clavado en el suelo y habló con voz humana diciendo:
—¿Qué quieres?
El anciano se introdujo por una oreja, tomó un baño fresco, se secó, se vistió las ropas más finas y salió por la otra oreja tan joven y hermoso, que no hay lengua que pueda expresarlo ni pluma que pueda describirlo, ni imaginación que pueda imaginarlo.
—¡Querido hijo mío, aquí tienes mi valiente corcel; y tú, caballo, mi buen corcel, sirve al hijo como serviste al padre!
Apenas hubo pronunciado estas palabras, los gallos de la aldea batieron las alas y cantaron anunciando el nuevo día, el anciano se hundió en la tumba y sobre la tumba creció la hierba. Iván el tonto se encaminó paso a paso a su casa, se acostó en su rincón de siempre y empezó a roncar hasta hacer temblar las paredes.
—¿Qué sucede? —preguntaron sus hermanos. Él, por toda respuesta, agitó la mano.
Y así continuaron viviendo juntos, los hermanos mayores pasando por listos, y el menor pasando por tonto. Vivieron así un día y otro día y como una mujer forma un ovillo arrollando hilo, así se arrollaban los días para ellos hasta que quedaron del todo enrollados.
Y un día supieron que los capitanes del ejército iban por todo el reino con trompetas y clarines y tambores y platillos, y hacían sonar las trompetas y los tambores, proclamando en los mercados y en las plazas la voluntad del Zar, y la voluntad del Zar era ésta: El Zar Gorokh y la Zarina Morkovya tenían una hija única, la Zarevna Baktriana, heredera del trono, tan hermosa, que cuando miraba al sol, el sol se avergonzaba y cuando miraba a la luna, la luna se sentía humillada. Y el Zar y la Zarina pensaron: ¿A quién podremos dar la hija en matrimonio para que gobierne nuestro reino, lo defienda en tiempo de guerra, se siente a juzgar en el real consejo, ayude al Zar en su vejez y sea su sucesor cuando muera? El Zar y la Zarina deseaban un novio que fuese un valiente guerrero, un hermoso campeón, que amase a la Zarevna y se hiciese amar de ella. Pero el asunto del amor no era tan fácil, pues ofrecía una gran dificultad: la Zarevna no amaba a nadie. Cuando su padre el Zar le hablaba de un pretendiente, siempre contestaba ella: “¡No lo amo!” Si su madre la Zarina le indicaba a alguien, siempre contestaba: “¡No es guapo!”. Por fin el Zar y la Zarina le dijeron:
—Querida hija y mimada niña, más de tres veces bella Zarevna Baktriana, ha llegado el tiempo de que elijas esposo. Pon tus ojos en los pretendientes que te rodean; los reales e imperiales embajadores están todos en la corte; se han comido todos los pasteles y han dejado seca la bodega, y ¡aun no has elegido el amado de tu corazón!
Entonces la Zarevna les dijo:
—Mi soberano papá y mi soberana mamá, me aflige vuestra pena, y de buena gana os obedecería; pero permitid que la suerte decida quién es mi prometido. Erigidme un aposento a la altura de treinta y tres pisos con una ventana saliente encima. Yo, la Zarevna, me sentaré en ese aposento junto a la ventana y vosotros mandad publicar una proclama. Que todo el mundo acuda: Zares, Reyes, Zareviches, Príncipes, adalides, jóvenes valientes, y el que dé un brinco hasta mi ventana en su bravo corcel y cambie los anillos conmigo, ése será mi esposo y vuestro hijo y sucesor.
El Zar y la Zarina siguieron el consejo de su prudente hija.
—¡Está bien! —dijeron.
Mandaron construir una torre de treinta y tres pisos, de fuertes vigas de roble, y adornaron el aposento de la Zarevna con graciosos relieves y con brocados venecianos y tapicerías de perlas y de oro, y lanzaron pregones y soltaron palomas mensajeras, y mandaron embajadores a todos los reinos, convocando a todos los caballeros para que acudiesen al imperio del Zar Gorokh y de la Zarina Morkovya, para que quien llegase de un brinco, en su magnífico corcel, al aposento de la hija y cambiase los anillos con la Zarevna Baktriana, la tomase como esposa y heredase con ella el trono, ya fuese Zar o Rey, Zarevitz o Príncipe, o aunque no fuese más que un libre y esforzado cosaco sin cuna ni linaje.
