La zarevna Belleza Inextinguible – Alekandr Nikoalevich Afanasiev [Cuento folclórico ruso]

Hace mucho tiempo, en cierto país de cierto Imperio, vivía el famoso Zar Afron Afronovich. Tenía tres hijos: el mayor era el Zarevitz Dimitri, el segundo, el Zarevitz Vasili, y el tercero, el Zarevitz Iván. Todos eran buenos mozos. El menor tenía diecisiete años cuando el Zar Afron frisaba en los sesenta. Y un día, mientras el Zar estaba reflexionando y contemplando a sus hijos, se le ensanchó el corazón y pensó: “Verdaderamente, la vida es deliciosa para estos jóvenes, que pueden disfrutar de este mundo de maravillas que Dios creó; pero yo resbalo por la pendiente de la vejez, empiezan a afligirme los achaques y poca alegría me ofrece ya este mundo. ¿Qué será de mí en adelante? ¿Cómo podría librarme de la senectud?”

Y así pensando, se quedó dormido y tuvo un sueño. En una tierra desconocida, más allá del país Tres Veces Nueve, en el Imperio Tres Veces Diez, habitaba la Zarevna Belleza Inextinguible, la hija de tres madres, la nieta de tres abuelas, la hermana de nueve hermanos, y bajo la almohada de esta Zarevna se guardaba un frasco de agua de la vida, y todos los que bebían de esta agua rejuvenecían treinta años.

Apenas se despertó el Zar, llamó a sus hijos y a todos los sabios del reino y les dijo:

—Interpretadme el sueño, sabios y perspicaces consejeros. ¿Qué he de hacer para encontrar a esta Zarevna?

Los sabios guardaron silencio. Los perspicaces se atusaban la barba, bajaban y levantaban la vista, se retorcían las manos, y por fin contestaron:

—¡Oh, Soberano Zar! Aunque no hemos visto eso con los ojos, hemos oído hablar de esa Zarevna Belleza Inextinguible; pero no sabemos dónde se halla ni el camino que conduce a ella.

Apenas oyeron esto los tres Zarevitzs, imploraron los tres a una voz:

—¡Querido padre Zar! Danos tu bendición y envíanos a las cuatro partes del mundo, para que podamos ver tierras y conozcamos a la gente y nos demos a conocer hasta que descubramos a la Zarevna Belleza Inextinguible.

El padre accedió, les dio provisiones para el viaje, se despidió de ellos con ternura y los mandó a las cuatro partes del mundo. Al salir de la ciudad, los hermanos mayores se dirigieron a la derecha, pero el menor, el Zarevitz Iván, se dirigió a la izquierda. Sólo se habrían alejado de casa unos centenares de leguas los hermanos mayores cuando acertaron a encontrar en el camino a un anciano, que les preguntó:

—¿Adónde vais, jóvenes? ¿Hacéis un viaje muy largo?

A lo que replicaron los jóvenes:

—¡Apártate, perillán! ¿Qué te importa a ti?

El anciano siguió su camino en silencio. Los Zarevitzs continuaron andando toda la noche y todo el día siguiente y una semana entera y llegaron a un paraje tan agreste, que no podían ver ni tierra ni cielo, ni habitación ni ser viviente, y en lo más desolado de este desierto encontraron a otro anciano, más viejo que el primero.

—¡Hola, buenos jóvenes! —dijo a los Zarevitzs.—¿Sois unos holgazanes o vais en busca de algo?

—Claro que vamos en busca de algo. ¡Buscamos a la Zarevna Belleza Inextinguible con su frasco de agua de la vida!

—¡Ay, hijos míos! —exclamó el anciano.—¡Cuánto mejor sería que no fueseis allí!

—¿Por qué? ¡Vamos a ver!

—Os lo diré. Tres ríos cruzan este camino, ríos muy anchos y caudalosos. En cada uno de estos ríos hay un barquero. El primer barquero os cortará el brazo derecho, el segundo os cortará el izquierdo; pero el tercero ¡os cortará la cabeza!

