A los niños nunca nos creen nada – Mireya Tabuas

Esta mañana, a los pie de mi cama, amaneció acostado el inmenso animal. Es mi culpa. Dejé la ventana abierta anoche y eso que mi mamá me lo tiene prohibido.

—Se puede una mariposa negra o una cucaracha voladora y después quien las saca —argumenta mi mamá con voz regañona y medio dormida.

Y si por unos insectos tan chirriquititos mi mamá se pone brava, segura mente me dejará sin desayuno, y hasta sin almuerzo ni cena (de por vida) si se entera de que entró volando por la ventana de mi cuarto un bicho de semejantes proporciones.

Yo pensaba que este animal no existía, porque siempre aparece en todos los cuentos de hada. Y mi papá dice que lo que escriben en los cuentos de hadas son puras mentiras para niños idiotas (por eso me obliga a leer el periódico). En todo caso yo pensaba que un animal como éste, si existió alguna vez, ya se había extinguido hace siglos, como los dinosaurios, las princesas de sangre azul o los centauros. Nunca me había topado con un bicho así hasta el día de hoy. No hay ejemplares de este tipo ni siquiera en el Museo de Ciencias, donde casi todos los animales (¡hasta un oso pardo!) están disecados mirándolo a uno sin moverse. Tampoco están en el zoológico de El Pinar, ni en el Parque del Este donde las nutrias se mueren de hambre mientras uno se muere de aburrimiento viéndolas.

Además, un animalote así de grande debería ser más agil. Pero lo toco con el pie y no quiere levantarse (como mi papá en las mañanas). Me mira triste con los ojos llenos de lagañas verdes. No sé si lavarle su cara dorada par ver si se espabila, como hace mi mamá cuando no quiero ir al colegio. Pero a lo mejor no le gusta el agua (como a mí) y me muerde con su diente único. Por su boca sale un hilo de humo, parecido al del cigarrillo que fuma mi papá. Aunque este olor es diferente, como de menta o nuez moscada o qué sé yo.

¿Quién podría imaginar que estos monstruos fueran tan indefensos? ¡Con tanto miedo que meten en las comiquitas de la televisión! ¡Siempre destruyendo ciudades y arrancando árboles de la raíz! Todos los niños de mi edad le tienen mucho respeto. Podría contarles a los de mi colegio que tengo uno en mi cuarto. Seguro que no me creen, pero lo traigo aquí y se los enseño. Entonces si que seré importante. Me dejaran entrar en el equipo de fútbol, aunque sea bajito y gordito y le tenga miedo a las pelotas. Y ya nunca más me llamaran «bola de grasa ambulante» o «cochinito podrido». Me invitarán a todas las fiestas de cumpleaños. Y puede ser que Patricia, por una vez en la vida, se fije en que soy yo el que se sienta en el pupitre que está a su derecha.

Aunque, pensándolo bien, mejor no digo nada. Galán, el jefe de los niños de mi salón y capitán del equipo de fútbol, es cinta azul en kárate. Puede venir y quitarme el animalote a la fuerza para convertirlo en su mascota privada. Y yo no podría hacer nada para evitarlo. Tendría que comprarme una espada de verdad y comportarme como todo un príncipe valiente y salir a defender lo mío. Pero creo que no tengo madera para príncipe.

También podría avisarle a Maldonado, el profesor de Biología. Haber comprobado la existencia de un mamífero de este calibre (¿será un mamífero?) Es tremendo descubrimiento. Podría recibir hasta el premio Nobel. Saldría en los periódicos y en la televisión. Seguramente eso le gustaría a Patricia y tal vez no sólo se fije que me siento en el pupitre de al lado, sino que hasta acepte ser mi novia. ¡Uf!

Pero tampoco podría hacerle una crueldad así a este noble animal. Lo meterían en un laboratorio, lo llenarían de tubos y soluciones químicas para medir su temperatura y sus reacciones. Él no se lo merece. Se ha portado bien no ha hecho nada de ruido para que mamá no descubra su existencia. Si ella lo encuentra aquí hasta me puede pegar con la correa de mi papá. A ella no le gustan las mascota y menos aún una de es tamañote.

¿Estará cómodo? Debería acostarlo en mi cama. Así descansaría mejor y dejaría de mirarme con tanta melancolía. Pero yo no puedo cargar con él. Es pesado como un elefante. Además, su piel de escamas pincha cuando uno la toca, así que tampoco puedo hacerle caricias para aliviarle la pena. De todos modos, si pudiera montarlo en mi cama es capaz de romperla con el peso. Entonces abría que oír a mi mamá.