Llegó el día señalado y la gente se aglomeró en los prados donde se levantaba el aposento de la Zarevna, que parecía cuajado de estrellas, y ella misma se dejó ver en la ventana, ataviada con las más ricas prendas y refulgente de piedras preciosas. La multitud producía un rumor de admiración semejante al de un gran océano. El Zar y la Zarina ocuparon su trono y a su lado se colocaron sus magnates, sus boyardos, sus capitanes y campeones. Llegaban los pretendientes de la Zarevna Baktriana galopando, haciendo cabriolas, pero cuando veían tan alto el aposento, desmayaban sus corazones. Se esforzaban en quedar bien, corrían, tomaban velocidad y daban un brinco; pero caían al suelo como costales llenos, provocando la risa de la muchedumbre.
En aquellos días en que los pretendientes de la Zarevna Baktriana hacían lo posible para conquistarla, se les ocurrió a los hermanos de Iván el tonto ir también a ver la diversión. Se arreglaron, pues, para salir y Iván el tonto les dijo:
—¡Llevadme con vosotros!
—¡Calla, tonto! —le contestaron—. Quédate en casa a cuidar de las gallinas. ¿Qué has de hacer tú allí?
—¡Tenéis razón! —dijo él, y fue al gallinero y se tumbó en el suelo.
Pero cuando sus hermanos se hubieron alejado, Iván el tonto salió a la llanura y gritó con voz de guerrero y silbó con silbido de héroe:
—¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!.
Y he aquí que el fogoso caballo se acercaba corriendo haciendo temblar la tierra y echando fuego por los ojos y nubes de humo por las orejas, y se detuvo y preguntó con voz humana:
—¿En qué puedo servirte?
Iván el tonto se introdujo en una oreja, se bañó, se peinó y salió por la otra oreja tan joven y hermoso, que no hay lengua que pueda expresarlo ni pluma que pueda describirlo ni imaginación que pueda imaginarlo. Montó en su buen caballo y golpeó sus lomos con un látigo de plata de Samarcanda, y el fogoso caballo se encabritó y corrió saltando por encima de los bosques y por debajo de las nubes, y cuando llegaba a los grandes ríos los cruzaba nadando y cuando llegaba a los riachuelos los barría con la cola y alargaba las patas y pasaban por debajo las montañas. Y Iván el tonto vio la torre de la Zarevna Baktriana, se lanzó al espacio como un radiante halcón y de un brinco pasó rozando el piso treinta y uno y desapareció de la vista como una exhalación, dejando, detrás un viento de tempestad. La gente rugía:
—¡Detenedlo! ¡Paradlo!
El Zar dio un brinco en su trono. La Zarina lanzó una exclamación. La gente se quedó atónita.
Los hermanos de Iván el tonto volvieron a casa y comentaban lo sucedido:
—¡Ése era un verdadero campeón! ¡Sólo le faltaban dos pisos para llegar a la ventana!
—¡Pues ése era yo, hermanos! —dijo Iván el tonto.
—Conque tú, ¿eh? ¡Calla, tonto, y vete a la estufa a avivar el fuego!
Al día siguiente los hermanos se dispusieron a asistir a los festejos del Zar y Iván el tonto les dijo:
—¡Llevadme con vosotros!
—¡Calla, tonto! —contestaron los hermanos—. ¡Quédate en casa para ahuyentar los gorriones de los guisantes como un espantajo! ¿Qué tienes tú que hacer allí?
—¡Tenéis razón! —dijo él, y fue al plantío de guisantes y ahuyentó los gorriones.
Pero cuando los hermanos se hubieron alejado, Iván el tonto corrió a la llanura, gritó con voz de guerra y lanzó un silbido heroico:
—¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!.
Y he aquí que el fogoso corcel llegó corriendo y haciendo temblar la tierra y levantando haces de chispas de sus veloces herraduras; sus ojos lanzaban llamas y de sus orejas salían nubes de humo.
—¿Qué quieres?