Los dos hermanos se quedaron tan consternados, que sus rubias cabezas cayeron de sus robustos hombros, y pensaron para sí: “¿Hemos de perder la vida para salvar la de nuestro padre? Más vale que volvamos a casa vivos y esperemos el buen tiempo para divertirnos por la playa”. Y retrocedieron. Y cuando estaban a veinticuatro horas de su casa, decidieron quedarse en el campo. Levantaron sus tiendas con sus mástiles de oro, dejaron que paciesen los caballos y dijeron: “Aquí descansaremos esperando a nuestro hermano”.
Pero el Zarevitz Iván se condujo en el viaje de muy otra manera. Encontró en el camino al mismo anciano que se había cruzado con sus hermanos y escuchó de él la misma pregunta:

—¿Adónde vas, joven? ¿Haces un viaje muy largo?

Y el Zarevitz Iván replicó:

—¿Qué te importa? ¡Nada tengo que decirte!

Pero luego, cuando ya se había alejado un poco, reflexionó en lo que había hecho. “¿Por qué he contestado al anciano tan groseramente? Los hombres de edad saben muchas cosas. Tal vez me hubiera aconsejado bien”.

Volvió grupas, alcanzó al anciano y le dijo:

—¡Espera, padrecito! No he oído bien lo que me has dicho.

—Te he preguntado si hacías un viaje muy largo.

—Te diré, abuelo. El caso es que voy en busca de la Zarevna Belleza Inextinguible, la hija de tres madres, la nieta de tres abuelas, la hermana de nueve hermanos. Deseo obtener de ella el agua de la vida para mi padre el Zar.

—Has hecho perfectamente, buen joven, de contestar como un caballero, y por eso te enseñaré el camino. Pero nunca llegarías con un caballo ordinario.

—¿Pero dónde podré encontrar un caballo extraordinario?

—Te lo diré. Vuelve a casa y ordena a los palafreneros que lleven hasta el mar azul a todos los caballos de tu padre, y al que se destaque de los otros para meterse en el agua hasta el cuello y empiece a beber hasta que el mar azul se agite y rompan las olas de orilla a orilla, elígelo y móntalo.

—Gracias por tus sabias palabras, abuelo.

El Zarevitz hizo lo que el viejo le aconsejó. Eligió la más briosa cabalgadura entre los caballos de su padre, veló todo la noche, y cuando al día siguiente salió de la ciudad en su nueva cabalgadura, el caballo le habló con voz humana:

—¡Zarevitz Iván, apéate! He de darte tres bofetadas para probar tu musculatura de héroe.

Le dio una bofetada, le dio otra; pero no le dio la tercera.

—Estoy viendo —dijo—que si te diera otra bofetada, el mundo no podría sostenernos a los dos.

Entonces, el Zarevitz Iván montó a caballo, se puso la armadura de caballero, y armado con la espada invencible de su padre, emprendió el viaje. Caminaron día y noche durante un mes y durante dos meses y durante tres, y llegaron a un terreno donde el caballo se hundía en agua hasta la rodilla y en hierba hasta el cuello, mientras el pobre joven no tenía nada que comer. Y en medio de este lugar desierto encontraron una choza miserable que se sostenía sobre una pata de gallina y dentro estaba la Baba Yaga, la de las piernas huesudas, con las piernas estiradas de un ángulo a otro. El Zarevitz Iván entró en la choza y gritó:

—¡Hola, abuela!

—Salud, Zarevitz Iván. ¿Vienes a descansar o vas en busca de algo?

—Voy en busca de algo, abuela. Voy más allá de las tierras Tres Veces Nueve al Imperio de Tres Veces Diez, en busca de la Zarevna Belleza Inextinguible. Quiero pedirle el agua de la vida para mi padre, el Zar.

Baba Yaga contestó:

—Aunque no lo he visto con mis ojos, ha llegado a mis oídos; pero no podrás llegar.

—¿Por qué?

—Porque hay tres barqueros que la guardan. El primero te cortará la mano derecha, el segundo te cortará la mano izquierda, y el tercero te cortará la cabeza.