—Eso te pasa por no hacerme caso y meter tantas porquerías en tu cuarto, Angelito. (con lo que me fastidia que me llamen Angelito)

Y papá diría:

—Ahora dormirá en el piso porque yo no tengo dinero para una cama nueva.

¡Ahhhh!, y además me pegarían con la famosa correa y me dejarían sin cenar. Hablando de cena. Mi animal tiene que comer. A lo mejor por eso está tan extraño y tristón. Yo por lo menos me pongo así cuando no como. El problema es que si mientras salgo a buscar comida, mi mamá entra a limpiar y lo ve, así con su cara triste dorada, seguro que sale corriendo como una loca y va a acusarme con papá. Así hizo el día que encontró una araña metida en un frasco dentro de la nevera. Yo la coloqué allí con el propósito de calcular la resistencia al frío de las arañas. Una buen idea. Pero a mamá no le pareció precisamente eso. Así sabría si ellas tienen posibilidad de sobrevivir en el Polo Norte. Pero a mamá no le pareció precisamente eso, sólo gritaba y gritaba. Las mamás no pueden comprender el interés científico de sus hijos pequeños. Apuesto a que si eso mismo lo hubiese hecho mi papá, mi mamá lo hallaría muy importante y hasta la araña la verpía de lo más bonita,

Pero que este tremendo animal haya escogido mi cuarto como refugio en le parecerá a mamá nada bonito. Me hechara toda la culpa. Yo dejé la ventana abierta, es verdad, y esperaba que entrara una mosca, una avispa o una abeja para arrancarle una a una las paticas. Pero ¿cómo iba a imagimar que este medio enfermo y fantástico iba a buscarme precisamente a mi como medico de cabecera? Tal vez me vio cuando curé las heridas que se hizo Benjamín, el gato del vecino, al pelear con un perro callejero. O me ha observado quitarle los piojos a las palomas de la plazal.

Mejor, en vez de estar pensando tanto, voy y le digo a mamá. Este animal necesita pronto algo qué comer y yo no se de eso. ¿Le gustará el pollo en salsa o los espaguetis? (Nadie puede despreciar unos espaquetis.) Pero quizás a mamá se le ocurrió precisamente hoy cocinar espinacas, acelgas o vainitas (guácatela.) Y una cochinada de ésas no le voy a ofrecer a mi nuevo amigo.

Salgo de mi cuarto. Antes cubro al bicho con una sábana, por si entra alguien. Voy donde mi mamá. Está frente al televisor. Tiene puesta la malla de hacer gimnasia. En la televisión están pasando un programa donde enseñan a hacer ejercicios para rebajar la barriga. Pero mamá, aunque pase el día practicando: «Arriba, abajo, un dos, tres», no va a perder ni medio kilo de peso. Se la pasa comiendo. Come al levantarse, come cuando va a comprar al mercado, cuando cocina, cuando sirve la mesa; come cuando comemos nosotros, cuando lava los platos; cuando sale a trotar, cuando regresa; cuando hay fiesta, cuando no hay; cuando ve televisión, cuando no ve; cuando se acuesta y hasta cuando duerme. La he visto dirigirse a media noche a la nevera y arrasar con todo. Pero ella siempre se empeña en que va a rebajar. Además siempre me dice a mí:

—Estás comiendo mucho, estás muy gordo. Tienes que hacer ejercicio.

Ahora le toco el hombro y le pregunto en voz bien alta (es un poco sorda) si por casualidad ella no sabe qué cosa puedo dar de comer a un animal así de grandote. Ella me responde:

—Un dos, un dos… Déjame tranquila, Angelito… Un dos…

Vuelvo y repito la pregunta, añadiendo que es urgente. Ella sólo me dice, sin mirarme siguiera:

—¿Urgente? ¡Ah!, ya se ¿tienes hambre a esta hora? En la cocina hay pan con chorizo… ¡y me traes un poquito!

Es decir, no escuchó nada de lo que le dije. De todos modos, si me hubiera oído, diría algo como:

—Deja de estar inventando tonterías, Angelito. (Con lo que me molesta que me digan Angelito.)

Voy a buscar a mi papá. Está en la cama, leyendo el periódico, por supuesto.