Iván el tonto entró por una oreja y salió por otra tan joven y de tan bello aspecto que ni puede describirse ni puede imaginarse; montó el bravo animal y golpeó sus piernas con un látigo circasiano. Y el caballo emprendió veloz carrera saltando por encima de los bosques y por debajo de las nubes, y a cada brinco avanzaba una legua larga. Al segundo brinco pasó por el río, y al tercer brinco llegó ante la torre de la Zarevna. Entonces se lanzó al aire como una águila, con tal ímpetu, que llegó al piso treinta y dos y pasó de largo como un huracán. La gente gritó:
—¡Detenedlo! ¡Paradlo!
El Zar dio un brinco en su trono y la Zarina lanzó una exclamación, los príncipes y los boyardos se quedaron con la boca abierta.
Los hermanos de Iván el tonto volvieron a casa y comentaron:
—Ese joven guerrero de hoy se ha portado mejor que el de ayer. ¡Sólo le faltaba un piso para llegar a la ventana!
—¡Pues, hermanos ése era yo! —dijo Iván el tonto.
—¡Cierra el pico! Conque tú, ¿eh? ¡Vete a la estufa y no digas sandeces!
Al tercer día, los hermanos de Iván el tonto se arreglaron para asistir al gran espectáculo, y Iván el tonto les dijo:
—¡Llevadme con vosotros!
—¿Nosotros ir con un tonto como tú? ¡Quédate en casa y da de comer a los cerdos! ¿Qué te has creído?
— ¡Cómo queráis!
Fue a la pocilga, y dio de comer a los cerdos, pero cuando los hermanos se hubieron alejado, saló a la llanura y llamó con su voz guerrera y con un silbido heroico:
—¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!.
Y he aquí que llegó la fogosa montura, haciendo temblar la tierra y abriendo una fuente donde tocaban las patas delanteras y apareciendo un lago donde tocaban las traseras, y lanzando llamas por los ojos y nubes de humo por las orejas.
—¿Qué quieres? —preguntó con voz humana.
Iván el tonto entró por una oreja y salió por otra convertido en un apuesto guerrero y más hermoso de lo que puede uno representar en sueños. Montó a caballo, empuñó las riendas, golpeó a su montura en el rabo y el brioso corcel salió volando más veloz que el viento, y en un abrir y cerrar de ojos, llegó ante la torre de Zarevna. Entonces el jinete azotó con el látigo las costillas de la cabalgadura y ésta se levantó como una serpiente enfurecida, y de un brinco alcanzó la ventana donde se asomaba la Zarevna Baktriana. Iván el tonto le tomó en sus manos de héroe, besó sus labios de miel, cambió con ella los anillos, y fue arrebatado como por un huracán hacia los prados, arrollando cuanto hallaba a su paso. La Zarevna sólo tuvo tiempo de incrustar en su frente un brillante como una estrella porque el poderoso guerrero se desvaneció enseguida de su vista. El Zar se levantó lleno de admiración, la Zarina, lanzó un grito de sorpresa y los magnates se retorcían las manos sin proferir palabra.
Los hermanos de Iván el tonto llegaron a su casa y se pusieron a discutir sobre lo que habían visto:
—El campeón de hoy ha sido el mejor y él es el novio de la Zarevna. Pero ¿quién es?
—¡Pues, hermanos, ése era yo! —dijo Iván el tonto.
—¡Cállate de una vez! ¿Qué habías de ser tú? Vete a la estufa a avivar el fuego y no te metas en nuestras conversaciones.
Pero el Zar Gorokh mandó cercar la ciudad poniendo estrecha vigilancia y permitiendo la entrada a todo el mundo, pero prohibiendo que nadie saliese, luego publicó un bando ordenando, bajo pena de muerte, que todos los habitantes de la ciudad, ancianos y jóvenes, fuesen a la corte del Zar a rendirle homenaje, esperando encontrar la persona en cuya frente luciese el brillante que su hija la Zarevna había incrustado en la de su prometido.
Desde las primeros horas del día la gente empezó a acudir a la corte, y a todos les miraban la frente, pero en ninguna frente aparecía la estrella. Llegó la hora de la comida, pero en las salas del palacio no se veía ninguna mesa puesta. También los hermanos de Iván el tonto fueron a enseñar su frente, obedeciendo la orden del Zar, y Iván el tonto les dijo:
—¡Llevadme con vosotros!
