El genio de la estepa – Alekandr Nikoalevich Afanasiev [Cuento folclórico ruso]

En aquellos remotos tiempos vivían un rey y una reina. El rey era anciano y la reina, joven. Aunque se querían mucho eran muy desgraciados porque Dios no les había dado descendencia. Tan apenada estaba la reina, que cayó enferma de melancolía y los médicos le aconsejaron viajar para disipar su mal. Como al rey lo retenían sus asuntos en su reino, ella emprendió el viaje sin su real consorte y acompañada por doce damas de honor, todas doncellas, jóvenes y hermosas como flores de mayo. Al cabo de unos días de viaje llegaron a una desierta llanura que se extendía tan lejos, tan lejos, que parecía tocar el cielo. Después de mucho andar sin dirección fija de una parte a otra, el cochero se desorientó por completo y se detuvo ante una gran columna de piedra, a cuyo pie había un guerrero, jinete en un caballo y armado de punta en blanco.

—Valeroso caballero —le dijo,—¿puedes indicarme el camino real? Nos hemos perdido y no sé por dónde seguir.

—Os mostraré el camino —dijo el guerrero—, pero con la condición de que cada una de vosotras me deis un beso.

La reina dirigió al guerrero una mirada de indignación y ordenó al cochero que siguiese adelante. El coche siguió rodando casi todo el día, pero como si estuviera embrujado, volvió a detenerse ante la misma columna. Entonces fue la reina la que dirigió la palabra al guerrero.

—Caballero -le dijo,—muéstranos el camino y te recompensará con largueza.

—Yo soy el Genio Superior de la Estepa —contestó él.—Exijo un tributo por enseñar el camino y el tributo siempre es un beso.

—Perfectamente, mis doce damas de honor te pagarán.

—Trece besos hay que darme, y el primero ha de ser de la dama que me hable.
La reina montó en cólera y otra vez intentaron encontrar el camino sin ayuda ajena. Pero aunque esta vez el coche salió en dirección opuesta, al cabo de un rato se hallaron ante la misma columna. Oscurecía y era preciso buscar un refugio donde pasar la noche, de modo que la reina se vio obligada a pagar al caballero su extraño tributo. Bajó de la carroza, se acercó al caballero y mirando modestamente al suelo, le permitió que le diera un beso; sus doce damas de compañía la siguieron e hicieron lo mismo. Inmediatamente desaparecieron columna y caballero y ellas se encontraron en el verdadero camino, mientras una nube como de incienso flotaba sobre la estepa. La reina subió a la carroza con sus damas y continuaron el viaje.

Pero, desde aquel día, la hermosa reina y sus doncellas estuvieron tristes y pensativas, y como el viaje perdió para ellas todo su atractivo, volvieron a la ciudad. Ni en su mismo palacio se sintió feliz la reina, pues siempre se le representaba, como si lo estuviera viendo, el Caballero de la Estepa. Esto disgustó al rey de tal manera, que se mostró desde entonces tétrico y violento.

Un día que el rey ocupaba su trono en la sala de consejo, le llegó un rumor de tiernos gorjeos, como los que produce un ave del paraíso, contestados por un coro de ruiseñores. Sorprendido, quiso saber qué era aquello y el mensajero volvió diciendo que la reina y las doce damas de honor acababan de ser obsequiados cada una con una niña y que los dulces gorjeos que se oían eran los balbuceos de las criaturas. El rey se quedó pasmado al oír tal nueva y aun estaba sumido en hondos pensamientos cuando, súbitamente, el palacio se iluminó como si hubieran encendido luces deslumbradoras. Al preguntar la causa de aquello, le dijeron que la princesita acababa de abrir los ojos y que estos brillaban como antorchas celestiales.

El rey estaba tan sobrecogido de pasmo, que durante algún tiempo no pudo decir palabra. Lloraba y reía, dominado a un tiempo de pesar y de alegría, y en esto le anunciaron una comisión de ministros y senadores. Cuando todos se hallaron en su presencia, cayeron de rodillas y, golpeando el suelo con la frente, decían:

—Señor, salva a tu pueblo y salva tu real persona. El Genio de la Estepa ha obsequiado a la reina y a sus doce damas de honor con trece niñas. Te rogamos que ordenes matar a esas criaturas, o de lo contrario pereceremos todos.