—Y bien, abuela, ¿qué importa una cabeza?

—¡Ay, Zarevitz Iván! ¡Cuánto mejor sería que te volvieras por donde has venido! ¡Aun eres joven y tierno, no has estado nunca en lugares peligrosos, no has presenciado grandes horrores!

—¡Calla, abuela! La flecha que sale del arco no vuelve atrás.
Se despidió de Baba Yaga para continuar su viaje y no tardó en llegar a la primera barca. Vio a los barqueros dormidos en ella y se detuvo a reflexionar. “Si grito para despertarlos —pensó—los dejaré sordos para toda la vida y si silbo con todas mis fuerzas hundiré la barca”. Por consiguiente lanzó un ligero silbido y los barqueros salieron de su profundo sueño y lo pasaron a remo.

—¿Qué os debo por el trabajo? —les preguntó.

—¡No discutamos y danos tu brazo derecho! ­contestaron a una los barqueros.

—Mi brazo derecho, no; ¡lo necesito para mí! ­replicó el Zarevitz Iván. Y desenvainando su pesada espada empezó a repartir mandobles a diestro y siniestro, hiriendo a los barqueros hasta que los dejó medio muertos. Y hecho esto prosiguió su camino y usó el mismo procedimiento para abatir a los otros dos enemigos.

Por fin llegó al Imperio de Tres Veces Diez y en la frontera encontró a un hombre salvaje, alto como un árbol del bosque y gordo como un almiar, y su mano empuñaba una clava de roble. Y el gigante dijo al Zarevitz Iván:

—¿Adónde vas, gusano?

—Voy al reino de la Zarevna Belleza Inextinguible en busca del agua de la vida para mi padre el Zar.

—¿Cómo te atreves a tanto, pigmeo? ¿No sabes que hace siglos soy yo el guardián de su reino? Te advierto que me alimento de héroes, y aunque los jóvenes que vinieron antes montaban más que tú, todos cayeron en mis manos y sus huesos están esparcidos por aquí. ¡En cuanto a ti, no tengo para sacar de pena mi estómago, pues no eres más que un gusano!

El Zarevitz comprendió que no podría derribar al gigante y cambió de dirección. Anda que andarás, se metió con su caballo por lo más intrincado de un bosque, hasta que llegó a una choza donde vivía una vieja muy vieja, que al ver al joven exclamó:

—¡Salud, Zarevitz Iván! ¿Cómo te ha guiado Dios hasta aquí?

El Zarevitz le reveló sus secretos y la vieja, compadecida de él, le dio un manojo de hierbas venenosas y una pelota.

—Baja al llano —le dijo,—enciende una hoguera y arroja al fuego esta hierba. Pero ten mucho cuidado. Si no te pones al lado de donde sopla el viento, el fuego se convertiría en tu enemigo. El humo llevado por el viento hará caer al gigante en un profundo sueño, entonces le cortas la cabeza, arrojas la pelota ante ti y la sigues a donde vaya. La pelota te llevará a las tierras donde reina la Zarevna Belleza Inextinguible. La Zarevna pasea por allí durante nueve días y el día décimo recobra las fuerzas durmiendo el sueño de los héroes en su palacio. Pero guárdate de entrar por la puerta. Salta por encima del muro con todas tus fuerzas y procura que no tropiecen tus pies con los cordeles tendidos en lo alto, porque despertarías a todo el Imperio y no escaparías con vida. Pero cuando hayas saltado el muro, entra enseguida al palacio y dirígete al dormitorio; abre la puerta con mucha precaución y coge el frasco de agua de la vida que hallarás bajo la almohada de la Zarevna. Pero una vez el frasco en tu poder, vuelve atrás inmediatamente y ¡no te quedes ni un momento contemplando la belleza de la Zarevna, porque en tu mocedad no podrías resistirla!