—Papá, te quiero preguntar una cosa.

—¿No ves que estoy ocupado, Angelito? (¡Con lo que odio que me llamen Angelito!)

De todos modos, como sabía que me iba a responder así, yo tenía una buena frase preparada.

—Papá, es una pregunta corta… Algo para la tarea. En la escuela nos hablaron de un animal grandote, dorado… (ya sé que es una mentira, pero a veces los niños tenemos que mentir para que los papás nos escuchen) Y el pregunte al final:

—Papá, ¿qué puede comer un animalote así?

Papá piensa un rato. Luego me mira muy molesto (siempre hace lo mismo cuando no sabe la respuesta)

—¿Y para qué pagamos el colegio si nosotros los papás tenemos que responder todas las preguntas? Mañana le dices a la maestra Loló que te conteste.

—No hay tiempo, papá —digo yo con las esperanzas perdidas— el animal tiene que comer ya o se muere.
Pero papá ya no me escucha. Está concentradísimo leyendo otra vez el periodíco. No se que le ve, yo prefiero las comiquitas.

Regreso a mi cuarto. Miro al animalote. Aún está tendido bajo la sábana. Si al menos pudiera hablar. Sólo me mira con sus ojos como balones de fútbol. Le he traido algo de comer. No quiere ni pan, ni leche, ni caraotas refritas. Ni siguiera estas galletas de chocolate tan ricas (que me tengo que comer yo, están muy sabrosas y no he desayunado todavía).

Debe ser que este tipo de animales come otras cosas. Le di las llaves de mi cajón secreto, la gorra de béisbol y un sacapuntas… Nada le gusta. Le ofrecí una araña disecada, un sapo metido en formol, la lagartija viva, que escondo en la caja de zapatos. Nada le apetece.

Busco mis libros. No explican nada de la vida de estos animales: de qué se alimentan, cuántas horas duermen, si hacen pipí o pupú. Sólo sus hazañas, sus grandes combates con ogros de cuatro cabezas, su debilidad por las princesas rubias y frágiles, el terror que producen entre gnomos y unicornios. ¿Quién puede temer a un bicho tan mansito?

Ahora lo recuerdo. Creo haber leído en un cuento hace mucho tiempo. Estos bichos se alimentan de humanos. ¡Pero eso si que no! No estudie kinder, preparatorio, primero, segundo y ahora tercer grado para terminar mi vida en la barriga del primer monstruo que se mete en mi cuarto sin invitación. Además no puedo privar a la ciencia del futuro de los conocimientos que aportaré cuando sea Ingeniero Biomolecular. Pero no, este animal es incapaz ni de matar una mosca.

Bueno, a lo mejor lo que pasa es que está viejo, como mi abuelo el militar. Quizás cuando era joven también era guerrero, fuerte e invencible como mi abuelo el militar. Tal vez, cuando seamos viejitos todos nos pondremos así y nos vamos gastando de a poquito para viajar ligeros de carga al cielo (o al infierno).

Eso es. Ahora estoy seguro. Este animal se está muriendo. Cuando mi abuelo estaba en el hospital tenía el mismo sucio en los ojos, como si la mirada se llenara de nubes y polvo de estrellas.

El animal se va a morir en mi cuarto. Y no sé cómo sacarlo de aquí, ni cómo llevarlo a un veterinario, ni cómo enterrarlo como hacen con los muertos. En en balcón hay apenas tres materos donde a duras penas crecen unas pequeñas plantas.

Ahora no sólo el animal está triste y callado. Yo también. Me he acostumbrado a su mirada gris, al humo que sale por su único diente. A sus uñas largas donde crece la hierba. No quiero separarme de él. Es mi amigo. Él es el único que no me llama «Bola de grasa ambulante», ni angelito, ni nada. Él no se burla de mi colección de insectos, ni de los cuentos de hada que me sé de memoria, ni de las galletas de chocolate que se derriten en mis bolsillos.

Tengo que hacer algo para salvarlo. Cuando él muera me quedaré otra vez solo y cuando me de cuenta me convertiré en adulto. No habrá nadie en el mundo sepa que una vez por la ventana de mi cuarto entró un enorme y hermoso dragón.

REFERENCIA

Mireya Tabuas (1999)”CUENTOS PARA LEER A ESCONDIDAS – A los niños nunca nos creen nada” Monte Ávila Ediciones Latinoamericana. Caracas, Venezuela. P. 19-36.