El rey se encolerizó y ordenó que las trece criaturas fuesen arrojados al mar. Ya estaban los cortesanos a punto de obedecer una orden tan cruel, cuando entró la reina llorando y pálida como la muerte. Se arrojó a los pies del rey y le rogó que perdonase la vida de tan inocentes criaturas y que en vez de ahogarlas se las dejase en una isla desierta, abandonadas a la providencia divina.

El rey accedió a su deseo. Pusieron a la princesita en una cuna de oro y a sus compañeritas en cunas de cobre, llevaron a las trece a una isla desierta y allí las dejaron solas. En la corte todo el mundo las daba ya por muertas, y se decían: “Morirán de frío y de hambre; las devorarán las fieras o las aves de presa; seguramente morirán; tal vez queden sepultadas bajo hojarasca o bajo una capa de nieve”. Pero, afortunadamente, nada de esto sucedió, porque Dios vela por sus criaturas.

La princesita crecía de día en día. Cada mañana se despertaba al salirse el sol y se lavaba con el rocío. Suaves brisas la refrescaban y peinaban en hermosas trenzas sus cabellos. Los árboles la adormecían con su dulce arrullo y las estrellas velaban su sueño por la noche. Los cisnes la vestían con su blando plumaje y las abejas la alimentaban con su miel. La belleza de la princesa aumentaba a medida que crecía. Su frente era serena y pura como la luna, sus labios encarnados corno un capullo, y tan elocuentes que sonaban como una sarta de perlas. Pero su incomparable belleza estaba en sus ojos, pues cuando miraban con bondad parecía que uno flotase en un mar de delicias, cuando con enojo, se quedaba uno paralizado de miedo y convertido en un témpano de hielo. Sus doce compañeras la servían y eran casi tan encantadoras como su amita, a la que profesaban un gran amor.

La fama de la bella Princesa Sudolisu se extendió pronto por todo el mundo y de todos partes llegaba gente a verla, de modo que ya no fue aquella una isla desierta sino una ciudad magnífica y populosa.

Fueron muchos los príncipes que llegaron de muy lejos para inscribirse en la lista de pretendientes a la mano de Sudolisu; pero nadie pudo conquistar su corazón. Los que tenían buen carácter y se volvían a su tierra, desengañados y resignados, llegaban sanos y salvos; pero los que rebelándose contra su mala suerte, querían conquistarla por fuerza, veían sus soldados reducidos a polvo, y el pretendiente con el corazón helado por la mirada de enojo que le dirigía la princesa, se convertía en un témpano de hielo.

Conviene saber que el célebre ogro, Kostey, que vivía bajo tierra, era un gran admirador de la belleza, y un buen día se le ocurrió salir a ver qué hacía la gente sobre la tierra. Con la ayuda de su telescopio podía observar a todos los reyes y reinas, príncipes y princesas, señoras y caballeros, que vivían en este mundo. Mientras estaba mirando, acertó a ver una isla donde había doce doncellas que resplandecían como estrellas, en torno a una princesa que dormía sobre colchones de pluma de cisne y cuya hermosura se destacaba entre la de sus compañeras como la hermosa aurora. Sudolisu soñaba en un caballero que montaba un brioso alazán; sobre su pecho refulgía una coraza de oro y su mano empuñaba una maza invisible. La princesa admiraba en sueños al joven caballero y lo amaba más que a su misma vida. El malvado Kostey la deseaba para él y decidió raptarla. Se abrió camino hasta la superficie de la tierra golpeándola tres veces con la cabeza, pero la princesa reunió su ejército y poniéndose al frente de él, marchó con sus soldados contra el ogro. Pero éste no hizo más que lanzar un resoplido y todos los soldados cayeron en un sueño irresistible. Entonces alargó sus huesudas manos para recoger a la princesa, pero ella le dirigió una mirada de cólera y de desprecio, que lo dejó convertido en un témpano de hielo, y luego se encerró en su palacio. Kostey permaneció helado mucho tiempo y cuando volvió a la vida se lanzó en persecución de la princesa. Al llegar a la ciudad donde ella vivía infundió en todos los habitantes un sueño mágico e hizo a las doce damas de honor objeto de la misma hechicería. No se atrevió a atacar directamente a la princesa porque temía el poder de su mirada y se limitó a cercar el palacio con un muro de hierro, dejando allí como guardián un enorme dragón de doce cabezas. Y así esperó a que lo princesa se le rindiese.