El Zarevitz Iván dio las gracias a la vieja e hizo cuanto le ordenó. Apenas encendió el fuego, arrojó a las llamas la hierba de modo que el humo flotase en dirección al lugar donde el gigante estaba montando la guardia. Enseguida se le nublaron los ojos, bostezó y cayó al suelo dormido como un tronco. El Zarevitz le cortó la cabeza, arrojó la pelota y echó a correr tras ella. Corre que correrás, corre que correrás, la pelota no dejó de rodar hasta que, entre el verde del bosque se destacó relumbrante el palacio de oro. De pronto se levantó del palacio y a lo largo del camino una nube de polvo, entre el que relucían lanzas y corazas, y al mismo tiempo llegaba un ruido como de escuadrones de guerreros en marcha. La pelota se desvió del camino y el Zarevitz la siguió entre unas malezas que lo ocultaban. Allí se apeó y dejó que el caballo paciese, mientras él observaba a la Zarevna Belleza Inextinguible que se acercaba con su séquito y se detenía en unos hermosos prados para recrearse. Y todo el séquito de la Zarevna estaba compuesto de doncellas a cual más hermosa, pero la belleza inextinguible de la Zarevna se destacaba entre ellas como la luna entre las estrellas.

Levantaron tiendas de campaña y allí estuvieron distrayéndose durante nueve días con diversos juegos; pero el Zarevitz como un lobo hambriento, no podía apartar sus ojos de la Zarevna, y por mucho que miraba nunca estaba satisfecho. Por fin, el décimo día, cuando todo el mundo dormía en la dorada corte de la Zarevna, el joven espoleó el caballo con todo su fuerza, y de un brinco fue a parar al jardín del departamento de las doncellas de compañía; ató las riendas de su caballo a un poste y con las precauciones de un ladrón se introdujo en el palacio y se encaminó directamente al aposento principesco, donde la Zarevna Belleza Inextinguible, tendida en un blando lecho, dormía su sueño heroico.

El Zarevitz cogió el frasco del agua de la vida que la durmiente guardaba bajo la almohada, con propósito de escapar de allí corriendo; pero aquel acto era demasiado tentador para su corazón de doncel e inclinándose sobre la Zarevna besó tres veces sus labios, más dulces que la miel. Pero no bien hubo salido del palacio y hubo brincado por encima del muro, montado en su brioso corcel, se despertó la princesa a causa de los besos.

Belleza Inextinguible montó de un salto su yegua veloz como el viento y se lanzó en persecución del Zarevitz Iván. Éste estimulaba a su brioso corcel, tirando de las riendas de seda y golpeando sus ijares con el látigo hasta que el animal volvió la cabeza para hablarle de esta manera:

—¿Qué sacarás con pegarme, Zarevitz Iván? Ni las aves del aire ni las bestias de la selva podrían escapar ni burlar a esa yegua. ¡Corre tanto, que la tierra tiembla, cruza los ríos de un salto y las colinas y las cañadas desaparecen bajo sus patas!

Apenas dichas estas palabras, la Zarevna dio alcance al joven; asestó contra él su espada vibrante y le atravesó el pecho. El Zarevitz Iván cayó del caballo a la húmeda tierra, sus claros ojos se cerraron, su sangre moza manaba por la herida. Belleza Inextinguible lo contempló un momento y experimentó una pena indecible, pues comprendió que en todo el mundo no encontraría un joven tan hermoso como aquél. Puso su blanca mano sobre la herida, la lavó con agua de la vida vertida del frasco, y al momento se cicatrizó la herida y se levantó el Zarevitz Iván, sano y salvo.

—¿Quieres casarte conmigo?

—¡Es mi mayor deseo, Zarevna!

—Pues vuélvete a tu reino y si dentro de tres años no me has olvidado, seré tu mujer y tú serás mi marido.

Los prometidos se despidieron y se alejaron en diferentes direcciones. El Zarevitz Iván caminó mucho tiempo y vio muchas cosas, y por fin llegó ante una tienda de campaña sostenida por un mástil dorado, y junto a la tienda vio dos hermosos caballos que se alimentaban de trigo candeal y se abrevaban en aguamiel, y en la tienda estaban sus dos hermanos tumbados a la bartola, comiendo y bebiendo y entreteniéndose en mil diversiones. Y el mayor de los hermanos le preguntó así que lo vio:

—¿Traes el agua de la vida para nuestro padre?