—¿Llevarte? —le contestaron—. ¡Siéntate en tu rincón y caza moscas! ¿Pero cómo es que tienes la cabeza vendada con esos trapos? ¿Te la has lastimado?
—Ayer, cuando estabais fuera, andaba distraído y me di un golpe con la puerta. La puerta no se hizo daño, pero a mí me salió un chichón en la frente.
En cuanto los hermanos hubieron salido, Iván el tonto fue a pasar por debajo de la ventana donde estaba sentada la Zarevna con el corazón turbado. Los soldados del Zar lo vieron y le preguntaron:
—¿Por qué llevas vendada la frente? ¡Quítate esos trapos, que la veamos! ¿No hay una estrella en tu frente?
Iván el tonto no quiso quitarse las vendas y los soldados armaron un escándalo que atrajo la atención de la Zarevna y ésta ordenó que le llevasen al joven a su presencia, le quitó el vendaje de la frente y allí encontró la estrella. Cogió a Iván el tonto por la mano y lo condujo a presencia del Zar Gorokh.
—¡Mira, querido y soberano papá, éste es mi prometido esposo y tu yerno y sucesor!
No había más que decir. El Zar ordenó que se sirviera el banquete y Iván el tonto y la Zarevna se casaron, celebraron la boda durante trece días y se divirtieron de lo lindo. El Zar nombró a los hermanos de Iván el tonto capitanes de su ejército y les regaló una aldea y una casa a cada uno.
Los hermanos de Iván el tonto eran listos, y cuando fueron ricos, no es de admirar que todos los tomaran por sabios. Y cuando se vieron encumbrados empezaron a mostrarse altivos y orgullosos, no permitían que la gente del pueblo entrara en su patio y obligaban a los cortesanos y a los boyardos a descubrirse cuando llegaban a la escalera. A tal punto llegó su soberbia, que los boyardos fueron a ver al Zar y le dijeron:
—Soberano Zar, los hermanos de tu yerno se jactan de saber dónde crece el manzano de hojas de plata y de manzanas de oro y desean traértelo como presente.
El Zar mandó comparecer a los hermanos de Iván el tonto y les dijo que fueran a buscarle el manzano de las hojas de plata y de las manzanas de oro, y, como nada tenían que replicar, se vieron obligados a obedecer. El Zar les mandó escoger los mejores caballos de su establo y ellos emprendieron el viaje en busca del manzano de las hojas de plata y de las manzanas de oro. Y al cabo de unos días, Iván el tonto se levantó, montó en su jamelgo, de cara a la grupa, y salió de la ciudad. Al llegar a campo abierto cogió su rocín por la cola, lo tiró al suelo y gritó:
—¡Venid, cuervos y milanos, aquí tenéis con qué desayunar!
Enseguida llamó a su caballo, le entró por una oreja, le salió por otra, y el caballo lo llevó a Oriente, donde crece el manzano de hojas de plata y manzanas de oro, en un terreno de arenas de oro. Lo arrancó de raíz y regresó; pero antes de llegar a la ciudad del Zar Gorokh, levantó su tienda con el mástil de plata en el campo y se echó a dormir. Y he aquí que sus hermanos volvían por aquel camino con las narices caídas y sin saber que excusa dar al Zar de su fracaso, y acertaron a ver la tienda y junto a ella el manzano, y despertaron a Iván el tonto y empezaron a regatear con él ofreciéndole por el árbol tres carretadas de plata.
—El manzano es mío, caballeros, y no se compra ni se vende, pero se da por un capricho. Un capricho no es gran cosa. ¡Dadme los dos un dedo del pie derecho y trato concluido!
Los hermanos hablaron entre sí, pero no tuvieron más remedio que acceder. Iván el tonto les cortó un dedo del pie derecho a cada uno y les entregó el manzano, que ellos llevaron al Zar.
—¡Mira, oh Zar! —le dijeron en tono jactancioso.— Hemos tenido que andar mucho, hemos sufrido grandes penalidades; pero hemos satisfecho tu deseo.