Pasaron días, a los semanas siguieron meses y toda la isla de la Princesa Sudolisu seguía pareciendo un inmenso dormitorio. La gente roncaba en la calles, el valeroso ejército yacía en el campo durmiendo profundamente, oculto bajo la hierba que había crecido y le daba sombra humedeciendo y cubriendo de orín sus armas. Dentro del palacio, todo seguía lo mismo. Las doce damas de honor continuaban inmóviles, y sólo la princesa vivía vigilante en aquel reino de sueño. Se paseaba de un lado a otro, suspirando y derramando lágrimas amargas, sin que ningún otro ruido rompiera el silencio; sólo de vez en cuando, Kostey que evitaba su mirada, golpeaba la puerta rogando que no lo rechazase por más tiempo. Le prometía hacer de ella la Reina del Mundo Inferior, pero ella no contestaba.

Sola y contristada, no hacía más que pensar en el príncipe de sus sueños. Lo veía revestido en su armadura de oro y montado en su brioso corcel, mirándola con sus ojos de amor. Así se lo imaginaba día y noche.

Un día se asomó a la ventana y viendo una nube que flotaba sobre el horizonte, gritó:

“Nube blanca y serena,
Peregrina de¡ cielo,
Detén tu lento vuelo
y contempla mi pena.
¿Puedes decirme dónde mi amor está
Y si piensa de mi bien o piensa mal?.”

—Lo ignoro -contestó la nube,—pregúntalo al viento.

Entonces vio una ligera brisa que jugaba con las flores de¡ campo, y la llamó diciendo:

“Céfiro de la calma,
Contempla mi dolor,
Y refresca mi alma
Que se abrasa de amor.
¿Puedes decirme dónde mi amor está
Y si piensa de mi bien o piensa mal?.”

Pregunta a esa estrellita que brilla en el firmamento —contestó la brisa;—ella sabe más que yo.

Sudolisu levantó sus bellos ojos a la estrella titilante y dijo:

“Estrella, luz celeste,
¿Podrías encontrar
Otro dolor como este
Que me hace suspirar?
¿Puedes decirme dónde mi amor está
Y si piensa de mi bien o piensa mal?.”

La luna está más enterada que yo —contestó la estrella;—vive más cerca de la tierra y ve cuanto en ella pasa.

La luna acababa de levantarse de su lecho de plata y Sudolisu le gritó:

“Perla del cielo, luna lunera,
A las estrellas no mires más,
Pon en mis ojos tu vista entera
Y un mar de penas alumbrarás.
Por mi amor sufro. Consuélame y di
Si, como yo, él me quiere y piensa en mí.”

Princesa —replicó la luna,—no sé nada de tu amor. Espera unas horas que saldrá el sol. El lo sabe todo y podrá contestarte.

La princesa fijó su vista en la parte del cielo por donde sale el sol ahuyentando los tinieblas como a una bandada de pájaros. Y cuando apareció en todo su esplendor le dijo:

“Alma del mundo, fuente de vida,
Omnipotente luz del Eterno,
Entra en la cárcel donde, afligida,
Sufre mi alma penas de infierno.
Tú que todo lo ves, ¿puedes anunciarme
Si pronto vendrá el amado a libertarme?.”

—Dulce Sudolisu —contestó el sol,—seca esas lágrimas que ruedan como perlas por tus tristes y hermosas mejillas. Apacigua tu inquieto corazón, que el Príncipe, tu amado, viene a rescatarte. Ha recibido el anillo mágico del Mundo Inferior y se han reunido muchos ejércitos de esas regiones para seguirle. En este momento se dirige al palacio de Kostey con intención de castigarlo. Pero no lograría sus propósitos y Kostey obtendría la victoria si tu príncipe no utilizase los medios de que ahora voy a proveerle. Adiós. Se valiente, tu amado vendrá en tu ayuda y te librará de los hechizos de Kostey; una vida de felicidad os espera.