—¡Sí! —contestó Iván, que no acostumbraba guardar secretos y en todo era sincero.

Sus hermanos lo invitaron a comer con ellos, lo embriagaron y lo arrojaron por un precipicio, después de quitarle el frasco del agua de la vida.

El Zarevitz Iván rodó por la pendiente al fondo de un abismo muy hondo, tan hondo que fue a parar al Reino Subterráneo. “¡Esto sí que es desgracia!”—pensó para sí.— ¡Nunca encontraré el camino que pueda sacarme de aquí!” Y se puso a andar por el Reino Subterráneo. Anda que andarás, anda que andarás vio que el día iba menguando, menguando, hasta que fue completamente noche. Por fin llegó a un lugar que no era desierto, y junto al mar había un castillo como una ciudad y una choza como una mansión. El Zarevitz Iván se acercó a buen paso a un pajar y desde el pajar se introdujo en la choza, rogando a Dios que le concediera un descanso reparador aquella noche.

Pero en la choza vivía una vieja, muy vieja, muy vieja, toda llena de arrugas y con el pelo blanco, que le dijo:

—¡Buenos noches, amiguito! Sé bien venido, puedes descansar aquí, pero, dime: ¿cómo has llegado?

—Muchos años tienes, abuela, pero tu pregunta no denota mucho seso. Lo primero que deberías hacer es darme de comer y de beber y dejarme dormir, y luego me harás las preguntas que quieras.

La vieja le sirvió enseguida de comer y de beber, dejó que se acostase a dormir, y luego volvió a preguntar. Y el Zarevitz le contestó:

—Estuve en el Reino de Tres Veces Diez como huésped de la Zarevna Belleza Inextinguible y ahora regreso a casa de mi padre el Zar Afron; pero me he perdido. ¿No podrías enseñarme el camino que me lleve a casa?

—¿Cómo voy a enseñarte lo que yo misma desconozco, Zarevitz? Llevo las nueve décimas partes de mis años viviendo en esta tierra y nunca había oído hablar del Zar Afron. Bueno, duerme en paz y mañana llamaré a mis mensajeros y tal vez alguno de ellos lo sepa.

Al día siguiente, el Zarevitz se levantó muy temprano, se lavó bien y salió con la vieja a una galería, desde donde ella gritó con voz penetrante:

—¡Eh, eh! ¡Peces que nadáis en el mar y reptiles que os arrastráis en la tierra, mis fieles servidores, reunios aquí al momento sin que falte ni uno de vosotros!

Inmediatamente se produjo una viva agitación en las azules aguas del mar y todos los peces, grandes y pequeños, se reunieron; tampoco faltaban los reptiles. Todos se acercaron a la orilla por debajo del agua.

—¿Sabe alguno de vosotros en qué parte del mundo habita el Zar Afron y qué camino lleva a sus dominios?

Y todos los peces y reptiles contestaron a una voz:

—Ni lo hemos visto con los ojos ni nos ha llegado la noticia a los oídos.

Entonces la vieja se volvió al otro lado y gritó:

—¡Eh! ¡Animales que andáis sueltos por los bosques, aves que voláis por el aire, mis fieles servidores, volad y corred aquí al momento sin que falte ni uno de vosotros!

Y las bestias salieron corriendo del bosque a manadas y las aves acudieron a bandadas, y la vieja les preguntó por el Zar Afron, y todos a una voz le contestaron:

—Ni lo hemos visto con los ojos ni ha llegado la noticia a nuestros oídos.

—Y bien, Zarevitz, ya no queda nadie por preguntar, y ya ves lo que han contestado todos.

Y ya se volvían a la choza, cuando se oyó un ruido como si alguien rasgase el aire, y el pájaro Mogol apareció volando y oscureciendo el día con sus alas y fue a posarse junto a la choza.

—¿Dónde estabas tú y por qué has tardado tanto? —le chilló la vieja.