El Zar estaba encantado. Organizó festejos en honor de los hermanos, mandó anunciar su hazaña al son de trompetas y tambores y les regaló una villa a cada uno, elogiando la lealtad con que le habían servido.
Luego, los otros cortesanos y boyardos le dijeron:
—No es tan gran servicio como te parece el manzano de hojas de plata y de manzanas de oro. Los hermanos de tu yerno se jactan de que son capaces de ir al Cáucaso y traerte la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones.
El Zar mandó comparecer a los hermanos de Iván y les dijo que fueran a buscarte la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones, y como nada tenían que replicar, se vieron obligados a obedecer. Y emprendieron el viaje en busca de la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones. Y oportunamente, Iván el tonto se levantó, montó en su vaca de cara a la grupa y salió de la ciudad. Cuando estuvo en campo abierto cogió la vaca por la cola y la derribó gritando:
—¡Venid corriendo, lobos grises y preciosas zorras! ¡Aquí tenéis una buena comida!
Luego llamó a su corcel, le entró por una oreja y le salió por la otra, y el caballo lo llevó a las tierras del Sur y lo introdujo en una espesa selva donde la guarra de cerdas de oro estaba arrancando raíces con sus colmillos de plata, rodeada de veinte lechones. Iván el tonto sujetó a la guarra con una lazada de seda, colgó los lechones del arzón de su silla y emprendió el regreso, y cuando ya estaba cerca de la ciudad de Gorokh, levantó su tienda con el mástil de plata y se echó a dormir. Y he aquí que sus hermanos, que regresaban cabizbajos por aquel camino, sin saber qué excusa presentar al Zar, acertaron a ver la tienda y junto a la tienda estaba atada al lazo de seda la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones, y despertaron a Iván el tonto y empezaron a regatear con él, ofreciéndole por la guarra tres sacos de piedras preciosas.
—La guarra es mía, caballeros, y no se compra ni se vende; pero se da por un capricho. Un capricho no es gran cosa. ¡Dejaos cortar un dedo de la mano y trato concluido!
Los hermanos hablaron entre sí y se dijeron: “¿Si un hombre puede vivir sin seso, por qué no ha de vivir sin dedos?” Y dejaron que Iván el tonto les cortara un dedo a cada uno, y él les entregó la guarra que se apresuraron a ofrecer al Zar, dándoselas de valientes.
—Zar —le dijeron,— hemos viajado por mares inmensos, hemos atravesado bosques impenetrables, hemos cruzado desiertos arenosos, hemos sufrido frío y hambre; pero hemos satisfecho tu deseo.
El Zar estaba lleno de gozo al contar con tan fieles servidores, dio un banquete a todo el mundo, premió a los hermanos de Iván el tonto nombrándolos boyardos y no se cansaba de elogiarlos.
Entonces, los otros cortesanos y boyardos le dijeron:
—No es tan gran servicio como te parece, ¡oh, Zar! traerte la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones. Una guarra es una guarra aquí y en todo el mundo, aunque tenga cerdas de oro. Pero los hermanos de tu yerno se jactan de poderte hacer un mayor servicio. Dicen que son capaces de traerte del establo de la Serpiente Goruinich el caballo de crines de oro y cascos de diamantes.
El Zar mandó comparecer a los hermanos de Iván el tonto y les dijo que fueran a buscarle a los establos de la Serpiente Goruinich el caballo de las crines de oro y cascos de diamante. Los hermanos protestaron, jurando que nunca habían dicho tales palabras, pero el Zar no quiso escucharlos.
—Tomad —les dijo— de mis tesoros cuanto necesitéis y de mis ejércitos la fuerza que queráis, y traedme el caballo de las crines de oro y cascos de diamantes. Sois los primeros en mi reino pero si no me lo traéis, os degradaré y os reduciré a la condición de pelagatos.