El sol subió entonces a una tierra distante, donde el Príncipe Junak, montado en su brioso corcel y luciendo su armadura de oro, reunía a sus huestes para combatir contra el gigante. Tres veces había soñado con la hermosa princesa cautiva en su Palacio del Sueño, porque la fama de su hermosura había llegado a su noticia y la amaba sin haberla visto.

—Deja aquí tu ejército -dijo el sol,—sería inútil pelear contra Kostey , que está a prueba de todas las armas. Sólo matándolo podrás rescatar a la princesa, y sólo hay una persona que puede decirte cómo hacerlo: la hechicera Yaga. Te diré dónde hallarás el caballo que te conduzca hasta ella. Sigue el camino que va hacia el Este y anda hasta que llegues a una planicie; en medio de esta planicie hay tres robles y en el centro de estos, a ras de tierra hay una puerta de hierro con una anilla de cobre. Detrás de la puerta está el caballo y a su lado hallarás una maza invisible; ambas cosas son necesarios para lo que has de hacer. Ya sabrás luego lo demás. Adiós.

El consejo dejó al Príncipe tan admirado, que apenas sabía lo que hacer. Después de reflexionar, se santiguó, se sacó del dedo el anillo mágico y lo arrojó al mar. Inmediatamente se disipó el ejército como el humo y cuando ya no quedaba ni rastro de él, emprendió el camino hacia el Este. Después de caminar ocho días llegó a una planicie cubierta de hierba en cuyo centro se levantaban tres robles, y en el centro de éstos, a ras de tierra había una puerta de hierro con una anilla de cobre. Abrió la puerta y bajó por una escalerilla que conducía a otra puerta de hierro, la cual abrió con un puntal de sesenta libras de peso. En aquel momento oyó el relincho de un caballo, seguido de un ruido de otras once puertas de hierro que se abrían. Allí estaba el caballo que hacía siglos había sido encantado por un hechicero. El Príncipe silbó e inmediatamente, el caballo acudió rompiendo las doce cadenas de hierro que lo sujetaban al pesebre. Era un hermoso animal, fuerte, ligero, lleno de fogosidad y de gracia; sus ojos brillaban como relámpagos y por sus narices lanzaba chorros de fuego; su crin parecía una nube de oro. Era un caballo maravilloso.

—Príncipe Junak —dijo el corcel,—hace siglos que esperaba un jinete como tú. Heme aquí dispuesto a llevarte y a servirte fielmente. Súbete a mis lomos y empuña la maza que pende del arzón de la silla. No hace falta que la manejes tú mismo, dale tus órdenes y ella irá a cumplirlas y peleará por ti. ¡Y ahora partamos y que Dios nos acompañe! Dime adónde quieres ir y estarás allí al momento.

En cuatro palabras, el Príncipe contó su historia al caballo, empuñó la maza y emprendió veloz carrera. El animal cabrioló, galopó, voló y hendió los aires a más altura que los más altos bosques, pero manteniéndose siempre por debajo de las nubes; cruzó montañas, ríos y precipicios; apenas tocaba las puntas de las hierbas al pasar sobre ellas y corría tan ligeramente por los caminos, que no levantaba ni un átomo de polvo.

Hacia la caída del sol, Junak se hallaba ante un bosque inmenso, en mitad del cual se alzaba la casita de Yaga, rodeada de robles y de pinos centenarios que no conocían el hacha del leñador. Los enormes árboles, dorados por los rayos del sol, parecían erguir sus copas, mirando con sorpresa a sus extraños visitantes. Reinaba un silencio absoluto. Ni un pájaro cantaba en las ramas, ni un insecto zumbaba en el aire, ni un gusano se arrastraba por la tierra. El único ruido era el del caballo abriéndose paso entre el follaje. Por fin llegaron ante una casita sostenida por una pata de gallo sobre la que giraba como un torno.