—Estaba volando muy lejos de aquí, sobre el reino del Zar Afron, que se halla al extremo opuesto del mundo.

—¡Caramba! ¡Sólo tú me hacías falta! Si quieres hacerme ahora un favor que te agradeceré mucho, conduce allá al Zarevitz Iván.

—Con mucho gusto te serviría, pero necesito montones de carne, porque hay que pasar tres días volando para ir allá.

—Te daré toda la que necesites.

La vieja preparó provisiones para el viaje del Zarevitz Iván. Colocó sobre el pájaro un tonel de agua y sobre el tonel una banasta llena de carne. Luego entregó al joven una barra de hierro puntiagudo y le dijo:

—Mientras vueles a caballo del pájaro Mogol, siempre que éste vuelva la cabeza y te mire, metes este hierro en la banasta y le das un trozo de carne.

El Zarevitz dio las gracias a la vieja y se acomodó sobre el lomo del enorme pájaro, que inmediatamente desplegó las alas y emprendió el vuelo. Vuela que volarás, vuela que volarás, se pasaba el tiempo y venía la gana, y siempre que el animal se volvía a mirar al Zarevitz, éste hundía la barra de hierro en la carne, sacaba un tasajo y se lo alargaba. Al fin, el Zarevitz Iván vio que la banasta estaba casi vacía y dijo al pájaro Mogol:

—Mira, pájaro Mogol, ya te queda muy poco alimento; desciende a tierra y te llenaré la banasta de carne fresca.

Pero el pájaro Mogol contestó diciendo:

—¿Estás loco, Zarevitz Iván? A nuestros pies se extiende un bosque negro y espantoso que está cuajado de ciénagas y lodazales. Si descendiésemos en él ni tú ni yo saldríamos en toda nuestra vida.

Cuando ya no quedaba ni un pedazo de carne, el Zarevitz empujó la banasta y el tonel y los arrojó al espacio; pero el pájaro Mogol seguía volando y volvía la cabeza pidiendo más comida. ¿Qué hacer en semejante situación? El Zarevitz Iván se quitó el calzado de piel de becerro y poniéndolo en la punta de la barra de hierro lo presentó al voraz animal que se lo tragó. Poco después descendía con su preciosa carga para descansar de su largo vuelo en un verde prado sembrado de azules flores. Apenas el Zarevitz Iván hubo saltado al suelo, el pájaro Mogol devolvió las botas de piel de becerro, calzó a su dueño, las humedeció con su saliva, y el Zarevitz se alejó caminando aligerado y reconfortado.

Llegó a la corte del Zar Afron, su padre, y vio que algo extraordinario ocurría en la ciudad. Por las calles todo era grupos de gente que iban de un lado a otro y los sabios consejeros del Zar, vagaban como desconcertados haciendo preguntas a cuantos hallaban al paso y moviendo sus canosas cabezas como si hubieran perdido el juicio. El Zarevitz preguntó al primer ciudadano que encontró:

—¿A qué se debe esta agitación que se nota en la ciudad?

Y el buen ciudadano le contestó:

—La Zarevna Belleza Inextinguible nos ha declarado la guerra y ha venido contra nosotros con un ejército innumerable en cuarenta naves. Exige que el Zar le entregue al Zarevitz Iván que la despertó hace tres años besándole los labios que son más dulces que la miel, y si no se lo entrega entrará en nuestro país a sangre y fuego.

—¡Caramba! ¡Me parece que no he podido llegar más a tiempo! Quiero a esa Zarevna tanto como ella me quiere a mí.

Inmediatamente se dirigió a bordo de la nave de la Zarevna donde los dos jóvenes se abrazaron cariñosamente. Luego fueron juntos a la iglesia donde recibieron la corona nupcial, y desde allí se dirigieron a presencia del Zar Afron y se lo contaron todo.

El Zar Afron expulsó a sus hijos mayores de la corte, los desheredó y vivió con su hijo menor en completa felicidad y lleno de prosperidades.

FIN


Referencia:  Zarevna Belleza Inextinguible