Con esto, aquellos buenos guerreros, aquellos campeones inútiles, emprendieron el viaje, arrastrando los pies y sin saber adónde dirigirse. Oportunamente, Iván el tonto se levantó y a horcajadas en su bastón, salió al campo descubierto, llamó a su caballo, le entró por una oreja y le salió por la otra y el caballo lo llevó a las tierras de Poniente, hacia la gran isla donde la Serpiente Goruinich guardaba en su establo de hierro, bajo siete cerrojos, bajo siete puertas, el caballo de las crines de oro y de los cascos de diamantes. Después de mucho viajar, subiendo y bajando, avanzando y retrocediendo, Iván el tonto llegó a la isla, luchó tres días con la Serpiente hasta que la mató; pasó tres días más descerrajando las puertas y derribándolas, cogió el caballo por la crin y emprendió el regreso. Pero a pocas leguas de la ciudad, levantó su tienda con el mástil de plata y se echó a dormir. Y he aquí que sus hermanos volvían por el mismo camino, sin saber qué decir al Zar Gorokh. De pronto uno de ellos notó que la tierra temblaba. Era que el caballo de crines de oro estaba piafando. Miraron a todos lados y vieron una luz como de antorcha encendida a lo lejos. Era la crin del caballo que brillaba como el fuego. Se detuvieron, despertaron a Iván el tonto y empezaron a regatear por el caballo ofreciéndole por él, cada uno, un saco de piedras preciosas.
—El caballo es mío, caballeros, y no se compra ni se vende; pero se da por un capricho. Pero un capricho no es gran cosa. ¡Dejadme que os corte una oreja y trato hecho!
Los hermanos dejaron que su hermanito les cortara una oreja, y él les entregó el caballo de las crines de oro y no cesaban de darse tono, contando tales embustes que a los que escuchaban les dolían los oídos de oírlos.
—Hemos ido —dijeron al Zar— más allá de la tierra de Tres Veces Diez, más allá del gran Océano; hemos luchado con la Serpiente Garuinich que por cierto nos arrancó una oreja, como puedes ver; pero todo nos parece poco, pues por servirte nadaríamos en ríos de sangre, sacrificaríamos los brazos, las piernas y toda nuestra vida.
En su alegría, el Zar los colmó de riquezas, les nombró los primeros de sus boyardos y dio tal banquete, que las cocinas del palacio fueron insuficientes, aunque estuvieron cociendo y asando en ellas durante tres días, y las bodegas se quedaron secas, y en el banquete, el Zar colocó a uno de los hermanos de Iván el tonto a su derecha y al otro a su izquierda. Y el banquete transcurría en completa alegría y los invitados estaban ya casi hartos, y animados por el vino, hablaban produciendo un ruido como de colmena, cuando vieron entrar a un apuesto guerrero, que no era otro que Iván el tonto, vestido como el día en que dio, montado en su corcel, el brinco de treinta y tres pisos. Y cuando sus hermanos lo vieron, el primero estuvo a punto de atragantarse con el vino que bebía, y por poco se ahoga el otro con un trozo de ganso que en aquel momento se llevaba a la boca, y dejaron caer las manos y se quedaron girando los ojos, sin saber qué decir. Iván el tonto hizo una profunda reverencia ante su suegro, el Zar, y le contó cómo había ido en busca del manzano de hojas de plata y de manzanas de oro, y de la guarra de cerdas de oro, dientes de plata y veinte lechones, y del caballo de crines de oro y cascos de diamantes, y enseñó los dedos de los pies y de las manos y las orejas por los que había cambiado todas aquellas cosas con sus hermanos.
El Zar Gorokh se encolerizó en gran manera y golpeó el suelo con los pies. Ordenó que sacaran de allí a escobazos a los hermanos de Iván el tonto y al primero lo mandó a la pocilga a cuidar de los cerdos y al segundo al gallinero a cuidar de las aves de corral.
A Iván el tonto lo sentó a su lado y lo nombró jefe de todos sus boyardos, y capitán de sus capitanes. Y siguieron el festín con más alegría que antes hasta que se lo comieron y se lo bebieron todo. Y Iván el tonto empezó a gobernar el reino, y sus leyes fueron sabias y terribles, y cuando murió su suegro se sentó en el trono. Tuvo muchos hijos y sus súbditos lo amaban como a un padre y sus vecinos le temían, pero la Zarevna Baktriana era tan hermosa en su vejez como lo fuera en su juventud.

FIN


Referencia: Ivan el tonto