El Príncipe Junak gritó:

“Da la vuelta, casita, da la vuelta,
Gira, que quiero entrar;
Vuélvete de espalda al espeso bosque
Y ábreme la puerta de par en par.”

La casita giró, y al entrar, el Príncipe vio a la vieja Yaga, que lo recibió exclamando:

—¡Hola, Príncipe Junak! ¿Cómo has llegado hasta aquí, donde nunca entra nadie?

—¡No seas necia, bruja! ¿Por qué has de aburrirme a preguntas antes de obsequiarme? —replicó el Príncipe.

Al oír esto, la vieja Yaga dio un brinco y se apresuró a llenar de atenciones a su huésped. Le preparó una cena espléndida y un lecho blando para que durmiese bien y luego salió ella de casa y pasó la noche afuera. Al día siguiente, el Príncipe le contó sus aventuras y le expuso sus planes.

—Príncipe Junak —dijo ella,—has acometido una empresa dificilísima, pero tu valor hará que la termines con éxito. Te diré cómo has de dar muerte a Kostey , pues sin esto nada puedes hacer. En medio del Océano está la Isla de la Vida Eterna. En la isla crece un roble y al pie de éste, escondida bajo tierra, hay un arca forrada de hierro. En el arca está encerrada una liebre y bajo ella hay una oca que tiene un huevo. Dentro del huevo está la vida de Kostey . Cuando se rompa morirá el gigante. Adiós, Príncipe Junak, anda y no pierdas tiempo. Tu caballo te llevará a la isla.

Junak montó su caballo, le dijo unas palabras al oído y el noble animal se lanzó al espacio, veloz como una flecha. Pronto dejaron lejos el inmenso bosque con sus gigantescos árboles y llegaron a la orilla del mar. Unas redes estaban tendidas en la arena y un pez grande, que se debatía y forcejaba por librarse de una de ellas, habló al Príncipe con voz humana:

—Príncipe Junak —le dijo apenado,—líbrame de estas redes y te aseguro que no te dolerá el favor que me hagas.

Junak accedió al ruego, y dejó el pez en el agua. El animal nadó y desapareció de la vista, pero el Príncipe pronto olvidó el incidente, preocupado con sus propios pensamientos. Lejos muy lejos se veían los peñascos de la Isla de la Vida Eterna; pero no daba en la manera de llegar hasta allí. Apoyado en su maza, no hacía más que pensar y pensar y cada vez estaba más triste.

—¿Qué te pasa, Príncipe Junak? ¿Te ha ofendido alguien? —le preguntó el caballo.

—¿Cómo quieres que no esté triste, si tengo la isla a la vista y no puedo pasar de aquí? ¿Cómo vamos a cruzar el mar?

—Súbete a mis lomos, príncipe, y te serviré de puente. El caso es que te agarres bien.

El príncipe se agarró fuertemente a su cabalgadura y el caballo saltó al mar. Al principio se hundió bajo las olas, pero no tardó en salir a la superficie nadando con suma facilidad. El sol llegaba a Poniente cuando el Príncipe desmontó en la Isla de la Vida Eterna. Lo primero que hizo fue quitar al caballo los arreos para que paciese cómodamente en la verde hierba, y en seguida se dirigió corriendo a la cima de una distante colina, donde podía ver desde la playa un grandioso roble. Se dirigió al árbol sin rodeos, lo cogió con ambas manos, lo sacudió con toda su alma y después de hacer los más violentos esfuerzos, lo arrancó de cuajo, de donde había estado arraigado durante siglos. El árbol se derribó gimiendo y en el lugar donde había echado las raíces apareció un hoyo en cuyo fondo se veía un arca forrado de hierro. El príncipe la sacó, rompió la cerradura con una piedra, la abrió y apresó la liebre que trataba de escaparse. La oca que estaba debajo emprendió el vuelo hacia el mar. El príncipe le disparó una flecha, la hirió, el ave dejó caer el huevo el mar, y huevo y ave desaparecieron tragados por las olas. Junak lanzó un grito de desesperación y corrió hacia la orilla. El Príncipe nada pudo ver, pero al cabo de unos minutos, notó una agitación del agua y vio que a él se dirigía nadando en la superficie, el pez al que había salvado. El animal llegó hasta la arena, y depositó o los pies del Príncipe el huevo perdido diciendo:

—Ya ves, Príncipe, que no he olvidado tu bondad, y ahora aprovecho la oportunidad de pagarte el favor que me has hecho.

Y dicho esto, desapareció en el fondo del mar. El Príncipe cogió el huevo, montó a caballo, y luego de cruzar el mar con el corazón lleno de esperanza, se dirigió a la isla donde la Princesa Sudolisu velaba el sueño de sus súbditos en su Palacio Encantado. Estaba el palacio cercado de un muro y guardado por el Dragón de Doce Cabezas. Éstas dormían por turno, seis cada vez, de modo que era imposible hallarlo desprevenido ni matarlo, porque sólo podía morir por sus propios golpes.

Al llegar a las puertas de¡ palacio, Junak mandó a su maza que se adelantase para abrirle camino, y en efecto, la maza se arrojó sobre el Dragón y empezó a machacarle las cabezas sin contemplaciones. Tan formidables eran los golpes que descargaba, que en un momento quedó el Dragón hecho pedazos. Aun vivía y se retorcía y agitaba el aire con sus garras y abría sus doce fauces de las que salían otras tantos lenguas como lanzas de fuego; pero no podía coger nunca la maza, y por fin, atormentado y lleno de rabia se clavó él mismo sus afiladas zarpas y murió.

El Príncipe, entonces, atravesó las puertas del palacio y después de dejar su fiel caballo en el establo, se dirigió, armado con su maza, a la torre donde la princesa estaba encerrada. Al verlo ella, exclamó:

—Príncipe, he tenido el placer de ver tu victoria sobre el Dragón. Aun hay que vencer a un enemigo más temible, a mi carcelero, el cruel Kostey . Guárdate de él, pues si te matase, me arrojaría por la ventana a lo hondo del precipicio.

—Tranquilízate, princesa, porque en este huevo está la vida de Kostey .

Luego, volviéndose a la maza invisible, le ordenó:

—Adelante, maza invisible; descarga los golpes más formidables y libra a la tierra de ese malvado gigante.

La maza empezó por derribar las puertos de hierro y se lanzó contra Kostey . En un momento, se vio el gigante tan magullado a mazazos, que le saltaron los dientes como peñascos, los ojos se le encendían como relámpagos, y cayó rodando como un tronco. Si hubiera sido un hombre cualquiera, hubiese muerto a consecuencia de tan malos tratos. Pero aquel aborto de magia, no era un hombre. Logró levantarse y miró a todos lados en busca de quien así lo atormentaba. Los golpes de maza seguían lloviendo sobre él y producían tal efecto, que los bramidos del gigante se oían en todo la isla. Al acercarse a la ventana vio al Príncipe Junak y gritó:

—¡Ah, malvado! ¿Eres tú quien me apalea de este modo?

Y trató de lanzar sobre él su aliento ponzoñoso. Pero el Príncipe aplastó el huevo entre sus manos. La clara y la yema se juntaron y cayeron al suelo, y Kostey murió.

Al exhalar el hechicero su último suspiro, se desvaneció el encanto y todos los isleños despertaron de su sueño. El ejército, puesto en pie, se dirigió al palacio al son de tambores, y todo el mundo volvió a su sitio de costumbre. En cuanto la Princesa Sudolisu se vio libre de su cautiverio, tendió su blanca mano a su salvador y dándole las gracias con las frases más conmovedoras, lo condujo al trono y lo sentó a su lado. Las doce damas de honor, que habían elegido previamente a otros tantos jóvenes guerreros, se colocaron con sus prometidos en torno a la princesa. Entonces se abrieron las puertas de par en par y entraron los sacerdotes revestidos de ceremonia, precedidos de una bandeja de oro con anillos nupciales. Se procedió inmediatamente a la ceremonia y las parejas quedaron unidas en nombre de Dios.

Se celebró la boda con banquetes, música y danzas, como es costumbre en semejantes ocasiones, y todos experimentaron la más grande alegría. También nosotros nos alegramos al pensar que todos vivirán felices y contentos después de tanto sufrir.

FIN


Referencia: El genio de la estepa